martes, 6 de noviembre de 2018

Dios y la carta de Einstein




Jesús Martínez Gordo

        La subasta de una carta de Albert Einstein de 1954 por la casa Christie’s (Nueva York) el próximo mes de diciembre en la que se puede leer que “la palabra de Dios no es para mí sino la expresión y el producto de la debilidad humana” ha sido presentada por algunos medios como una irrefutable prueba de que renegaba de la existencia de Dios.

Es probable que los promotores, al haber fijado una puja inicial de un millón de dólares, hayan querido resaltar que la razón de ser de semejante cantidad radica en su contenido, supuestamente rupturista, con otras declaraciones en las que el genio de la física moderna se refería a “esa fuerza que está más allá de lo que podemos comprender” o en las que sostenía que “Dios no juega a los dados”. Sin embargo, creo que es una temeridad o, en todo caso, una falta de rigor, interpretar que, con dicha carta, se evidencia la adscripción atea de A. Einstein. Y lo es porque no se tiene debidamente presente la diferencia que existe entre reconocerse deísta (Dios se transparenta en el cosmos como Inteligencia), teísta (concebir a Dios como Persona) y ateo (Ni lo uno ni lo otro. Solo hay azar y materia).

Esa trascendental diferencia volvió al primer plano de la actualidad el año 2004, fecha en la que Antony Flew (el patriarca del ateísmo de raíz científico-empírica durante el siglo XX) comunicó, en un simposio celebrado en la New York University, que aceptaba la existencia de Dios por coherencia con la máxima que había presidido su ateísmo militante: “sigue la argumentación racional hasta donde quiera que te lleve”.

Su paso a la creencia no tenía nada que ver con la fe, con las iglesias o con las confesiones religiosas sino con el reconocimiento de que la explicación creyente era mucho más firme racionalmente que el ateísmo que había liderado hasta entonces. Yo, sostuvo, no sé nada sobre la interacción de los cuerpos físicos en dos partículas subatómicas. Pero estoy interesado en saber, prosiguió, cómo es posible que puedan existir esas partículas o cualquier otra realidad física e, incluso, la misma vida. Movido por este interés, busco alcanzar una explicación racional a partir de las evidencias o pruebas a las que está llegando la ciencia. Obviamente, continuó, las explicaciones posibles son muchas y diferentes. Todos sabemos que la superioridad de unas sobre otras se juega en su mayor o menor consistencia racional, más allá de que se sea educador, marinero, ingeniero, filósofo, abogado o científico. Tener una u otra profesión no proporciona ninguna ventaja especial cuando se busca una explicación racional a partir de los descubrimientos alcanzados, de la misma manera que ser una estrella de fútbol no suministra ninguna clarividencia adicional cuando hay que valorar las ventajas profilácticas de cierta pasta dentífrica.


Pues bien, informó Antony Flew, en mis primeras aportaciones ateas no tuve conocimiento, entre otras evidencias, del Big Bang. Cuando me percaté de la fuerza explicativa que presentaba el consenso que se estaba fraguando entre los cosmólogos, reconocí públicamente que los increyentes teníamos una enorme fuente de preocupación: se estaba proporcionando una prueba contundente de que el universo había tenido un comienzo. Ya no valía seguir defendiendo que el cosmos era pura, simple y nada más que materia o “porque sí”. Tampoco valía seguir refugiándose en explicaciones fundadas, de una u otra manera, en el azar o en la casualidad. Era mucho más racional concluir que “el Big Bang original requería algún tipo de Primera Causa (desencadenadora)”. El resultado de ello, concluí, era que no me quedaba más remedio que desdecirme del ateísmo que había liderado y en el que había militado hasta entonces.

Como es de prever, la sorpresa fue monumental. Quizá, por eso, tuvo que volver a recordar que había dado este paso no por debilidad mental o a consecuencia de su avanzada edad, sino por coherencia racional con las evidencias cosmológicas y biológicas que se venían alcanzando desde hacía unos cuantos años. Partiendo de ellas, percibía más sólida la explicación creyente que la atea.

En algunos medios hubo un debate sobre si este tránsito de Antony Flew era al deísmo (a un Dios Inteligencia) o, más bien, al teísmo (a un Dios personal). Yo entiendo que es a lo primero. Y más, releyendo su argumentado estudio sobre la explicación que da Albert Einstein del cosmos, de la naturaleza y de la vida y con la que se identifica. El padre de la física moderna rechaza, tal y como se constata en la carta que se va a subastar, la existencia de un Dios personal, pero, al reconocer el cosmos, la naturaleza y la vida como lugares en los que se transparenta una Inteligencia deslumbrante e inaccesible —a la vez que impersonal— asume que el deísmo es la explicación más racional. Sospecho que los promotores de la puja el próximo mes en Nueva York desconocen esta diferencia que, salvando las distancias, vendría a ser algo así como si se confundiera un stop con un ceda el paso o un penalti con un libre directo dentro del área.

Queda para otra ocasión, la relación de continuidad y ruptura ente el deísmo y el teísmo y, por tanto, la entrada en escena de un imaginario de Dios que, además de Inteligencia es Persona. Por cierto, una idea o representación que, fundada en su transparencia en la historia como original y sorprendente articulación de Amor y Justicia, es perceptible, a la vez, como presencia solidaria y ausencia aguijoneante.

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