Fernando Lèonard
Vitoria, enero 2026
Fernando Lèonard es -para quienes participamos en el curso de Actualización Teológica de Vitoria-Gasteiz- “el Capi”. Lo llamamos amigablemente así porque ha sido Capitan de la Marina Mercante. Muchos de nosotros recordamos la lectura del diario de viaje entre Washington y Bilbao pasando por Barcelona (imaginado, pero, seguro, que con base real) con que nos sorprendía cada día en los encuentros que teníamos online mientras duró la pandemia de la Covid-19. Era uno de los momentos estrella de nuestras clases semanales, reconvertidas en amigables charlas diarias, siempre que el programa académico lo permitía. Además de capitán, ha sido vicepresidente Autonómico de Cruz Roja en el País Vasco. Su carta -que no tiene desperdicio- fue motivo de un largo e intenso diálogo al que tuvimos que poner fin, bien a nuestro pesar. Jesús Martínez Gordo
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“Dómine labia mea aperies”
Antes de la exposición que voy a relatar sobre lo que pienso de nuestra Iglesia católica, pido perdón por si a alguien pudiera molestar u ofender lo que aquí diga y por si mi ignorancia en materia teológica irrite a quien con conocimiento me esté escuchando.
Las notas que describo seguidamente son las de un creyente que navega en un mar de dudas, que pone en solfa la educación cristiana recibida, y muchos de los principios fundamentales de la fe.
Con atrevimiento y osadía, le expongo al Papa lo que este hombre viejo en las postreras singladuras de su vida y en demanda del último puerto, observa sobre la situación de nuestra Iglesia, y que experimenta en propia persona y en el círculo que le rodea.
Empezaré diciendo que todo lo que nos han enseñado nos lo han enseñado mal y no ha sido culpa de nuestros profesores laicos o curas, habida cuenta que a ellos les enseñaron lo mismo. De manera que salimos a la sociedad, al mundo, con unas creencias religiosas infantiles, absurdas e incompresibles y así la mayor parte de la gente de este país.
En nuestras cabezas juveniles resonaban las palabras: anatema, infierno, culpa y pecado. Nuestra Iglesia ha venido utilizando la cruz de Cristo como factor de resignación y sumisión incondicional (González Faus). La Iglesia ha cabalgado como los cuatro jinetes del Apocalipsis con el estandarte del miedo.
La Biblia cuenta con 156 versículos sobre la condenación eterna que abarcan: los Evangelios, las cartas de Pablo, las Cartas Católicas, Apocalipsis, los Salmos, Proverbios e Isaías, pero principalmente en el Nuevo Testamento.
Y por poner algunos ejemplos: Lucas 16,23 con el rico Epulón y Lázaro “Estando en el hades entre tormentos”; Mateo 13,50 y 14,51 “Allí será el llanto y rechinar de dientes”; Mateo 25, 41-42 “Id malditos al fuego eterno”. Judas 1,7 “Al haber sufrido el castigo judicial del fuego eterno”, 2 Tesalonicenses 1, 8-9 “Entre llamas de fuego”.
Y repasando el Compendio del Catecismo de la Iglesia: 135 Todo hombre será colmado de vida o condenado para la eternidad según sus obras; 171 No pueden salvarse quienes, conociendo la Iglesia como fundada por Cristo, necesaria para la salvación, no entran y no perseveran en ella; 208 Acceso a la felicidad del cielo, inmediatamente o después de una adecuada purificación, o bien de la condenación eterna al infierno; 212 El infierno consiste en la condenación eterna de todos aquéllos que mueren, por libre elección, en pecado mortal, y Cristo según Mt. 25,41 Alejaos de mí, malditos al fuego eterno;
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En resumen “Condenación y la pena del fuego eterno es lo que espera a los que no creen en el Señor”. No es de extrañar, por tanto, las pinturas murales góticas de la iglesia de san Martín de Gaceo (Álava) mostrando el juicio de las almas: el ángel, el demonio y la caldera con los condenados suplicantes dentro. Terrible.
Al menos ahora sobre el infierno ya se habla de “el estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios” y Juan Pablo II dice “más que un lugar es una situación para quien se aleja de Dios”. Pero pesan y prevalecen los siglos del miedo, también en la literatura como en la Divina Comedia de Dante Alighieri: abandonad toda esperanza.
Algunos, los menos de nosotros, buscadores con inquietudes religiosas, en determinado momento de nuestra vida hemos querido saber más, encontrar respuestas, intentar comprender siquiera algo. Entonces nos topamos con que el agua no se convierte en vino y que los muertos no resucitan y que los milagros son signos…
¿Por qué no se nos han dicho las cosas de una manera clara para que pudiéramos entenderlas? Creo que no hubiera habido ningún trauma.
Trauma: es saber que Cristo resucitó, pero no con cuerpo y alma, “resurrección no significa regreso a esta vida espacial y temporal” (Hans Küng), y Gerd Lüdemann dice sobre la resurrección “Hasta ahora solo sabemos que un evento como el que sugieren los Evangelios no es históricamente probable”.
Trauma es entender literalmente: que “fue elevado” a los cielos (Mc. 19,19); que pudo andar sobre las aguas (Mateo 14, 22-26), que comió un pez asado después de muerto (Lucas 24, 42-43); que apareció a los apóstoles cuando estaban encerrados (Juan 20,19) o que Pedro salió de la cárcel rompiendo cadenas (Hechos 12, 6-12) por poner algunos ejemplos.
Para Walter Kasper los milagros de Jesús son signos para la fe: la fe de los milagros no es de portentos, sino que constituye una confianza en la omnipotencia y providencia de Dios. Y que el sepulcro vacío es sólo un signo en el camino hacia la fe y un signo para el que cree.
Según Gerard Theissen en su “Jesús histórico” los milagros son creaciones literarias del cristianismo primitivo animadas por la fe pascual, excluyendo la actividad exorcista y terapéutica de Jesús que no ofrece lugar a dudas.
Para Hans Küng las apariciones del Resucitado son experiencias de fe. Probablemente visiones que tienen lugar en el interior, no en la realidad exterior.
Pues así mejor, entendible y al alcance de la razón.
¿Qué podemos entender cuando decimos que tenemos tres Dioses en uno?
¿Qué podemos entender cuando nos dicen que Cristo murió por nuestros pecados y que Dios entrega a la muerte de cruz a su hijo para nuestra salvación? ¿qué pecados? ¿qué salvación? Seguimos con la expiación vicaria de san Anselmo del siglo XII El Credo Niceno-Constantinopolitano reza que por nuestra causa fue crucificado.
Dice el punto 118 del Compendio del Catecismo: ¿Por qué la muerte de Cristo forma parte del designio de Dios? Respuesta: A fin de reconciliar a todos los hombres, destinados a la muerte a causa del pecado, Dios tomó la AMOROSA INICIATIVA de enviar a su Hijo para que se entregara a la muerte por los pecadores.
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Sólo al estudiar algo sabes que Jesús murió por su vida, por lo que hizo y dijo, fue una consecuencia de su vida. El Catecismo Holandés para adultos dice “...el Padre no exige dolor y muerte sino una vida humana buena y vivida”.
Analizando cosas así, uno puede emprender otros caminos, uno: me han engañado, no hay nada creíble, todo es una patraña y me voy. Dos, asumir una creencia incrédula (Manuel Guerra Campos “Las confesiones de un creyente no crédulo” o dotarse de una fe férrea y como decía Willigis Jäger que la suya no la perdería, aunque descubriesen los huesos de Jesucristo.
Dice este mismo autor que la “Teología con los años, ha tomado las indicaciones metafóricas por hechos históricos dándoles un carácter absoluto” Así estamos. Nos encontramos con una religión crédula. Creencias erróneas de las que no han sabido o querido sacarnos.
¿Qué ha pasado? Ha pasado que la Iglesia se ha dormido y que hoy en día todo católico se hace preguntas y ya no hay resignación, se quiere vivir sin miedo y nadie ha venido a contarnos cómo se está en el cielo o en el infierno. Al menos y, también, hemos redefinido el cielo. El punto 586 del Compendio del Catecismo dice que la expresión bíblica “cielo” no indica un lugar sino un modo de ser.
Tenemos una Iglesia anclada en el pasado. Anclada a “barbas de gato”, es decir, las dos anclas llamando por la proa, es todo lo más que puede hacer un barco para permanecer lo más inmóvil posible en el fondeadero.
Una Iglesia con un discurso no entendible para los mayores y que ahuyenta a los jóvenes que miran nuestra fe con total indiferencia, porque dispone de una literatura y un lenguaje en rezos y oraciones, irracional o caduco o sin sentido que recitamos sin saber ni entender muy bien lo que decimos.
Una Iglesia dormida sin evolucionar a lo largo de los siglos y sin adaptarse a los tiempos contra una sociedad en constante, continua y vertiginosa evolución.
Una Iglesia que ha perdido un eslabón de la cadena y roto la continuidad. Dice el refrán “Camarón que se duerme se lo lleva la corriente”.
Una Iglesia de crédulos con ángeles y demonios, con cielo, infierno y purgatorio. Amenazante con la condenación eterna. ¿Y el Dios misericordioso?
Una Iglesia retrógrada con Papas que condenaron la ciencia y el progreso, hasta el ferrocarril, o la Humanae Vitae de Pablo VI con flagrante intromisión en la vida privada de los matrimonios cristianos.
A pesar de ello el punto 497 del Compendio del Catecismo relativo a la regulación de la natalidad, dice que es mediante la continencia periódica y el recurso a los periodos de infecundidad.
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Una Iglesia miedosa o cobarde, que no se atreve a cambiar o modificar o aclarar conceptos, por miedo a los millones de fieles portadores de una fe sencilla que se derrumbarían si se les dice el verdadero significado del sepulcro vacío, de los milagros, de la virginidad de María o de ciertos dogmas de fe. Más que miedo pánico... Por eso seguimos con unas creencias de catequesis en las que ya nadie cree porque hoy se sabe leer y escribir.
La Iglesia necesita valentía y decisión antes de que no quede nadie, sin miedo a los mayores que ya estamos amortizados, pero con otra manera para atraer a los nuevos jóvenes a esta misma Iglesia, pero con otro lenguaje. Ya no sirve la teoría de la retribución, no podemos relacionar el mal, la enfermedad y la muerte con el pecado.
Tenemos que atrevernos a decir que Dios no nos puede ayudar porque lo creado no es perfecto y es finito. Dice Etty Hillesum “Te ayudaré Dios mío cada vez tengo más claro que no puedes ayudarnos…”
Debemos saber que la mayoría de los males que padecemos es culpa nuestra, por nuestra maldad, nuestra incompetencia, nuestro egoísmo, nuestra avaricia e insolidaridad, pues hay que decirlo y dejarle a Dios tranquilo.
¿Qué hacemos con el pecado original y con el susto de que niño no bautizado va al limbo? ¿Qué estamos diciendo? ¿Qué le decimos a una madre? Mejor dicho ¿qué le decíamos? pero más de una habrá muerto angustiada ante esta sentencia despiadada.
Hoy en día está fuera de duda que Rom. 5,12 no es el sentido estricto del texto y que la interpretación agustiniana del pecado original es sencillamente errónea. (González Faus). Ahora, al menos, los encomendamos a la misericordia de Dios. Algo hemos cambiado pero el punto 258 del Compendio del Catecismo dice: Los niños son bautizados para librarlos del poder del Maligno por haber nacido con el pecado original.
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El jesuita Javier Melloni, dice que la dificultad de cierta manera de comprender el cristianismo es pensar que la redención de Cristo consiste en salvarnos de nuestro pecado, como si nuestra existencia fuese, de entrada, culpable. Creer que nacemos condenados y que nos tiene que salvar implica una concepción terriblemente pesimista del ser humano. En vez de caída original, hemos de hablar de una “bendición original” según cita el mismo Melloni a Harvey Cox.
Según Bultmann, la fe en la Resurrección no es otra cosa que le fe en la cruz como acontecimiento salvífico.
La religión precisa teólogos y filósofos, de acuerdo, pero su teología y filosofía no alcanza al hombre de la calle.
En resumen, esta Iglesia con dos milenios a sus espaldas necesita, a mi juicio, una adaptación a nuestros tiempos. Sin tocar los textos sagrados debiéramos hacerlos entendibles sin complejos. Lo que dice quiere decir, o lo que dice, ahora se entiende así, porque son textos de hace 2000 y 3000 años escritos para otras gentes, con otra mentalidad, otra cultura, otras costumbres y en países del Medio Oriente. Necesitamos un Catecismo para adultos.
Pero hay más, la Iglesia nunca será cercana en tanto en cuanto mantenga los descartes como se hace en un barco pesquero: matrimonios divorciados ¡no! (hasta ayer), gays ¡no!, lesbianas ¡no!, parejas del mismo sexo ¡no!. Pero si quieren y lo desean ¿no pueden creer en nuestro mismo Dios? ¿no pueden entrar en el Reino? ¿Acaso no son hijos de Dios? Cerramos demasiadas puertas.
Aun así, el 349 del Compendio del Catecismo expone: Divorciados no pueden recibir la absolución sacramental, acercarse a la comunión eucarística, ni ejercer responsabilidades eclesiales.
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Tema preocupante es el celibato. La Iglesia católica tuvo clero casado en la antigüedad hasta el Concilio de Letrán en 1.123, también defendido en Trento en 1.545, ahora debiera la Iglesia latina posibilitar que casados fueran ordenados, así sucede con protestantes, y con cristianos de rito oriental: católicos, ortodoxos o siríacos. Otra alternativa sería el celibato opcional. Algo se debiera haber hecho hace tiempo para evitar la fuga de sacerdotes. El celibato es una norma y no un dogma.
A este respecto Juan Antonio Estrada dice que nunca se planteó el celibato eclesiástico como esencial para ser sacerdote, ya que en la Iglesia siempre los ha habido casados, y esto permanece hasta hoy. Sólo en el Occidente latino se impuso en el segundo milenio el celibato obligatorio, hoy cada vez más cuestionado como una de las causas de escasez de sacerdotes.
Todavía peor, el tema candente de la mujer en la Iglesia. Los protestantes tienen obispas y recientemente una arzobispa y en Canterbury. La mujer se encuentra hasta en las fuerzas armadas y Cuerpos Especiales, en la Marina Mercante, en todos los estamentos de la sociedad menos en la Iglesia. Una anomalía que se debe superar con urgencia. La tradición no puede ser una barrera para excluirlas. “Jesús no dejó establecidas las condiciones para ser obispo o presbítero. Cuando se plantea si las mujeres pueden ser o no sacerdotes no hay que olvidar que el origen concreto de los ministerios está en la Iglesia y no en Jesús” escribe Juan Antonio Estrada.
Pero el punto 338 del Compendio del Catecismo dice: Sólo el varón bautizado puede recibir válidamente el sacramento del Orden. La Iglesia se reconoce vinculada por decisión del mismo Señor.
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Finalmente, la fe es un don y sólo con la razón difícilmente podemos alcanzar el misterio de Dios, pero necesitamos que los medios que nos ofrece la Iglesia para alcanzar a ese Dios misericordioso no sean obstáculo ni impedimento, que sean sencillos, claros y entendibles para que de una manera confiada podamos alcanzar la gracia divina.
Pero hay esperanza, “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de este mundo” (Mateo 28,20) y que, además, contamos con la fuerza del Espíritu que acompaña la acción de la Iglesia. El Padre Bernardo benedictino de Silos dice en su libro “Confesiones de un monje” que “Cuando Dios encomienda una misión, da los medios adecuados para llevarla a cabo”. Que así sea.
Después de lo aquí expuesto no quiero la excomunión, quiero seguir en la Iglesia católica, la de mis padres que ya no es la de mis hijos, ni será la de mis nietos, quiero seguir las enseñanzas del Resucitado y creo en ese Dios misericordioso que, de alguna manera, al final de los tiempos, hará justicia.
Laus Deo.
Fernando Lèonard
Vitoria enero 2026
BIBLIOGRAFÍA
-Catecismo de la Iglesia Católica. Compendio
-Estrada, Juan Antonio. Una eclesiología
desde los laicos
-Evangelios y Hechos de los Apóstoles
-García Pintado, Bernardo. Confesiones de un
monje
-Gonzáles Faus, José Ignacio. Herejías del
catolicismo actual
-Guerra Campos, Manuel. Las confesiones de
un creyente no crédulo
-Hillesum, Elly. Obras completas
-Jäger, Willigis. En busca del sentido de la
vida
-Kasper, Walter.
Jesús el Cristo-Küng,
Hans. Credo
-Lüdemann, Gerd. La resurrección de Jesús
-Melloni, Javier. Dios sin Dios
-Theissen, Gerard. El Jesús histórico

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