El catolicismo progresista cree que
es la hora de reivindicar el papel de los ‘santos padres’ de la Iglesia
latinoamericana. Sin el fantasma del marxismo, el Papa está recuperando
la Teología de la Liberación.
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| Helder Cámara saluda a la madre Teresa de Calcuta en París, en 1985./ AFP |
(De
El Correo, 23/04/2014)
Este mes se han cumplido sesenta años de la
llegada de Helder Cámara a la diócesis brasileña de Olinda-Recife, donde
el sacerdote de Fortaleza desplegaría toda una doctrina evangélica en
favor de la justicia social y la defensa de los derechos humanos. Su
entronización no tuvo lugar en la catedral, sino en la plaza de esta
localidad del estado de Pernambuco, un signo de lo que sería su
compromiso con los humillados y perseguidos, con los desheredados de la
Tierra. «Cuando doy de comer a un pobre, todos me dicen santo. Pero
cuando pregunto por qué un pobre no tiene comida, todos me dicen
comunista», solía decir el 'obispo rojo'. ¡Y era el mismo Evangelio que
ahora predica el Papa Francisco! Sus ideas y sus pensamientos siguen
siendo válidos hoy, más actuales que nunca con un Pontífice que grita
que «el capitalismo mata». En estos tiempos de santificaciones exprés,
hay que recordar que a don Helder ya le canonizó el pueblo.
Helder Cámara tomó posesión de Recife el 12 de
abril de 1964, doce días después del golpe de estado iniciado por el
general Olimpio Mourao Filho, que puso en el poder al general Humberto
de Alencar Castelo Branco. La asonada fue apoyada por una gran parte de
los empresarios y los terratenientes, y por un sector de la jerarquía
eclesial. Cuando las Fuerzas Armadas empezaron a detener, torturar y
eliminar a los opositores, como en otras dictaduras del Cono Sur, Helder
Cámara se puso enfrente y se convirtió en un símbolo de la resistencia.
Pronto, aquella figura frágil y pequeña –medía 1,60 y pesaba 58 kilos–,
se convirtió en la 'oveja negra' de los militares, que le rebautizaron
como el 'obispo rojo'. Los escuadrones de la muerte le amenazaron de
manera constante y su casa fue ametrallada en numerosas ocasiones. Su
figura se fue engrandeciendo.
Pero su denuncia de las injusticias se amplió con
su batalla indesmayable contra la pobreza y la miseria, aquella 'opción
preferencial por los pobres' de la Teología de la Liberación que aventó
el fantasma de una alianza de la Iglesia con el marxismo. Helder Cámara
impulsó el CELAM (Conferencia Episcopal Latinoamericana) que escribió
páginas valientes en Medellín y en Puebla, con la opción por los pobres
como columna vertebral, si bien luego ha ido perdiendo centralidad. Con
ocasión de la visita de Benedicto XVI a Brasil, el teólogo vasco Rafael
Aguirre escribía que «la comunión con Roma se traduce, en la práctica y
con demasiada frecuencia, en el control de las iglesias locales por la
curia romana, lo que se está poniendo de manifiesto en la política de
nombramientos de obispos, dirigida por centros de poder eclesiástico
bien identificados, que valoran el servilismo y el clericalismo. El
episcopado latinoamericano, que ha dado algunas de las grandes figuras
del cristianismo contemporáneo (Óscar Romero, Hélder Cámara) y fue
pionero en el Concilio, es hoy irreconocible», se lamentaba en mayo de
2007.
He vuelto a repasar estos días los artículos de
Manuel de Unciti, sacerdote y periodista recientemente fallecido, que en
su día habilitó una serie en la revista 'Pueblos del Tercer Mundo' con
testigos y profetas que lo dieron todo en los países subdesarrollados.
Helder Cámara abrió aquella sección. Unciti ha defendido siempre que la
Iglesia tendría que pedir perdón por el trato discriminatorio impuesto
por alguno de sus hijos. ¿Por que no se honró a Helder Cámara con la
púrpura cardenalicia?, se preguntaba. ¿Por qué no hay prisa alguna en
beatificar a monseñor Romero?, insistía el sacerdote vasco denunciando
que se condenara al ostracismo a algunos obispos proféticos,
inmovilizándoles en sedes de menor incidencia en la vida de la comunidad
eclesial. También hubo presiones para que no se le concediera el Premio
Nobel de la Paz, al que estuvo varias veces nominado.