Nacemos
y nos hacemos personas conviviendo. En el seno materno. En la familia y en la
vecindad. En las comunidades de juego y trabajo. Y en ese convivir se
manifiesta, lo mejor y lo peor de nuestra condición humana: la grandeza de dar
la vida y la ruindad de destruir la propia y la de los demás. El relato sobre
Abel y Caín sigue siendo actual. Hay muchas personas que sirven a otras, siendo
solidarias en el compromiso de mejorar las condiciones de vida y la felicidad
de quienes les rodean. Pero también hay hermanos que se odian hasta matarse, personas
que torturan a sus parejas, niños que son explotados, inocentes a los que se
les niega lo mínimo para vivir ... Convivir puede significar, por tanto, vivir
unos a favor de otros en beneficio común o, vivir unos contra otros, de modo
que la felicidad de unos se base en la desgracia ajena.