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viernes, 23 de octubre de 2020

La connaturalidad de la homosexualidad

 

Por Jesús Martínez Gordo

(Teólogo)


      Las declaraciones de Francisco sobre las uniones civiles (que no matrimonios) de homosexuales, más allá de si han sido pronunciadas en la entrevista en cuestión o no, vuelve a poner encima de la mesa varias cuestiones teológicas. Retomo una de ellas, la referida a la “naturalidad” o no de la homosexualidad, reabierta en los Sínodos de 2014 y 2015 dedicados a la pastoral familiar y la moral sexual.

Como es sabido, ése fue un debate prematuramente cerrado en dichos Sínodos, gracias a la capacidad de bloqueo que tiene la minoría sinodal; formada, en esta ocasión, por una buena parte de los obispos africanos, por algunos estadounidenses (con el cardenal R. L. Burke al frente) y por otro grupo de prelados del este europeo.

 

Cambio doctrinal

Sin embargo, semejante bloqueo no impidió que hubiera aportaciones que, como la del dominico Adriano Oliva, sostuvieran la procedencia de un cambio no solo de perspectiva, sino también doctrinal, en lo tocante a las personas homosexuales.

En cuanto la leí, me interesó por su coherencia argumentativa y por el esfuerzo en superar posibles atavismos que, más pronto que tarde, tendrían que desaparecer, a pesar de que siguieran presentando una enorme fuerza en muchos lugares de la Iglesia y, por supuesto, en tantos o más fuera de ella.

Quizá por ello, me dije, no estaba de más escucharla y ver si efectivamente abría las puertas a un futuro más integrador y menos excluyente. Remito, a quien esté interesado en una información más detallada, a mi libro “Estuve divorciado y me acogisteis. Para comprender ‘Amoris laetitia’” (PPC, Madrid, 2016).

 

“Comportamiento homosexual” y “sodomía”

Según A. Oliva había que revisar la equiparación moral que el Catecismo acababa estableciendo de hecho entre comportamiento homosexual y sodomía. Al ser consideradas ambas como «intrínsecamente desordenadas», al homosexual que pretendiera ser a la vez cristiano solo le quedaba renunciar a toda relación sexual.

Ahora bien, prosiguió, era una exigencia que les discriminaba con respecto a las personas heterosexuales, ya que, al obligarles a no realizar «actos homosexuales» y proponerles la vida célibe como única alternativa, les cerraba la posibilidad de elegir. Urgía, por eso, a repensar la doctrina moral recogida en el Catecismo para desterrar cualquier atisbo de injusta discriminación y poder acoger a estas personas en la Iglesia «con sensibilidad y delicadeza».

lunes, 4 de julio de 2016

Homosexualidad y sodomía



            Desde hace unos meses, circula por Roma un comentario sobre la manera de relacionarse con la prensa que tiene Francisco. Admite diferentes lecturas, pero, en su origen, es fruto de una agradecida sorpresa por la libertad de que hace gala y de la que podemos disfrutar muchos otros: “eres más peligroso, se dice, que el papa en una rueda de prensa”.


La verdad es que el comentario no está carente de fundamento. Se ha podido comprobar nuevamente en las declaraciones que ha realizado el pasado 26 de junio, regresando de Armenia a Roma, y respondiendo a una pregunta sobre la posición de la Iglesia en lo referente a la homosexualidad: si “una persona tiene esa condición, tiene buena voluntad y busca a Dios, ¿quiénes somos nosotros para juzgar?” Y, completando lo ya manifestado en julio de 2013, ha finalizado este punto formulando una invitación: “debemos acompañar bien” a estas personas.

Mira tú, por dónde, ha reabierto el tema, precisamente, cuando parecía que su voluntad de mirar amablemente la homosexualidad había decaído en los dos últimos sínodos de obispos de 2014 y 2015 para sacar adelante, por lo menos, sus propuestas referidas a las parejas de hecho y a los divorciados vueltos a casar civilmente. No me extraña que haya quienes consideren particularmente “peligroso” a este papa que se sale sistemáticamente del guion establecido. Y que lo hace siempre para bien, al menos, de los marginados y más débiles.

Cuando se escuchan estas declaraciones de Francisco, es inevitable traer a la memoria otras -oídas y difundidas-, por estos y otros lugares del mundo, no tan amables sobre el mismo asunto. Pero, sobre todo, los comportamientos homófobos -y hasta homicidas- que hacen dudar no solo de la capacidad para convivir amablemente con lo diferente, sino, particularmente, de la cordura y sensatez humanas.

Quizá, por ello, no esté de más recordar que en la Iglesia católica coexisten, por lo menos, dos maneras de entender y de relacionarse con la homosexualidad. Y, por extensión, con las personas bisexuales y transexuales, dejando, al margen los comportamientos y planteamientos patológicos que, como en todo colectivo humano, también pululan entre sus filas.

viernes, 16 de agosto de 2013

Cuando los cristianos casaban homosexuales...


En este icono, San Sergio y San Baco están unidos en presencia de su “pronubus” (testigo de boda), Jesucristo. (Days.pravoslavie.rus)


La Iglesia, ¿contra las bodas gay? Según varios historiadores, no siempre ha sido así: en la Edad Media fueron numerosas las uniones masculinas
 


Por Arnaud Gonzague
Nouvel Observateur, julio de 2013

Es bien conocida la cantinela: el matrimonio -por supuesto, el cristiano- es la unión de un hombre y de una mujer. Excepto que la iglesia de la Edad Media ha celebrado –eso parece- bodas homosexuales. Se sabe gracias al historiador americano John Richard Boswell (“Las uniones del mismo sexo en la Europa antigua y medieval”)[1]. Él fue quien descubrió que los cristianos griegos de los siglos X y XI bendijeron oficialmente “uniones del mismo sexo”.