Fuente: El Diario Vasco
Por Silvia Martínez e Ignacio Martínez
Facultad de Ciencias de la Salud. Universidad de Deusto
07/01/2026
¿Qué edad tienen tus mejores amigos? La OMS define el edadismo como la manera de pensar, sentir y actuar con respecto a los demás o a nosotros mismos por razón de la edad. Aunque el término, acuñado por Robert Butler (1969), puede hacer referencia a cualquier edad, lo entendemos como la asignación de estereotipos, prejuicios y discriminación hacia las personas con mayor recorrido vital. Forma parte de nuestra comprensión del envejecimiento y perpetúa conceptos estereotipados de las personas mayores, limitando nuestra comprensión de la vejez y condicionando nuestras prácticas familiares, sociales y profesionales.
Las investigaciones sugieren que la discriminación por edad constituye una actitud más generalizada que el sexismo y el racismo y tiene graves consecuencias para la salud, el bienestar y la inclusión social de las personas que la padecen. Se trata de un fenómeno que siempre ha existido en nuestra sociedad occidental, pero que se ha extendido y hecho más evidente tras la pandemia del covid-19.
Se aplica, principalmente, en el ámbito laboral, la atención sanitaria y las políticas públicas. Sin embargo, se manifiesta también socialmente en nuestras miradas, actitudes, relaciones y la elección que hacemos de criterios para la toma de decisiones. Convendría resaltar, a modo de ejemplos, algunos de los micro-edadismos presentes en todos nosotros y en nuestras relaciones con los demás que modelan y perpetúan esa mirada estereotipada de nuestra sociedad, que transmitimos también a las generaciones futuras.
La enfermera que se dirige al acompañante de un catedrático (oculto tras un frío pijama hospitalario a través del que deja entrever su vulnerabilidad) para preguntarle si lleva pañal, en vez de preguntárselo al afectado... quizás por ahorrar tiempo. El joven que no levanta la mirada del móvil para no tener que cruzarla con el señor del bastón y verse obligado a cederle el asiento... quizás porque está cansado. La señora que adelanta a quien se dirige con andador al ascensor del metro, dejándole fuera, pese a ser colectivo prioritario, ... quizás porque tiene mucha prisa. O las estudiantes incapaces de bajar un piso y que hacen cola para ocupar la cabina del ascensor... quizás porque les dé pereza hacerlo andando.
O, más allá de las reacciones espontáneas, cuando esos jóvenes vecinos recién llegados, impulsados por su deseo de vivir en un edificio mejor, arrollan a los inquilinos de mayor edad obligándoles a renovar un ascensor que todavía funciona, manipulando las reuniones, avasallando con informes y requerimiento, pasando por alto que una obra de seis meses les va a dejar encerrados en sus casas, y sin atender a las consecuencias que ese aislamiento va a tener para su salud (física y psicológica), un deterioro probablemente irreversibles... porque no es su problema.
Edadismo rima con egoísmo, o al menos con egocentrismo social. Si solo fuéramos capaces, ya no solo de empatizar, sino de vernos como personas, iguales, pero con distintos recursos personales, quizás nuestros criterios para tomar decisiones podrían enriquecerse, ser más solidarios y movernos más por criterios éticos y morales y no solo por los legales.
La intergeneracionalidad social se presenta como el mejor antídoto contra esta corriente discriminatoria. Pero no se consigue con campañas, folletos o charlas, sino con un cambio de actitud que pasa por el sincero reconocimiento de que todos los seres humanos, por el solo hecho de serlo, tenemos el mismo valor (Erskine, 2022) con independencia de nuestra raza, género, condición social... y edad.
Una comprensión empática de la experiencia no en función de lo que me costaría a mí asumirla, sino de lo que le supone a la otra persona vivirla. No se trata de animarlos a que espabilen y se adapten, sino de mantener nosotros un ritmo sintónico con ellos, respetando su deseo y voluntad incluso cuando decidan no hacerlo, sin que por ello tengan que pagar un gran precio contra su autonomía, calidad de vida, bienestar, libertad e incluso dignidad por lo que tengan que renunciar (facturas en papel, canales de televisión en formato accesible, ventanilla de un banco, libreta de ahorros, pagar en un autobús en metálico o tecnología comprensible).
Si miráramos a nuestros mayores con más empatía y comprensión, quizás ganaríamos en respeto, en cuidado y en humanidad, mejoraríamos como sociedad plural y quizás entonces tendríamos más amigos de su edad.

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