Por Jesús Martínez Gordo
(Teólogo)
Las declaraciones de Francisco sobre las uniones civiles (que no matrimonios) de homosexuales, más allá de si han sido pronunciadas en la entrevista en cuestión o no, vuelve a poner encima de la mesa varias cuestiones teológicas. Retomo una de ellas, la referida a la “naturalidad” o no de la homosexualidad, reabierta en los Sínodos de 2014 y 2015 dedicados a la pastoral familiar y la moral sexual.
Como es sabido, ése fue un debate prematuramente cerrado en dichos Sínodos, gracias a la capacidad de bloqueo que tiene la minoría sinodal; formada, en esta ocasión, por una buena parte de los obispos africanos, por algunos estadounidenses (con el cardenal R. L. Burke al frente) y por otro grupo de prelados del este europeo.
Cambio doctrinal
Sin embargo, semejante bloqueo no impidió que hubiera aportaciones que, como la del dominico Adriano Oliva, sostuvieran la procedencia de un cambio no solo de perspectiva, sino también doctrinal, en lo tocante a las personas homosexuales.
En cuanto la leí, me interesó por su coherencia argumentativa y por el esfuerzo en superar posibles atavismos que, más pronto que tarde, tendrían que desaparecer, a pesar de que siguieran presentando una enorme fuerza en muchos lugares de la Iglesia y, por supuesto, en tantos o más fuera de ella.
Quizá por ello, me dije, no estaba de más escucharla y ver si efectivamente abría las puertas a un futuro más integrador y menos excluyente. Remito, a quien esté interesado en una información más detallada, a mi libro “Estuve divorciado y me acogisteis. Para comprender ‘Amoris laetitia’” (PPC, Madrid, 2016).
“Comportamiento homosexual” y “sodomía”
Según A. Oliva había que revisar la equiparación moral que el Catecismo acababa estableciendo de hecho entre comportamiento homosexual y sodomía. Al ser consideradas ambas como «intrínsecamente desordenadas», al homosexual que pretendiera ser a la vez cristiano solo le quedaba renunciar a toda relación sexual.
Ahora bien, prosiguió, era una exigencia que les discriminaba con respecto a las personas heterosexuales, ya que, al obligarles a no realizar «actos homosexuales» y proponerles la vida célibe como única alternativa, les cerraba la posibilidad de elegir. Urgía, por eso, a repensar la doctrina moral recogida en el Catecismo para desterrar cualquier atisbo de injusta discriminación y poder acoger a estas personas en la Iglesia «con sensibilidad y delicadeza».
