Fuente: catalunyareligio.cat
Por Jaume Clotet
05/01/2026
He tenido la oportunidad de pasar los días de fin de año en la ciudad neerlandesa de Ámsterdam. Desde allí me acerqué también a La Haya, la capital política del país, y a Utrecht, ciudad maravillosa, pero de infausta memoria para los catalanes por el tratado que lleva su nombre, rubricado en 1713 y que abandonó a los catalanes en nuestra desdicha. Los Países Bajos son un gran país, con una historia increíble y un espíritu emprendedor estupendo. Han sido capaces de convertir su país, que básicamente es una inmensa llanura llena de agua (no en vano una cuarta parte de su territorio está bajo el nivel del mar), en una pujanza económica con un estado del bienestar envidiable.
Nacer neerlandés hoy equivale a que te toque la lotería. Los Países Bajos han sido siempre un referente para los catalanes, por su tamaño, población, historia y por su capacidad de convertir las piedras en panes. A veces, en este sentido, se ha dicho de Catalunya que es (o debería ser) la Holanda del mediterráneo. Aún estamos lejos de aquí, si tenemos que ser sinceros. Sin embargo, bajo esta imagen de país dinámico y espabilado con una gente culta y civilizada se esconde una realidad más triste, que he constatado cada vez que he visitado el país. Es un país altamente individualista, donde la libertad personal es un valor sagrado, situado por encima de otros valores.
La administración lo suele permitir todo, si no afecta a los demás. Es así porque la mayoría de partidos, ya sean de derechas o izquierdas, sacralizan el liberalismo individual. Sobre esta premisa existen dos ejemplos muy evidentes que todo el mundo conoce. Por un lado, en los distritos de luces rojas de las ciudades neerlandesas las prostitutas son expuestas como mercancía. Por sólo 50 euros se puede acceder a este mercado del sexo, amparado por la teoría de que todas estas mujeres hacen este oficio de forma voluntaria. Bastaba ver sus caras, estos días, ante grupos de pervertidos que las observaban con deleite, babeando ante los cristales de sus escaparates. Por cada trabajadora del sexo que lo hace voluntariamente y a conciencia habrá cien que lo hacen forzadas por la miseria, las mafias o las adicciones.
Por otra parte, la tolerancia legal con determinadas drogas han convertido a Amsterdam y otras ciudades holandesas en el paraíso de las adicciones. Hoy, los Países Bajos son el prostíbulo del norte de Europa y el sitio idóneo para fumar marihuana sin sufrir. Por eso había tantos extranjeros dando vueltas por aquellas calles iluminadas de color rojo. Me pregunto cómo puede ser, allí, alcalde o diputado de un partido de izquierdas y ver cómo esas chicas son expuestas como carcasas de móvil. ¿Es esto progresismo o mirar hacia otro lado?
Hay muchos más ejemplos de esta tendencia holandesa en permitirlo todo, sobre la premisa peligrosa de la libertad individual. Por ejemplo, la eutanasia o el suicidio asistido son legales en el país desde el año 2002 y ya supera, hoy, el 5% de todas las muertes del país. Es una cifra muy alta. Me pregunto cuántas vidas de abuelos y abuelas son finalizados por sus familiares sin su consentimiento consciente allí.
Precisamente, un ejemplo particularmente sorprendente de todo esto que cuento lo vi hace un tiempo en una encuesta que me dejó clavado. La pregunta, hecha en cada país europeo, era la siguiente: “Está de acuerdo con la frase: es el deber de un hijo cuidar a un padre enfermo.” Las respuestas eran muy diversas, pero naturalmente, en la mayoría de países, la mayoría de la población respondía afirmativamente a porcentajes relevantes. Por ejemplo, en Francia era del 73%, en Armenia del 83%, en Italia del 76% o en España del 53%. En algunos países, sobre todo en el norte de Europa, las respuestas afirmativas eran menos de la mitad, pero el caso absolutamente llamativo era Países Bajos: sólo un 16%. La teoría la sabemos todos: los padres tienen los hijos sin pedirles permiso, y por tanto existe una responsabilidad de ellos para con los hijos; pero no es una responsabilidad inversa, porque los hijos no han pedido tener a aquellos padres concretos y, por tanto, no tienen ninguna responsabilidad, más allá de la voluntad o no de tenerla. Pero, claro, una cosa es la teoría fría y otra muy distinta es la ética, la moral y el sentido del deber.
Es posible que todo esto responda a muchos factores. Uno de ellos podría ser el hecho de que sean protestantes. Dudo de que sea un tema relevante. Creo más bien que la respuesta radica en llevar la libertad individual al extremo, a convertirla casi en una nueva religión, en un dogma. La línea que separa el individualismo del egoísmo es muy estrecha, y lleva inevitablemente a la destrucción de la colectividad, a ignorar lo que le pueda ocurrir al otro, al vecino, al grupo. Cuando el “yo” tiene prevalencia sobre el “nosotros” las cosas empiezan a torcerse. Todos somos individuos, por supuesto, pero no vivimos solos ni aislados. Cada uno de nosotros es un eslabón de una malla. Tenemos sentido todos juntos, no de forma individual. Y lo digo yo, que soy liberal en muchas cosas, también en temas de libertad individual. Pero los extremos nunca son buenos. Ni es una actitud inteligente; porque algunos neerlandeses que hoy viven al margen de los problemas de los demás, mirando sólo para ellos, el día de mañana pueden sufrir los efectos inversos, porque cuando necesiten el apoyo de los demás, quizás no lo encuentren.

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