NOTA: En el equipo de mantenimiento del BLOG hemos llegado a entender que,
en las circunstancias que nos envuelven (el CONFINAMIENTO POR
«COVID-19») bien podríamos prestar el servicio de abrir el BLOG a
iniciativas que puedan redundar en aliento para quienes se sientan en
soledad, incomunicadas o necesitadas de expresarse.
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Origen: Alfa y Omega
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Ante la Jornada Mundial del Migrante y el Refugiado, el drama de 13.000 solicitantes de asilo en Lesbos subraya la urgencia de crear vías de entrada legales y seguras.
Zona de cuarentena en Kara Tepe. Ya se han detectada 243 casos de COVID-19 Y FALTAN «AGUA Y SANEAMIENTO» ADECUADOS, afirma el padre Joyeux. Foto: AFP/Manolis Lagoutaris.
«Y todo vuelve a empezar…». Solo unas horas después de hablar con el jesuita Maurice Joyeux sobre el incierto destino que espera a los 13.000 migrantes y solicitantes de asilo que vivían en el campo de Moria, en la isla griega de Lesbos, la periodista recibe este lacónico comentario del sacerdote, con algunas fotos recibidas de amigos recién instalados en Kara Tepe.
Tras días a la intemperie desde que un incendio asoló Moria el 9 de septiembre, al cierre de esta edición eran ya 9.000 los que habían cedido a la presión de las Fuerzas de Seguridad y habían entrado a este nuevo campamento provisional. Era la única alternativa que ofrecía el Gobierno heleno a dormir al raso, desafiando la humedad y el relente de unas noches que ya empiezan a ser frías.
El padre Joyeux con algunos voluntarios (el Servicio Jesuita al Refugiado–JRS por sus siglas en inglés– no trabaja en la isla), al igual que otras organizaciones humanitarias, les ha intentado llevar tiendas de campaña, kits de higiene y hasta comida, porque el reparto del Ejército no llegaba a todos. «La gente no quiere estar en ningún campamento, pero está muy cansada».
Una tragedia anunciada
«Estábamos esperando que ocurriera algo horrible», reconoce a Alfa y Omega el jesuita, muy crítico con la actitud de las autoridades de culpar a cuatro afganos, ya detenidos. «Es mucho más complicado», asegura. Cita el hartazgo y la «sensación de indignidad» de llevar meses o años «sobreviviendo, más que viviendo» en un lugar diseñado para 3.000 personas, que albergó hasta a 21.000.

