Fuente: Catalunya Religió
20/01/2026
El accidente ferroviario ocurrido en Adamuz (Córdoba) ha sacudido profundamente al municipio y ha dejado un balance trágico de víctimas mortales, numerosos heridos y decenas de personas atendidas en los hospitales de la provincia. Desde las primeras horas después del siniestro, los equipos de emergencia han trabajado sin descanso en la zona, mientras que el pueblo se ha convertido en un gran espacio de solidaridad. En este contexto, ha tenido un papel especialmente relevante el rector de la parroquia de San Andrés, Rafael Prados, que reaccionó de forma inmediata. "Cuando me avisaron de lo ocurrido, no dudé ni un segundo. La iglesia tenía que estar abierta. Tenía que ser casa y refugio en medio del dolor", explica.
Así, la parroquia y las dependencias anexas se habilitaron rápidamente como punto de acogida para los pasajeros que no necesitaban asistencia médica urgente, así como para los vecinos que llegaban conmocionados y dispuestos a ayudar. Bancos apartados, salas abiertas, termos preparados y mantas repartidas: la iglesia cambió su rostro habitual para convertirse en un espacio de primera necesidad.
"Antes incluso de que llegaran los primeros afectados, ya había gente del pueblo llevando comida, ropa, linternas, todo lo que tenían en casa. Ha sido impresionante ver cómo Adamuz se ha volcado sin preguntar a quién ayudaba", relata el párroco.
Durante horas, voluntarios y feligreses repartieron agua, bebidas calientes y alimentos, mientras se ofrecían espacios para que los supervivientes pudieran descansar, cargar el móvil, realizar una llamada o simplemente sentarse en silencio. "Había personas que sólo necesitaban hablar, llorar o coger una mano. En momentos así te das cuenta de que la escucha es tan importante como un plato caliente", afirma Prados.
Además de la atención material, el párroco insistió desde el primer momento en la necesidad de un acompañamiento humano y espiritual. Ocurrió la noche y los días siguientes entre la iglesia, el pueblo y los espacios de atención, escuchando a familiares, vecinos y testigos directos de la tragedia. "No hay palabras que expliquen lo que siente una persona que acaba de perder a alguien o que no sabe dónde está un ser querido. En estos casos, nuestra misión es estar, no huir, no mirar hacia otro lado", dice.
Según explica, muchos vecinos se ofrecieron para todo: alojar a familiares, cocinar para los equipos de apoyo, limpiar los espacios o simplemente hacer compañía. "He visto a gente mayor llevando bolsas de comida, jóvenes organizándose sin que nadie se lo pidiera, familias abriendo su casa. Este pueblo ha dado una lección de humanidad", subraya.
Rafael Prados también avanzó que, cuando se disponga de la relación definitiva de víctimas, la parroquia celebrará una misa solemne en memoria de los difuntos y mantendrá abiertos espacios de oración y acompañamiento. "No se trata sólo de un acto puntual. El duelo es largo, y la Iglesia debe continuar presente cuando se apaguen los focos y llegue el silencio", remarca.
El accidente de Adamuz, uno de los más graves de los últimos años, ha dejado una herida profunda en el municipio. Pero también ha puesto de manifiesto la fuerza de una comunidad unida y el papel de proximidad de su párroco, que ha convertido a la parroquia en refugio, centro de ayuda y lugar de consuelo. "Cuando todo tiembla, lo único que podemos hacer es sostenernos unos a otros. Esto es, al final, el Evangelio hecho vida", concluye.

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