Fuente: Alandar
21/02/2025
En marzo se cumplen trece años de la elección de Francisco como el papa de 1.390 millones de católicos. El papa argentino tiene 88 años y muchos achaques; buen momento para hacer balance de un pontificado que ha tratado de dar la vuelta a muchas cosas y ya es decisivo en la historia de la Iglesia. Un tiempo en el que el papa “venido del fin del mundo” ha logrado que su palabra y su figura sean mundialmente respetadas y escuchadas, mientras se ha visto simultáneamente acosado desde fuera por los poderosos de este mundo y desde dentro por un grupo numeroso de añorantes de otros tiempos.
Una mirada global sobre sus 4 encíclicas y otros escritos no deja duda alguna sobre el centro de su misión desde el principio: la alegría del Evangelio, que llena la vida entera de quienes se encuentran con Jesús; la reivindicación de los pobres y excluidos; el amor y respeto por la Tierra, nuestra casa común; y la fraternidad política como tarea de todos.
La centralidad de los pobres se ha visto reconocida con especial fuerza en la denuncia de la crisis migratoria y de la inhumanidad que ha convertido el Mediterráneo en un cementerio. No olvidemos que su primera salida del Vaticano fue a la isla de Lampedusa, lugar de llegada de inmigrantes. Desde entonces, no se ha cansado de decir que no hay nadie descartable, las personas tienen una dignidad inalienable y las periferias y los descartados de este mundo han de ser los favoritos para la Iglesia.
La defensa del planeta, que hizo en la encíclica Laudato si’, y la consiguiente denuncia de la depredación a que la sometemos cuando priman exclusivamente los intereses económicos de unos pocos y la codicia del sistema, deja pálidos a los análisis ecologistas más exigentes. En Querida Amazonía reiteró ese llamamiento al uso respetuoso de la tierra, recordando de nuevo que los pobres son siempre los primeros en sufrir cuando se esquilma y degrada un territorio, y recordó todo eso en octubre del 23 en su carta sobre la crisis climática.
En la Fratelli tutti nos recuerda que podemos y debemos de vivir como hermanos y que esa voluntad de fraternidad ha de concretarse en el diálogo continuo, en la amistad social y la caridad política. Una reflexión de raíces cristianas que puede compartirse desde lo laico porque todos hemos de contribuir a mejorar nuestro espacio común.
Su último trabajo, Dilexit nos, es una reivindicación del amor humano desde el amor divino. Aquí también se aprecia un cambio de acento respecto a sus predecesores: ellos estuvieron siempre preocupados por la verdad; Francisco pide para toda la humanidad “un corazón de carne”.
Pero la obra magna de Francisco ha sido la convocatoria del Sínodo de la Sinodalidad: ha querido que la Iglesia se mire a sí misma críticamente y encuentre nuevas maneras de avanzar para reflejar mejor el rostro de Dios en el mundo. Este proceso sinodal y otras reformas le han granjeado la antipatía dentro de casa: las resistencias no se han ocultado, hasta llegar a pedir su cese o acusarlo de hereje. Un sector eclesial numeroso, al que se dio mucho poder en papados anteriores, se ha encargado de ponerle palos en las ruedas. Y se ha resistido a su otra gran reforma: la de la curia vaticana, que, a trancas y barrancas, sigue avanzando.
Ha llamado Francisco a “una batalla sin cuartel” contra los abusos a menores y personas vulnerables. No se ha cansado de pedir perdón, ha escuchado a las víctimas, ha recordado que la Iglesia no puede ser un lugar de ocultamiento, ha levantado el secreto pontificio sobre esos hechos y forzado la dimisión de obispos implicados y ha apuntado al clericalismo como una de las causas de los abusos. Sus reformas legales han sido profundas; más lenta y dudosa está siendo la aplicación por parte de las Iglesias locales.
A Francisco no le ha temblado el pulso a la hora de tomar decisiones como la disolución del Sodalicio, el hacer al Opus Dei revisar su propio estatus o el cesar a obispos y cardenales implicados en los abusos. Pero en el tema de la sinodalidad parece haber abierto una puerta sin querer empujar a nadie adentro; prefiere que la autorreflexión y el diálogo se abran camino, aunque sea más lentamente, como la única forma posible de avanzar en la reforma eclesial.
No ha querido forzar a abrir la puerta del diaconado femenino, que sigue pendiente del trabajo a futuro de una comisión postsinodal. En el tema de la mujer, las resistencias han debido de ser de tal calibre que el papa ha valorado la posibilidad de un cisma si se iba mucho más lejos y se ha contentado con dar acceso a puestos de cada vez más responsabilidad a mujeres en el Vaticano. Sin embargo, las mujeres han sido y seguirán siendo probablemente el mejor apoyo para Francisco.
El acceso de la mujer a los ministerios, la revisión de la moral sexual y la acogida de la diversidad sexual, mecanismos más eficaces para prevenir y erradicar los abusos a menores y a mujeres, el saneamiento de la curia vaticana y, sobre todo, “desclericalizar la Iglesia”, son asignaturas pendientes. Pero ¿cómo desclericalizar una Iglesia donde todo el poder real y simbólico lo tiene el clero? Todo apunta a las mujeres. Ellas son el futuro de esta Iglesia. Pero ¿tendrán el coraje, la resistencia y la paciencia de pelear y resistir sin desanimarse? Juan XXIII abrió una puerta, la del Concilio Vaticano II, y entró un vendaval; Francisco, aunque es odiado por los poderes de este mundo y por un sector ultra eclesial deseoso de volver a tiempos antiguos de una Iglesia aún más clerical, una Iglesia de grandes verdades proclamadas antes que de una verdad encarnada al servicio de los excluidos, ha abierto el camino de una Iglesia pobre y servidora, que camina sinodalmente. No sabemos dónde nos llevará ni en qué plazos, pero es sin duda una puerta a la esperanza.
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