miércoles, 10 de julio de 2019

Por un nuevo rumbo en la iglesia de Bizkaia



Artículo de opinión
Julio 2019.
Javier Madrazo Lavín


Escribo estas líneas desde la inquietud y la preocupación que siento ante las noticias aparecidas en referencia a la apuesta estratégica adoptada por la jerarquía de la diócesis de Bizkaia en relación a la unificación de toda la estructura diocesana en un equipamiento único, sito en el ensanche bilbaíno.

Actuación que ha sido justificada con razones más económicas o jurídicas que pastorales. Me refiero al proyecto denominado Bizkeliza Etxea o “Sede única”, objeto de contestación ciudadana, que ha generado en muchos sectores de la comunidad cristiana profundas reservas e interrogantes.

Lo hago igualmente desde la convicción de que la construcción de la comunidad eclesial es una tarea que nos concierne a todos los creyentes.

Nos encontramos ante una decisión irreversible, adoptada en clave neoliberal, por un círculo reducido, sin el debate y el consenso necesarios, que a última hora se ha querido legitimar, ante los recelos existentes, dándole un barniz participativo. Un proceso participativo apresurado, acotado en sus términos, sin información suficiente, más testimonial que real, que en nada ha contribuido a mitigar el malestar existente. Lo cual agudiza la crisis de representación y la desafección hacia unos órganos diocesanos cuyo quehacer no es “recibido” por amplios sectores de la comunidad cristiana.

Dada la envergadura del proyecto se necesitaría una amplia información, un profundo debate y una consulta (real) a todo el pueblo de Dios. Por supuesto, que se debe apostar por la economía de escala y por la optimización de los recursos.

Parece razonable unificar y centralizar ciertos servicios y departamentos diocesanos, fundamentalmente los culturales, educativos o los medios de comunicación.

Ciertamente no tiene mucho sentido tener cuatro bibliotecas dispersas en el territorio. También parece sensato trasladar de Derio al centro de Bilbao a la fundación Labayru facilitando de este modo el acceso de la población a sus servicios de promoción, investigación y difusión de la lengua y cultura vasca. O que Radio Popular o Bizkaia Irratia puedan compartir espacio con esas instituciones si eso supone un ahorro de costes. Esta posición es igualmente válida en los casos de la escuela de Magisterio Begoñako Andra Mari, la librería Jakinbide o el Archivo Histórico Eclesiástico de Bizkaia. Son todas ellas instituciones que pueden compartir ubicación aprovechando sinergias.

La pregunta que hay que hacerse es si para albergar todos estos organismos es necesario realizar este macro-edificio.

Es sabido que en el centro de Bilbao hay muchos edificios y templos que se están quedando, o se van a quedar, vacíos.

Inmuebles que sin duda alguna, podrían ser útiles para atender las necesidades esgrimidas por el Obispado, máxime cuando desde un punto de vista de sostenibilidad económica y medioambiental parece más lógico aprovechar la ciudad ya construida que embarcarse en un proyecto urbanístico de la envergadura de Bizkeliza Etxea.

Las reservas se agudizan ante esta operación urbanística, cuando para viabilizarla es necesario llevar de socio a un organismo sanitario privado como es Mutualia. Difícil de asumir para quienes defendemos servicios públicos de calidad, entre ellos la Sanidad.

A este hecho, se une el anuncio de la Universidad de Deusto que tiene previsto inaugurar una nueva facultad de Medicina privada en Zorrozaurre para competir con el campus de Leioa, reconocido por su prestigio y buen posicionamiento. Apuesta que muchos vemos como un fortalecimiento de la sanidad privada, de unos pocos y para unos pocos, frente a la pública, de todos y para todos.

martes, 9 de julio de 2019

Rescatar personas no es un delito


UN GESTO SOLIDARIO CON AITA MARI
Mujeres y hombres comprometidos con el Evangelio, cristianos de varias parroquias de Gipuzkoa nos hemos reunido en torno al barco de salvamento humanitario Aita Mari, para hacer un gesto de apoyo, pequeño y humilde pero vivo y sentido. Queremos tomar en serio a Jesús y a su seguimiento como guipuzcoanas y guipuzcoanos arraigados en esta Iglesia vasca.
Han organizado este acto solidario cuatro parroquias, Pasai Antxo y Pasai San Juan, Deba y Azkoitia, con una asociación azkoitiarra, “Esku Bidez”, que colabora con Aita Mari. Hemos tomado la palabra y también hemos hecho silencio, un minuto en memoria de los fallecidos en el Mediterráneo, y una oración final. Este encuentro ha querido sintonizar con el Papa Francisco: hemos iniciado el acto a la misma hora en que en la Basílica de San Pedro, Francisco celebraba la Eucaristía con 250 personas migrantes, refugiadas y activistas de esta causa. En la declaración se  denuncian las políticas inhumanas de los gobiernos italiano y español, se traslada el agradecimiento a las instituciones vascas por el apoyo al Aita Mari y se evidencia la falta de actuación de los obispos del País Vasco, de los que se reclama apoyen activamente al Aita Mari.





lunes, 8 de julio de 2019

Eskerrik asko, Iñaki: gracias


IÑAKI ETXEZARRAGA GOIKOETXEA
Hil da
en el día olvidado de Valentín, joven vasco, casero, ezpatadantzari, bertsolari, testigo-mártir de Jesús.


Gracias, Iñaki.
A ti
y a tantas vidas
tejedoras con hilos sutiles
de tan buena parte de las nuestras.
Tus y sus miradas nos sorbían.
Y, sobre todo,
surgíeron de vuestros ojos hasta los nuestros
rayos de luz vectores de polinización
fecundadores de óvulos de flores múltiples
en nuestras personas.
Así, nuestras vidas, en buena medida,
son gratuidad de las vuestras.
Tú, Iñaki,
y esas otras tantas,
sois cauces de las aguas del propio Dios.
Ayúdanos. Ayudadnos,
ahora que ya no conocéis a Dios de oídas,
sino que lo veis con vuestros ojos (Job 42,5).
Que nunca nuestras miradas sean cuchillas.
Que siempre broten portadoras de bien.

Txelis

domingo, 7 de julio de 2019

Curas de la comunidad, casados o no


Jesús Martínez Gordo (en RD)



La pederastia eclesial, el acceso de las mujeres al ministerio ordenado, la reforma de la curia y el Sínodo de la Amazonía están siendo los grandes retos de Francisco en este año. Y si bien es cierto que ha afrontado el primero de ellos con coraje y que la reforma de la Curia vaticana parece estar bien encaminada, también lo es que no ha cerrado el debate sobre el acceso de las mujeres al diaconado y, por ello, al sacerdocio. Después del verano, le toca el turno al Sínodo de la Amazonía; un encuentro en el que vuelven a ponerse sobre la mesa tres referencias capitales en el pontificado del Papa Bergoglio: la preferencia por los pobres y las periferias del mundo; la reforma de las comunidades cristianas y la activación de un nuevo modelo de gobierno eclesial.

Víctor Codina es uno de los teólogos expertos, nombrado a propuesta de la Red Eclesial Panamazónica y co-redactor del documento preparatorio del Sínodo del próximo octubre. En este texto, escrito tras consultar a 100.000 personas de 170 etnias originarias y de nueve países de la región, se sostiene que los problemas que asolan a la Amazonía son: la sistemática violencia en forma de violaciones de los derechos humanos, sobre todo en relación con las mujeres; el narcotráfico; la difusión del consumo de la droga; la destrucción de las culturas; las migraciones forzosas; la trata de seres humanos y los homicidios de líderes indígenas y populares.

Me parece muy bien, ha dicho Víctor Codina, que los ciudadanos del Primer Mundo, os intereséis por el debate que se ha abierto sobre los curas casados, pero, por favor, no permitáis que los árboles os impidan ver el bosque de la tragedia humana y ambiental que están provocando los intereses de las grandes multinacionales con su búsqueda compulsiva de las riquezas naturales (madera y metales); con la construcción de infraestructuras (pantanos y carreteras); con su apropiación de la tierra y, cómo no, con la contaminación del suelo, de las aguas y del aire.

En el marco de este “hecho mayor” se ha de entender la propuesta de una Iglesia con rostro amazónico, es decir, defensora del territorio y de la vida de sus miembros, femenina, descentralizada, descolonizada, promotora de vocaciones autóctonas y habilitada para ordenar sacerdotes a “indígenas” “respetados y aceptados por su comunidad, aunque tengan ya una familia constituida y estable”.

lunes, 17 de junio de 2019

La ambigüedad y la equidistancia de la Iglesia frente a ETA


          Esa es la valoración más frecuente que se suele hacer en muchos medios de comunicación cuando se pretende juzgar la relación que tuvo la Iglesia en el País Vasco con la organización terrorista ETA; la más frecuente, porque otras veces se le acusa también de complicidad como hicieron recientemente los actuales obispos de estas diócesis al pedir perdón  “por las complicidades, ambigüedades y omisiones de nuestras iglesias ante el terrorismo de ETA”. 
          Ha transcurrido aún poco tiempo desde que ETA decidió disolverse  como para poder hacer un relato compartido que pudiera recoger todos los aspectos de una historia de terror tan prolongada y dolorosa, sobre todo, para las que fueron víctimas de aquel enfrentamiento armado. Pero aún con el riesgo inevitable de ser parciales, debemos atrevernos a ofrecer nuestra valoración los que tuvimos la desgracia de vivir y de sufrir el nacimiento y el desarrollo de una organización que surgió como un movimiento de resistencia ante la dictadura y de defensa de los derechos y libertades del pueblo vasco y acabó siendo su verdugo y opresor.
          La primera consideración que hay que tener muy en cuenta es, que lo que sucedía en los años 60 cuando nació ETA, no se puede valorar solo desde la experiencia que tenemos ahora de la situación política y de la Iglesia. En los comienzos, aquellos jóvenes que se dieron a conocer como defensores de las libertades frente a la dictadura, fueron acogidos con simpatía y despertaron el interés y el apoyo de gran parte de la población. En algunas de las parroquias más comprometidas socialmente se acogió aquel nuevo movimiento y se le prestó apoyo ofreciendo los recursos de que disponían para celebrar reuniones y otras actividades. Era lo mismo que estaban haciendo con las organizaciones sindicales y políticas que se movían en la clandestinidad y encontraban en las parroquias de los barrios lo que la dictadura les negaba. Sólo la Iglesia tenía libertad para celebrar reuniones y asambleas y sólo ella disponía de locales para desarrollar sus actividades de culto y de catequesis. En muchas parroquias, de los barrios obreros sobre todo, se aprovecharon aquellos privilegios para ponerlos al servicio de los movimientos que defendían los derechos y libertades de la clase obrera. Por otra parte, en aquellos primeros años, ETA no era lo que luego llegó a ser y si algunos curas y parroquias protegieron a algunos de sus miembros no fue, en la mayoría de los casos, por apoyar sus ideas nacionalistas sino por defender sus derechos humanos negados y perseguidos por aquel régimen dictatorial. Eso explica, creo yo, una relación que, siendo además muy minoritaria, no puede dar pie a que se le atribuya a la Iglesia en el País Vasco una complicidad en el nacimiento y desarrollo de una organización que pronto abandonó su carácter defensivo y pasó a la acción cometiendo secuestros, extorsiones y asesinatos, muchas veces, de forma indiscriminada. Decir, como se ha dicho y se sigue repitiendo, que ETA nació en un seminario, si no fuera una calumnia, sería una broma de mal gusto para todos los que pasamos aquellos años en el internado de un seminario, como el de Derio, donde las ideas nacionalistas no solo no estaban promovidas sino duramente perseguidas.

          No se puede juzgar con verdad los acontecimientos de una historia sin tener en cuenta las circunstancias que la hicieron posible y que ahora, después de tantos años, podrán no solo conocerla sino también comprenderla. Hubo errores, sin duda, y en muchos de los casos que conocemos, actitudes ingenuas que no permitieron descubrir el alcance de lo que allí se estaba gestando. Muchas veces, el apoyo de algunas parroquias a los sindicatos y movimientos sociales clandestinos estaba motivado y reforzado por el deseo de lavar la cara de una Iglesia que había legitimado la guerra civil y apoyaba la dictadura beneficiándose con los privilegios que le concedía. Se quería hacer ver que había otra Iglesia que no estaba con los vencedores sino con los vencidos.

sábado, 8 de junio de 2019

La soledad de don Serapio. A propósito de “Patria”



Jesús Martínez Gordo

Estas últimas semanas me ha venido a la memoria, en repetidas ocasiones, don Serapio, el cura de “Patria”. Me vino cuando tuve conocimiento de que se estaba rodando la novela de F. Aramburu en el corazón de la Parte Vieja donostiarra a finales del pasado mes de abril y cuando F. Viscarret, el director de los cuatro primeros capítulos, declaró que la novela “hablaba con humanidad de la situación, sin dejar, por ello, de ver las contradicciones, el humor o las partes menos ejemplares”. Recordé cómo, cuando la leí, me pareció que lo más logrado era que todos los personajes tenían un contrapunto crítico o, por lo menos, un “pepito grillo” interior que les invitaba a ver las cosas de otra manera o, mejor dicho, desde el otro lado. Todos, excepto don Serapio...

Cuando entraba en escena este cura, ladino y desalmado como nadie, lo hacía en soledad, sin contrapunto alguno. Ya entonces, eché en falta a alguien que, como Anton, asumiera el papel de “pepito grillo” y representara a una Iglesia callada e ignorada. Me lo tuve que inventar en defensa de la ecuanimidad que, constatable en los restantes personajes de la novela, su autor había “olvidado” poner al lado de don Serapio. Anton era el ausente que podía haberle contrapunteado cuando, por ejemplo, se negó, ya durante la democracia, a dejar la Iglesia como lugar de reunión para asambleas “pro-amnistía” porque hacerlo chirriaba con las enseñanzas del Nazareno. O cuando invitaba a concentrarse, siempre que había un atentado, con Gesto por la Paz en la plaza del pueblo o cuando repartió y llevó el famoso lazo azul. E, incluso, cuando le amenazaron telefónicamente, le pintaron dianas en la parroquia y llegaron a sabotearle alguna misa por llamar a la movilización en contra de la violencia y en favor de la paz.


Don Serapio había leído, como Anton, la declaración en la que ETA reconocía haber infringido “daño”, manifestaba su “respeto” por los muertos y heridos causados por sus “acciones” y pedía “perdón” a las víctimas que, ajenas al conflicto, había provocado. Cambiaba el escenario, se dijo este cura de novela: pasábamos de la violencia a la política. Algo era algo. Mejor dicho, era mucho y bueno. Por eso, no dio ninguna importancia a lo que, por aquellos días, manifestaron los actuales obispos de San Sebastián, Bilbao y Vitoria, junto con los de Pamplona y Bayona: en el seno de la Iglesia católica se habían dado “complicidades, ambigüedades y omisiones”. Le pareció que lo decían más mirando al tendido de lo políticamente correcto que recogiendo con rigor lo realmente acontecido. Por eso, no creyó que fuera una voz digna de ser tenida en cuenta, aunque resultara tan inusualmente coral

En cambio, Anton sí se sintió concernido por el libro, recientemente publicado por P. Ontoso: “Con la Biblia y la Parabellum. Cuando la Iglesia vasca ponía una vela a Dios y otra al diablo”. La verdad es que tuvo la sensación, al leerlo “en diagonal”, de que en el título y en el subtítulo había más de exabrupto editorial y mediático que de rigor histórico. Sin embargo, su contenido le pareció más matizado, aunque, comentándolo, con quienes lo habían leído con más detenimiento, le indicaran que había algunas imprecisiones y errores de bulto. Pero, en todo caso, le encantó oír decir a su autor que la Iglesia vasca no era “uniforme” o que eran “injustos” quienes la acusaban “de haber sido cobarde”. Cuando acabó de ojearlo, reconoció haber sido lejano a las víctimas, sobre todo, en los primeros años de la democracia, pero le molestaba que algunos partidarios del relato que se ofrecía en el libro le acusaran de “idolatrizar” (¡menuda palabra!) la nación vasca, su cultura, su lengua y sus instituciones. Él se sentía nacionalista vasco, de la misma manera que otros se sentían españoles, franceses o bielorrusos; pero no a cualquier precio. Por eso, no le cabía en la cabeza que se repartieran excomuniones a troche y moche o que sólo su nacionalismo fuera “idolátrico”. Como tampoco aceptaba que se le acusara de “no haber defendido la legalidad vigente” por ser partidario (también en la actualidad) de un cambio constitucional en el que fuera posible, por ejemplo, un Estado confederal o federal. Si la soberanía residía en el pueblo, se dijo, tendría que ir de “abajo a arriba” y no de “arriba a abajo” como lo venía siendo desde 1978. Contaba con la amistad de compañeros internacionalistas que le criticaban por entender que el nacionalismo era insolidario, pero a quienes también él acusaba por no dar con una propuesta equilibrada en la que su legítima reivindicación de la solidaridad no degenerara —como así creía percibir— en autoritarismo. En definitiva, que, ojeando el libro, se sintió concernido, pero no creyó encontrar datos o argumentos nuevos para cambiar o modular su opinión.

A don Serapio le seguían importando bien poco estas consideraciones. Lo suyo era la independencia, sin más historias. Anton no lograba captar el interés de su colega. Pero no solo el suyo; tampoco el del autor de la novela.


sábado, 1 de junio de 2019

El pueblo tiene poder para elegir a sus obispos...

De J.M. CASTILLO (en RD)

¿No nos damos cuenta de que, en cosas muy importantes, la cultura y la sociedad cambian a una velocidad que la Iglesia no es capaz de seguir? Es un hecho, por ejemplo, que hay curas jóvenes que miran más al pasado que les conviene a sus ideas conservadoras que al futuro que les interpela.

Hace más de cuarenta años, yo enseñaba a mis alumnos que, en el s. III (en otoño del 254), los cristianos de la España romana le presentaron al obispo Cipriano (el más importante de entonces, aunque estaba en Cartago) un problema complicado. Tal problema consistía en que los fieles de tres diócesis españolas (León, Astorga y Mérida) se enteraron de que sus obispos no habían dado el debido testimonio de su fe en una persecución del emperador Decio. Y aquellos fieles, ante el ejemplo escandaloso de sus obispos, tomaron la decisión (impensable ahora) de quitar a los obispos, echarlos a la calle y deponerlos de sus cargos. Los cristianos, en aquel tiempo, se sentían responsables de sus diócesis. Y no toleraban el escándalo de obispos que no eran capaces de confesar su fe en Jesucristo, cuando se veían amenazados. Así las cosas, los cristianos acudieron al obispo más reconocido y ejemplar de entonces, que era Cipriano de Cartago.

Pero todo se complicó cuando uno de los obispos depuestos, un tal Basílides, recurrió al papa Esteban, obispo de Roma. Pero se valió de una información manipulada y en la que el asunto era presentado como a Basílides le convenía. Con lo que el asunto de complicó. Y esto fue lo que motivó el recurso de los cristianos de la España romana al obispo Cipriano, el más reconocido y respetado de la Iglesia de entonces.

Cipriano convocó un concilio, cuyas decisiones nos han llegado en la carta 67 de Cipriano, que está firmada por 37 obispos que participaron en aquel sínodo. Esta solución, para un conflicto local, era perfectamente aceptada en el s. III.

Ahora bien, en aquel sínodo local, se tomaron tres decisiones, que constan en la carta mencionada:
1) El pueblo tiene poder para elegir a sus ministros, concretamente al obispo: “Vemos que viene de origen divino el elegir al obispo en presencia del pueblo, a la vista de todos… Dios manda que ante la asamblea se elija al obispo” (Epist. 67, IV, 1-2). 
2) El pueblo tiene poder para quitar al obispo indigno: “Por lo cual el pueblo… debe apartarse del obispo pecador y no mezclarse en el sacrificio de un obispo sacrílego, cuando sobre todo, tiene poder de elegir obispos dignos o de rechazar a los indignos” (Epist. 67, III, 2). 
3) Incluso el recurso a Roma no debe cambiar la situación, cuando el recurso no se ha hecho con verdad y sinceridad: “Y no puede anularse la elección verificada con todo derecho, porque Basílides… haya ido a Roma y engañado a nuestro colega Esteban que, por estar lejos, no está informado de la verdad de los hechos, y haya obtenido el ser restablecido ilegítimamente en su sede, de la que había sido depuesto con todo derecho” (Epist. 67, 5, 3).

Queda patente, por tanto, que la Iglesia del s. III tenía una mentalidad según la cual la Iglesia consistía más en la comunidad que en el clero. Lo cual no era atentar contra los derechos del clero, sino sencillamente reconocer el papel que desempeñaba y los derechos que tenía la comunidad de los fieles.

Ahora bien, si la Iglesia de los primeros siglos se comportaba y era gestionada de esta manera, ¿Por qué, con el paso de los siglos, se le ha quitado a la comunidad de los fieles un derecho que tuvo en sus orígenes más antiguos y originales?

Y quede claro que, al plantear esta pregunta, no se trata – de ninguna manera – de limitar los derechos y poderes del obispo de Roma. Se trata de todo lo contrario. Lo que más nos tiene que importar es lo que más desea el Papa actual, el Papa Francisco: recuperar la dignidad, autoridad y grandeza de un Papa que no desea ni quiere poderes y grandeza, sino una Iglesia en la que todos los fieles cristianos sientan y vivan como problema de todos lo que a todos nos va a devolver la fuerza evangélica de una Iglesia, que no quiere grandezas humanas, sino la eficacia evangélica de la comunidad de los seguidores de Jesús el Señor.

domingo, 26 de mayo de 2019

Rasgos que han configurado nuestra espiritualidad como presbíteros diocesanos



       Desde hace algunos años y por diversos motivos que convendría esclarecer, se manifiestan en muchos de los curas de nuestra diócesis, una actitudes pastorales que se distancian notablemente de aquellas en las que otros fuimos formados y que han guiado y sostenido nuestra espiritualidad como presbíteros seculares. Fueron y son actitudes que se corresponden no sólo con los retos pastorales a los que tuvimos que responder sino, también y sobre todo, a las claves doctrinales y pastorales que el Concilio Vaticano II proclamó. Este Concilio fue el que inspiró nuestro ministerio en las parroquias y en los diferentes servicios a los que fuimos enviados. De manera deficiente, sin duda, y con aciertos y errores intentamos transparentar con nuestra actuación la “caridad pastoral” que se nos proponía como fuente de nuestra espiritualidad, presidiendo, en nombre de Jesucristo, a la comunidad cristiana por él convocada.
       Me ha parecido oportuno recoger en este escrito algunos de los rasgos más significativos de esa espiritualidad que nos ha configurado. Lo escribí y lo comuniqué hace ya algunos años pero me ha parecido que puede seguir teniendo actualidad, al menos, como referencia y contraste con lo que estamos contemplando no sin preocupación.
 

Más laicos que clérigos

       Con el Concilio se dio un cambio de claves para interpretar las relaciones en la Iglesia; ahora se establecen no entre clero y laicos sino entre comunidad y ministerios y esto ha hecho que los presbíteros nos veamos más identificados con los demás miembros de la comunidad.
       Algunos de los rasgos que eran diferenciadores de nuestro ministerio se han diluido y otros se han desplazado porque el espacio reservado al clero es ahora compartido por miembros de la comunidad. En la práctica de nuestra diócesis esta relación se ha intensificado y ya casi no queda actividad ni servicio reservado en exclusiva para los clérigos. Ya no podemos trabajar solos en la parroquia ni podemos sentirnos los elegidos ni los únicos vocacionados. No nos llaman padre, no nos besan la mano ni somos consultados porque ahora cualquiera puede estudiar teología y sacar una licenciatura y lo que antes sólo se conseguía con la imposición de las manos ahora resulta que lo teníamos desde el bautismo que nos hace a todos sacerdotes, profetas y reyes.
       Esto que parece de broma, tiene consecuencias para una espiritualidad presbiteral que se alimentaba desde las exigencias que provenían de una situación de privilegio y de unas tareas exclusivas que se consideraban imprescindibles. El carácter de consagrado nos exigía una santidad que no se podía pedir al resto de los cristianos porque ellos eran la “tropa” y nosotros los “oficiales”.

domingo, 12 de mayo de 2019

Pederastia eclesial, diaconado femenino y reforma de la Curia. Un alto en el camino



Jesús Martínez Gordo
(Teólogo)

Conviene hacer un alto en el camino para mirar lo andado durante estos primeros meses del 2019 y, levantando la vista, otear el horizonte más inmediato al que se dirige la Iglesia católica en los restantes. El cuatrimestre que acabamos de despedir ha estado marcado por el drama de la pederastia eclesial, por la Cumbre de presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo en Roma (21-24 febrero) y por el discurso final del Papa. No le han faltado críticas, cierto que, con muy diferente fundamento, por haber contextualizado esta tragedia en el marco de una plaga mundial silenciada y particularmente presente en las relaciones de proximidad; por haber culpado de ella a Satanás, tirando balones fuera; por no haber propuesto medidas concretas; por no haber dado más protagonismo a las víctimas y por no haber atajado el clericalismo, la causa más radical de tan deleznable comportamiento.

En el tiempo transcurrido desde la clausura, el Papa Bergoglio ha aprobado —tal y como se acordó en la Cumbre— una nueva legislación al respecto y hemos sabido que va a incorporar, en breve, entre las Instituciones ligadas a la Santa Sede, la Comisión Pontificia para la Protección de Menores, creada en 2014. Pero, quizá, su mejor servicio haya sido que, tras años de silencio cómplice, está logrando socializar en toda la Iglesia el criterio del “encubrimiento cero”, así como primando la escucha y acompañamiento a las víctimas, sin descuidar la reparación del daño causado hasta donde sea posible. En el origen de este radical cambio —promovido, no se olvide, por él— se halla su encontronazo, por esta cuestión, con algunos medios de comunicación chilenos visitando aquella Iglesia; la posterior investigación para poder contar con datos fiables; su reconocimiento público de haber estado deficientemente informado y de haber adoptado decisiones erróneas, (como el nombramiento de obispos acusados de encubrimiento) y, sobre todo, el Informe sobre la pederastia en algunas diócesis de Pensilvania (2018).

sábado, 11 de mayo de 2019

Contra Planellas

Por Catalunya Religió. Jue, 09/05/2019
en Laeto animo





Me van a perdonar que le dé relieve a algo que no debería tenerlo. Pero lo que eran cuatro exabruptos en internet, este miércoles se han convertido en tres notas editoriales. Una en El Mundo, la otra en el ABC y la otra en La Razón. Las tres contra el nombramiento de Joan Planellas como arzobispo de Tarragona. "Un arzobispo independentista", según ellos. Creer en la unidad pastoral de las diócesis con sede en Cataluña, una frase de los documentos oficiales del Concilio Provincial Tarraconense aprobados por la Santa Sede, es excesivo.
Cansa, pero volvamos a empezar.

También queremos obispos catalanes
El nombramiento de Planellas estuvo precedido de varias especulaciones sobre otros obispos no nacidos en Cataluña, en un contexto en el que los doce obispos catalanes que ya tenemos, tres son valencianos, un aragonés, un mallorquín y dos catalanes formados fuera de los seminarios de Cataluña. Un mapa de obispos catalanes que, dicho sea de paso, no se producía desde los de los años del franquismo. A finales del siglo XIX, cuando Torras y Bages fue nombrado obispo de Vic por el traslado del obispo Morgades a Barcelona, todos los obispos de Cataluña eran catalanes, excepto Tortosa con el valenciano Rocamora. O en 1990, cuando el cardenal Carles sustituye el cardenal Jubany en Barcelona, todos los obispos eran catalanes menos el nuevo arzobispo de la capital catalana. Y Carles ya hacía 20 años que estaba en Cataluña.
Hasta ahora Francisco había firmado los nombramientos de cinco obispos en Cataluña. Sólo un catalán. Los valencianos Benavent en Tortosa (2013) y Giménez en Lleida (2015), el aragonés nacido en La Franja Omella en Barcelona (2015), y dos auxiliares en Barcelona (2017), el catalán Gordo y el mallorquín Vadell.
Por lo tanto, primer punto: nadie puede hablar de un exceso de obispos catalanes. No estaba fuera de lugar recordar ante el nombramiento de Tarragona que "también" queremos obispos catalanes. Al contrario. Y, en términos relativos, que en las principales sedes de Cataluña —Barcelona y Tarragona— haya un aragonés y un catalán, no puede ser más equidistante. Curiosamente, la mayoría de la claca que ahora se vuelve contra Planellas no había criticado ninguno de estos nombramientos, ni valorado si faltaban o sobraban obispos catalanes, porque la Iglesia es universal. Excepto cuando nombran un obispo que no es de su cuerda y encuentran una excusa donde agarrarse para criticarlo.
No deja de ser significativo, al mismo tiempo, la radicalidad de los ataques de aquellos que van por el mundo de abanderados del catolicismo. O los fundadores de Vox , que sólo se acuerdan de los papas que les interesa y que son permanet instigadores del conflicto y la exclusión. No quien grita más alto o se muestra más indignado lleva siempre la razón.
En cambio, acumulamos una larga lista de nombramientos que no han gustado nada a los sectores católicos catalanistas. Se han criticado nombramientos. Pero incluso sorprendidos y perplejos por la presunta desconfianza hacia el clero catalán, no han habido reacciones tan vicerales, tan denigrantes para las personas como las que está sufriendo Planellas, ni se ha roto ningún carné. En todo caso, sólo ha provocado un silencioso alejamiento de una comunidad eclesial que no veía a su iglesia lo bastante arraigada en el país. Y, en general, las comunidades diocesanas afectadas han acogido con buena disposición a sus obispos. Ha habido quejas y protestas, pero ni se ha montado ningún cristo supremasista y nacionalista como el que empezó el sábado y no ha parado nadie. Y no deja de ser curioso que los obispos indepedentistes dividan a la Iglesia, y que los que no lo son no la dividan y deban contentar a todo el mundo.

La estelada de Jafre
Bien. ¿Cuál es la excusa contra Planellas? Que en una de las parroquias en las que era párroco en 2013 se colgó una bandera independentista. Una polémica que no se sostiene.
Primero por el contexto. El 2013 no estábamos en un contexto de polarización como el que generó la respuesta al 1-O. Tampoco se sostiene por los hechos. Jafre es una de las ocho parroquias del Empordà que Planellas atendía pastoralmente. Obviamente, su trabajo en la Facultad de Teología no le dejaba mucho tiempo para ir colgando y sacando banderas en ocho campanarios. Todo el mundo sabe que en estos pueblos sin rector es la gente de la parroquia quien quita y pone. El rector ya tiene bastante con recorrer la comarca los fines de semana o en atender urgencias sacramentales. Quien parece que tenía poco trabajo era la mujer de Albert Boadella que montó su sacramental por la estelada.

lunes, 22 de abril de 2019

Víctimas infantiles de abusos e hipocresía social

María Teresa Bazo
Catedrática de Sociología
(En DV 21/04/2019)


Sólo desde hace unas décadas se ha ido conociendo y tomando conciencia de la existencia de malos tratos y abusos sexuales cometidos por familiares, profesores, monitores, personal sanitario, religiosos, contra menores. Esto lleva a debatir y tratar de prevenir tales conductas. Siempre causa asombro social que un padre, un sacerdote, un profesor hayan abusado así de la confianza de niños y niñas inocentes. No todos los victimarios se manifiestan igual. Los hay violentos y amenazadores, y también manipuladores que fingiendo 'educarles' y compartir un secreto 'como amigos' llevan a los niños a sufrir en silencio. La ruptura de esa confianza tiene un efecto letal en la maduración de esos niños.
A finales de los años 90 comencé a interesarme dentro de mis líneas de investigación por el problema de los malos tratos a las personas mayores, que incluyen el abuso sexual también, y obtuve en universidades e instituciones fuera de España porque aquí no existían publicaciones, información sobre el estudio de la violencia familiar principalmente e institucional, así como sobre el decurso histórico de los descubrimientos sociales de los distintos tipos de violencia, y las diversas teorías al respecto. El interés por el tema de la violencia familiar surge en primer lugar por el maltrato infantil y en los años 70 comienza la investigación y publicación sobre dicho problema. Se entiende que viene a ser el origen del interés social que se ha ido generando posteriormente por las diversas manifestaciones de la violencia. Así van surgiendo preocupaciones académicas y sociales por formas concretas de abuso y maltrato, como el abuso sexual de los niños y niñas, definiéndose definitivamente como 'problema social' a finales de los años 80. Socialmente ha costado mucho entender que los niños podían sufrir abusos sexuales en el entorno familiar, pues la familia se considera el entorno protector donde mayores y pequeños pueden sentirse seguros. Personas que habían sido abusadas en su infancia comienzan a dar testimonio de ello y se produce una conmoción social ante hechos que considerados tabú habían quedado siempre ocultos. Eso lleva a reconocer socialmente la perpetración de esas conductas no sólo en la familia, donde suceden mayoritariamente, también en los colegios, en las iglesias, en los centros de protección social, en los clubs juveniles, en los centros sanitarios. En cuanto al género las niñas y las mujeres jóvenes son mayoría entre las víctimas.
A finales de los años 90 en Gran Bretaña se discutía si era pertinente crear un registro para que constaran aquellos que habían cometido delitos sexuales, lo que evitaría poder contratarlos en centros de enseñanza, deportivos, centros de acogida para menores, residencias y centros para personas ancianas. Se contemplaban los distintos aspectos jurídicos y éticos que la iniciativa entrañaba. En 2003 una ley lo permitió y se creó una base de datos de quienes cometen delitos violentos y sexuales.
El Papa Francisco ha pedido perdón al mundo entero por las prácticas nefandas de algunas personas consagradas, así como por el silencio de quienes lo conocían y ocultaban, especialmente si eran sus superiores. Al mismo tiempo ha convocado a los Obispos del mundo para adoptar las líneas de conducta apropiadas para evitar la perpetración de tales hechos y su ocultamiento. Han sido aplaudidas la acción y medidas de la Santa Sede. Llama la atención la insistencia de algunos medios de comunicación en España en señalar continua y repetidamente a la Iglesia Católica. Me llama todavía más la atención lo rápido que se olvida los actos execrables cometidos por miembros de otras instituciones.
No creo que los gobiernos de España u otros países hayan pedido perdón por los niños abusados en las instituciones públicas. Angela Merkel sí reconoció que en Alemania no solo se habían cometido abusos por miembros de la Iglesia Católica, sino también en otras iglesias, y en instituciones estatales. Tampoco se ha oído decir que lo hayan pedido grandes organizaciones internacionales, como Naciones Unidas por los hechos execrables cometidos por sus soldados enviados para proteger una población determinada, como se publicó a principios de 2018 sobre los perpetrados en Sudán del Sur por soldados nepalíes y de Ghana. Han investigado y rechazado esas conductas, han apartado a sus autores pero no han pedido perdón, que yo sepa. Tampoco tengo información de que hayan pedido perdón ONG reputadas, aunque hayan apartado a esos trabajadores humanitarios que habían abusado de mujeres y niñas convertidas en prostitutas en lugares devastados por las guerras o las catástrofes naturales, como se denunció en Haití.
The Times desveló en 2003 prácticas execrables de algunos miembros de organizaciones de la ONU, según un informe de 2001 por trabajadores de dicha institución denunciando esos hechos, en el que se señala a trabajadores de más de 40 ONG que habían abusado y explotado a niños incluso entre los refugiados. La ONU conocía dichos escándalos.
Parece lógico que se agradezca a la Iglesia Católica su labor educativa sanitaria y asistencial en los países desarrollados y en los más pobres. Y también, porque sirve de ejemplo a las organizaciones, su valentía basada en la Fe en ser la primera gran institución internacional en pedir perdón, y hacer frente a este problema.