Jesús Martínez
Gordo, teólogo
La
lectura del texto aprobado en la última Asamblea Episcopal de la Amazonía
(2019) me ha recordado la Constitución Apostólica “Episcopalis communio” (2018),
publicada poco antes del Sínodo sobre los jóvenes. Y, juntamente con ello,
algunas críticas acerca de la gestión de Francisco que, con diferentes
modulaciones, se pueden oír en determinados medios eclesiales: al Papa le
encantan los gestos, pero es sorprendentemente parco en la toma de decisiones.
Compartiendo esta última observación -aunque con cautelas que he venido
señalando antes de ahora- me parece oportuno reivindicar la importancia de las disposiciones
que ha tomado sobre la sinodalidad eclesial. Me permito recuperar un texto que
-oportunamente actualizado- escribí al respecto no hace mucho.
El
objetivo “mayor” y los “secundarios” del actual Papa
Francisco
dejó bien claro que en su pontificado los pobres iban a ser los primeros,
colocando un peldaño más bajo el ecumenismo, el diálogo interreligioso y lo
que, en su día llamó la “conversión del papado”; un objetivo -éste último- que entendió
estrechamente vinculado con la reforma de la curia vaticana y con el impulso de
un gobierno corresponsable y colegial sobre la base de una Iglesia, ante todo y,
sobre todo, sinodal, es decir, decidida a caminar junta y de manera armónica. Al
papa Bergoglio se debe que la comunidad católica haya dado, a lo largo de estos
últimos tiempos, más pasos en esta dirección que durante los cincuenta años que
han transcurrido desde la finalización del concilio Vaticano II.
Lo
hizo, primero, consultando al pueblo de Dios antes de la celebración de los dos
Sínodos, uno ordinario (2014) y otro extraordinario (2015), dedicados a la
pastoral familiar y a la moral sexual. Como resultado de tales consultas, algunas
Conferencias Episcopales, además de subir a sus respectivas páginas webs los balances
que arrojaban dichas exploraciones, las presentaron y defendieron,
posteriormente, en el aula sinodal. Era una primera señal, de que -a diferencia
de lo que venía siendo habitual en los decenios anteriores- algo se estaba
moviendo en el gobierno de la Iglesia y en la manera de elaborar magisterio.
Y
lo volvió a hacer promulgando la Constitución “Episcopalis communio”
(septiembre 2018) sobre lo que se podría denominar la “conversión sinodal” del
papado y de la Iglesia; un texto que, por cierto, pasó con más pena que gloria
ante los medios de comunicación social e, incluso, ante instancias que tradicionalmente
han venido reivindicando el mayor protagonismo de todos los bautizados en la
marcha de la comunidad católica.