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domingo, 6 de noviembre de 2016

Cenizas y refugiados



Jesús Martínez Gordo

No me parece mal que la Congregación para la doctrina de la fe intente actualizar las orientaciones sobre la inhumación e incineración de los seres queridos y que llame a tratar adecuadamente sus cenizas, en el caso de que hayan tomado esa decisión.  Y acepto su invitación a cuidar la memoria de nuestros difuntos.

Disiento de la concepción dualista (cuerpo y alma) que vehicula porque entiendo que quien muere y resucita es la “persona”, que es bastante más que un cuerpo “y” un alma. Y echo de menos que, más allá de las consabidas condenas del nihilismo y del panteísmo, no haya hecho el esfuerzo por asomarse a dichos planteamientos reconociendo elementos de verdad y santidad (los llamados “semina Verbi” o “logoi spermatikoi”) que también aletean en ellos. Una perspectiva que —incuestionablemente evangélica y recuperada en el concilio Vaticano II—, han vuelto a activar (no sin rémoras bien conocidas) los obispos en los dos últimos sínodos (2014 y 2015); que el papa Francisco despliega en todo su magisterio pontificio y que pasa por una urgente “conversión pastoral”: de las llamadas verdades innegociables al axioma de la misericordia como el corazón y el contenido primero y último de la fe cristiana.


Si se hubiera procedido así, probablemente, en vez de condenar genéricamente el nihilismo, se habría hecho un esfuerzo por dialogar con quienes sostienen que —en vida— se mantiene una relación permanente con la nada, el silencio, la oscuridad y el vacío. Y, otro tanto, con el panteísmo cuando, porque queda deslumbrado por la bondad, la verdad o la belleza que se alojan en el mundo, tiene dificultades para percibirlas como destellos, transparencias o anticipaciones de la Verdad, de la Bondad y de la Belleza finales. Y, probablemente, se habría facilitado reconocer con menos crispación los excesos (y hasta el mal gusto) que se asoman en algunas decisiones referentes a las cenizas de nuestros seres queridos y al trato que se merecen.

La Congregación para la doctrina de la fe (y, con ella una parte de la curia vaticana) no acaba de sacudirse el tono condenatorio y su proclividad a la casuística. Tiene pendiente sumarse a un estilo más propositivo y empático, sin dejar de ser, por ello, crítico. Y, a la par, decantarse por ofrecer más criterios que aplicar sensatamente en cada circunstancia que por bajar a una casuística fallidamente universalizable.

Hay otro asunto (mejor dicho, otro drama) que me llama mucho más la atención:  que dicha Congregación no se haya pronunciado aún acerca del enfrentamiento existente en la Iglesia europea sobre cómo afrontar las políticas que buscan evitar las muertes de los migrantes y de los refugiados que llaman a nuestras puertas.

Me explico: estos últimos días hemos asistido indignados al desalojo de la llamada “jungla” del paso de Calais; han sido noticia de primera plana algunos comportamientos xenófobos en Gran Bretaña y las protestas de los refugiados en los CIE españoles. Han tenido menos alcance mediático la llegada a Roma de 70 refugiados sirios desde Libia, propiciada por la creación de un “corredor humanitario” entre el gobierno italiano y la comunidad San Egidio (con 400 personas acogidas hasta el momento) y el informe de la ONU: a finales del mes de octubre del presente año ascendían a 3.800 los muertos o desaparecidos en el Mediterráneo.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Enterramiento e incineración



Sebas García Trujillo  (DEIA 2/11/2016)


DE nuevo nos convierten en el hazmerreír de nuestros conciudadanos, lo que comporta una cierta dosis de minusvaloración social del contenido de nuestra fe cristiana. Y ahora vete con estas credenciales a “predicar el evangelio a toda criatura” (Marcos 16, 15). Me estoy refiriendo a las reacciones suscitadas por el reciente documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la Sepultura de los Difuntos. Sugerente en algunos de sus párrafos, pero desequilibrado y rancio en otros. Porque no es que no tenga aportaciones positivas, sino que las negativas son más estentóreas, cosa que debiera tener en cuenta todo mensajero, sea Papa o cardenal.


Entre las aportaciones positivas de este documento vaticano están las recomendaciones orientadas a dignificar el tratamiento a dar a los restos de los difuntos. Nada más elogiable y oportuno porque, a decir verdad, se están generalizando entre nosotros prácticas funerarias auténticamente horteras. Claro que es deseable que los restos de la incineración no se esparzan y, aún menos, se acumulen en lugares a la simple elección de familiares o amigos de los difuntos y que los espacios públicos no se llenen de placas lacrimógenas, ni de flores de plástico; claro que es deseable que una autoridad, a ser posible civil y experta en salubridad, regule dónde no es aconsejable esparcir los restos de la cremación. El documento vaticano, sin embargo, ha fijado dónde se deben depositar dichos restos, lo que es discutible, habida cuenta de que la mayoría de los ciudadanos viven en una nebulosa entre la creencia y la increencia cristianas. La iglesia católica, con razón, reclama para los restos de todos los difuntos un lugar de reposo estéticamente bello y recogido que prolongue su recuerdo -y hasta su cercanía misteriosa- y, si se quiere, hasta una oración por y con ellos. Chapeau… o capello cardenalicio, que parece más adecuado al tema que nos ocupa.

jueves, 27 de octubre de 2016

A VUELTAS CON EL ALMA



La Instrucción Ad resurgendum cum Christo acerca de la sepultura de los difuntos y la conservación de las cenizas en caso de cremación que ha publicado recientemente la Congregación para la Doctrina de la Fe, pone de manifiesto, una vez más, que la actualización pastoral tan necesaria para hacer creíble la fe católica en la cultura actual, encuentra resistencias en algunos organismos pontificios. Siguen anclados, como en el caso que nos ocupa, en concepciones antropológicas acerca de la constitución del ser humano, que hace tiempo fueron superadas en el pensamiento de la mayoría de los teólogos católicos que se han tomado en serio la renovación de la teología.


Hablar, como lo hace la Instrucción, del alma y del cuerpo, como dos realidades separables, para fundamentar la normativa que se quiere imponer en relación con el destino de las cenizas de los fieles cristianos que han sido incinerados, parece cosa de otra época. Todo el mundo sabe, menos los que han escrito la “Instrucción”, que al hablar de cuerpo y alma utilizamos un lenguaje figurado, tomado de Platón, para explicar la realidad tan compleja y rica de la naturaleza humana. Pero ya es algo comúnmente aceptado que el ser humano no es un ser compuesto, que con la muerte se pueda descomponer y luego, en la resurrección de los muertos, recomponer de nuevo. Platón, con esta forma de explicar la naturaleza humana podía defender la inmortalidad del alma, que, así, separada del cuerpo, no podía morir; pero los cristianos no creemos en la inmortalidad sino en la resurrección, que es otra cosa.

Pues bien, la “Instrucción” recurre a esa concepción platónica para afirmar que “por la muerte, el alma se separa del cuerpo, pero en la resurrección Dios devolverá la vida incorruptible a nuestro cuerpo transformado, reuniéndolo con nuestra alma”. Y sorprende aún más que, para justificar la aceptación de la cremación diga que: “la Iglesia no ve razones doctrinales para evitar esta práctica, ya que la cremación del cadáver no toca el alma y no impide a la omnipotencia divina resucitar el cuerpo”.
No se entiende el argumento, porque si el alma, según se ha afirmado, se separa del cuerpo con la muerte, ya no se puede quemar ni un poquito; se ha puesto a salvo a tiempo. El problema se planteará a la hora de la resurrección, cuando suene la trompeta, porque sonará —que ya lo dijo San Pablo— y las almas, que han estado esperando el momento, tengan que encontrarse con sus cuerpos. Se entiende ahora mejor por qué la Instrucción insiste una y otra vez en la conveniencia de enterrar a los muertos en lugar sagrado en vez de quemarlos: porque si están en un sitio fijo y señalado, le será más fácil a la Omnipotencia divina conseguir que cada alma recupere a su cuerpo que si el difunto ha sido cremado y peor aún, si sus cenizas se han echado a la mar o han sido repartidas entre los familiares y amigos.