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lunes, 5 de diciembre de 2016

La razón abortista



Jesús Martínez Gordo


Con motivo de la finalización del año de la misericordia, el papa ha concedido a los sacerdotes “la facultad de absolver a quienes hayan procurado” el aborto; una potestad reservada hasta el presente a los obispos. Y lo ha hecho indicando que, aún sin dejar de ser “un pecado grave, porque pone fin a una vida humana inocente”, reconoce, a la vez, que “no existe ningún pecado que la misericordia de Dios no pueda alcanzar y destruir, allí donde encuentra un corazón arrepentido”.

Las reacciones no se han hecho esperar.

Los más rigoristas le han acusado de ser el valedor del relativismo moral que carcome nuestra sociedad, así como del “sometimiento” de la Iglesia al “espíritu del tiempo” y de su adentramiento en una inseguridad moral que no existía, ¡cómo no! en tiempos de Juan Pablo II. Son personas y colectivos que no comparten lo dicho por Francisco el pasado 18 de febrero: el aborto, a diferencia del empleo del preservativo o de la píldora contraconceptiva, “no es un mal menor”. “Es echar fuera a uno para salvar a otro, en el mejor de los casos” o “para vivir cómodamente”. Esto, indicó, es “un problema humano”; “un mal” que debe ser “condenado” por sí mismo. Argumentando de semejante manera, mostraba conocer el debate que, iniciado, en la década de los noventa entre la llamada mentalidad o “razón abortista” y los partidarios del “derecho de nacer”, persiste en nuestros días.