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lunes, 4 de julio de 2016

Homosexualidad y sodomía



            Desde hace unos meses, circula por Roma un comentario sobre la manera de relacionarse con la prensa que tiene Francisco. Admite diferentes lecturas, pero, en su origen, es fruto de una agradecida sorpresa por la libertad de que hace gala y de la que podemos disfrutar muchos otros: “eres más peligroso, se dice, que el papa en una rueda de prensa”.


La verdad es que el comentario no está carente de fundamento. Se ha podido comprobar nuevamente en las declaraciones que ha realizado el pasado 26 de junio, regresando de Armenia a Roma, y respondiendo a una pregunta sobre la posición de la Iglesia en lo referente a la homosexualidad: si “una persona tiene esa condición, tiene buena voluntad y busca a Dios, ¿quiénes somos nosotros para juzgar?” Y, completando lo ya manifestado en julio de 2013, ha finalizado este punto formulando una invitación: “debemos acompañar bien” a estas personas.

Mira tú, por dónde, ha reabierto el tema, precisamente, cuando parecía que su voluntad de mirar amablemente la homosexualidad había decaído en los dos últimos sínodos de obispos de 2014 y 2015 para sacar adelante, por lo menos, sus propuestas referidas a las parejas de hecho y a los divorciados vueltos a casar civilmente. No me extraña que haya quienes consideren particularmente “peligroso” a este papa que se sale sistemáticamente del guion establecido. Y que lo hace siempre para bien, al menos, de los marginados y más débiles.

Cuando se escuchan estas declaraciones de Francisco, es inevitable traer a la memoria otras -oídas y difundidas-, por estos y otros lugares del mundo, no tan amables sobre el mismo asunto. Pero, sobre todo, los comportamientos homófobos -y hasta homicidas- que hacen dudar no solo de la capacidad para convivir amablemente con lo diferente, sino, particularmente, de la cordura y sensatez humanas.

Quizá, por ello, no esté de más recordar que en la Iglesia católica coexisten, por lo menos, dos maneras de entender y de relacionarse con la homosexualidad. Y, por extensión, con las personas bisexuales y transexuales, dejando, al margen los comportamientos y planteamientos patológicos que, como en todo colectivo humano, también pululan entre sus filas.