miércoles, 7 de enero de 2026

Discurso inaugural de Zohran Mamdani en su toma de posesión como alcalde de Nueva York

Discurso de investidura del alcalde Zohran Mamdani, pronunciado desde la escalinata del Ayuntamiento de Nueva York en la tarde del 1 de enero de 2026:

Fuente:   Sin Permiso

Zohran Mamdani

04/01/2026

 

Queridos neoyorquinos: hoy comienza una nueva era.

Me presento ante vosotros conmovido por el privilegio de prestar este juramento sagrado, con humildad por la fe que habéis depositado en mí y honrado de servir como alcalde vuestro número 111 o 112 de la ciudad de Nueva York. Pero no estoy solo.

Estoy junto a vosotros, las decenas de miles de personas aquí reunidas en el Bajo Manhattan, caldeadas contra el frío de enero por la llama renaciente de la esperanza.

Estoy junto a muchos más neoyorquinos que nos ven desde las apretadas cocinas de Flushing y las barberías del Este de Nueva York, desde los teléfonos móviles apoyados en los salpicaderos de los taxis aparcados en [el aeropuerto] LaGuardia, desde los hospitales de Mott Haven y las bibliotecas de El Barrio, quienes durante demasiado tiempo no han conocido más que el abandono.

Estoy junto a los trabajadores de la construcción con botas de punta de acero y los vendedores ambulantes de comida halal, a los que les duelen las rodillas de trabajar todo el día.

Estoy junto a los vecinos que llevan un plato de comida a la pareja de ancianos del final del pasillo, junto a los que, aunque tengan prisa, siguen ayudando a subir los cochecitos de desconocidos por las escaleras del Metro, y a todas las personas que, día tras día, aun cuando parece imposible, deciden llamar a nuestra ciudad su hogar.

Estoy con más de un millón de neoyorquinos que votaron por este día hace casi dos meses, y estoy con la misma determinación con aquellos que no lo hicieron. Sé que hay quienes ven a esta administración con desconfianza o desdén, o quienes consideran que la política está irremediablemente corrompida. Y aunque solo la acción puede cambiar las opiniones, les prometo lo siguiente: si sois neoyorquinos, yo soy vuestro alcalde. Independientemente de si estamos de acuerdo, os protegeré, me alegraré con vosotros, me doleré con vosotros y nunca, ni por un segundo, me esconderé de vosotros.

Doy las gracias a los líderes sindicales y sociales aquí presentes, a los activistas y funcionarios electos que volverán a luchar por los neoyorquinos tan pronto como concluya esta ceremonia, y a los artistas que nos han obsequiado con su talento.

Gracias a la gobernadora Hochul por acompañarnos. Y gracias al alcalde Adams, hijo de Dorothy, un hijo de Brownsville que pasó de lavar platos a ocupar el cargo más alto de nuestra ciudad, por estar también aquí. Él y yo hemos tenido nuestras diferencias, pero siempre me conmoverá que me haya escogido como el candidato a la alcaldía con el que más le gustaría quedarse atrapado en un ascensor.

Gracias a esas dos titanes que, como miembro de la Asamblea [del estado de Nueva York], he tenido el privilegio de que me representaran en el Congreso: Nydia Velázquez y nuestra increíble oradora inaugural, Alexandria Ocasio-Cortez. Vosotras allanasteis el camino para llegar a este momento.

Gracias al hombre cuyo liderazgo más deseo emular, y a quien tan agradecido estoy por tomarme hoy juramento: el senador Bernie Sanders.

Gracias a mis equipos: de la Asamblea, pasando por la campaña, hasta la transición y ahora, al equipo que estoy tan emocionado de encabezar desde el Ayuntamiento.

Gracias a mis padres, Mama y Baba, por criarme, por enseñarme cómo estar en este mundo y por haberme traído a esta ciudad. Gracias a mi familia, de Kampala a Delhi. Y gracias a mi esposa Rama por ser mi mejor amiga y por mostrarme siempre la belleza de las cosas cotidianas.

Por encima de todo, gracias a los neoyorquinos.

Momentos como este son poco frecuentes. Rara vez se nos presenta una oportunidad así para transformar y reinventar. Y aún más raro es que sean las propias personas las que tengan en sus manos las palancas del cambio.

Sin embargo, sabemos que, con demasiada frecuencia en nuestro pasado, los momentos de grandes posibilidades se han rendido rápidamente ante una imaginación limitada y una ambición aún más limitada. Lo que se prometió nunca se llevó a cabo, lo que podría haber cambiado siguió igual. Para los neoyorquinos más ansiosos por ver nuestra ciudad renovada, la carga no ha hecho más que volverse más pesada y la espera, más larga.

Mientras redactaba este discurso, me comentaban que esta es la ocasión para reajustar las expectativas, que debía aprovechar esta oportunidad para animar a los neoyorquinos a pedir poco y esperar aún menos. No voy a hacer tal cosa. La única expectativa que pretendo reajustar es la de las pequeñas expectativas.

A partir de hoy, gobernaremos de forma expansiva y audaz. Puede que no siempre tengamos éxito. Pero nunca se nos acusará de carecer del valor necesario para intentarlo.

A aquellos que insisten en que la era del gran gobierno ha terminado, escuchad lo que tengo que decir: el Ayuntamiento ya no dudará en utilizar su poder para mejorar la vida de los neoyorquinos.

Durante demasiado tiempo, hemos recurrido al sector privado en busca de grandeza, mientras aceptábamos la mediocridad de quienes son servidores públicos. No puedo culpar a nadie que haya llegado a cuestionar el papel del gobierno, cuya fe en la democracia se haya visto erosionada por décadas de apatía. Restauraremos esa confianza siguiendo un camino distinto, en el que el gobierno ya no sea el único recurso final para quienes luchan, en el que la excelencia ya no sea la excepción.

Esperamos grandeza de los cocineros que manejan mil especias, de quienes se suben a los escenarios de Broadway, de nuestra base titular en el Madison Square Garden. Exijamos lo mismo de quienes trabajan en el gobierno. En una ciudad en donde los simples nombres de nuestras calles se asocian con la innovación de las industrias que las habitan, haremos que las palabras «Ayuntamiento» sean sinónimo tanto de determinación como de resultados.

Al embarcarnos en esta tarea, avancemos una nueva respuesta a la pregunta que se le hace a cada generación: ¿A quién le pertenece Nueva York?

Durante buena parte de nuestra historia, la respuesta del Ayuntamiento ha sido sencilla: les pertenece solamente a los ricos y a los que tienen buenos contactos, a aquellos que nunca tienen que esforzarse por captar la atención de los que están en el poder.

Los trabajadores han tenido que lidiar con las consecuencias. Aulas abarrotadas y complejos de viviendas públicas con ascensores averiados; vías públicas llenas de baches y autobuses que llegan con media hora de retraso, si es que llegan; salarios que no suben y empresas que estafan tanto a los consumidores como a los empleados.

Y, sin embargo, ha habido momentos breves y fugaces en los que la ecuación ha cambiado.

Hace doce años, Bill de Blasio se encontraba donde estoy yo ahora cuando prometió «poner fin a las desigualdades económicas y sociales» que dividían nuestra ciudad en dos.

En 1990, David Dinkins prestó el mismo juramento que yo hoy, prometiendo festejar el «precioso mosaico» que es Nueva York, donde todos merecemos una vida digna.

Y casi seis décadas antes que él, Fiorello La Guardia asumió el cargo con el objetivo de construir una ciudad «mucho más grande y hermosa» para los hambrientos y los pobres.

Algunos de estos alcaldes lograron más éxitos que otros. Pero todos ellos estaban unidos por la creencia compartida de que Nueva York podía pertenecerle a alguien más que a unos pocos privilegiados. Podía pertenecerle a quienes hacen funcionar nuestro metro y limpian nuestros parques, a quienes nos alimentan con biryani y hamburguesas de ternera, picanha y pastrami en pan de centeno. Y sabían que esta creencia podía hacerse realidad si el gobierno se atrevía a trabajar más duro por aquellos que trabajan más duro.

En los próximos años, mi administración resucitará ese legado. El Ayuntamiento presentará un programa de seguridad, asequibilidad y abundancia, en el que el gobierno se parezca y viva como la gente a la que representa, no se acobarde nunca en la lucha contra la codicia corporativa y se niegue a doblegarse ante los retos que otros consideran demasiado complicados.

Al obrar así, ofreceremos nuestra propia respuesta a esa vieja pregunta: ¿a quién le pertenece Nueva York? Bueno, amigos míos, podemos fijarnos en Madiba [Nelson Mandela] y en la Carta de la Libertad de Sudáfrica: Nueva York «les pertenece a todos los que viven en ella».

Juntos, contaremos una nueva historia de nuestra ciudad.

No será la historia de una ciudad gobernada sólo por el 1%. Tampoco será la historia de dos ciudades, los ricos contra los pobres.

Será la historia de ocho millones y medio de ciudades, cada una de ellas un neoyorquino con esperanzas y temores, cada una un universo, cada una entrelazada con las demás.

Los autores de esta historia hablarán pastún y mandarín, yiddish y creole. Rezarán en mezquitas, sinagogas, iglesias, gurdwaras [templos sijs], mandirs [templos hinduistas] y templos, y muchos no rezarán en absoluto.

Serán inmigrantes judíos rusos de Brighton Beach, italianos de Rossville y familias irlandesas de Woodhaven, muchos de los cuales llegaron aquí sin nada más que el sueño de una vida mejor, un sueño que se ha desvanecido. Serán jóvenes en abarrotados apartamentos de Marble Hill, donde las paredes tiemblan cuando pasa el metro. Serán propietarios negros de St. Albans, cuyas casas representan un testimonio físico del triunfo tras décadas de trabajo mal remunerado y de discriminación. Serán neoyorquinos palestinos de Bay Ridge, que ya no tendrán que lidiar con una política que habla de universalismo y los convierte luego en la excepción.

Pocos de estos 8 millones y medio encajarán en categorías claras y fáciles de definir. Algunos serán votantes de Hillside Avenue o Fordham Road que apoyaron al presidente Trump un año antes de votar por mí, cansados de que les fallara el establishment de su partido. La mayoría no utilizará el lenguaje que solemos esperar de quienes ejercen influencia. Acojo el cambio con satisfacción. Durante demasiado tiempo, quienes dominan la buena gramática de la cortesía han utilizado el decoro para enmascarar agendas crueles.

Muchas de estas personas se han visto traicionadas por el orden establecido. Pero en nuestra administración, se satisfarán sus necesidades. Sus esperanzas, sueños e intereses se reflejarán de forma transparente en el gobierno. Ellos darán forma a nuestro futuro.

Y si durante demasiado tiempo estas comunidades han existido separadas unas de otras, les acercaremos más a esta ciudad. Reemplazaremos la frialdad del férreo individualismo por la calidez del colectivismo. Si nuestra campaña demostró que los neoyorquinos anhelan solidaridad, entonces dejemos que este gobierno la fomente. Porque no importa lo que comas, el idioma que hables, cómo reces o de dónde vengas, la palabra que más nos define es la que todos compartimos: neoyorquinos.

Y serán los neoyorquinos quienes reformen un sistema de impuestos sobre la propiedad que lleva mucho tiempo sin funcionar. Los neoyorquinos crearán un nuevo Departamento de Seguridad Comunitaria que abordará la crisis de salud mental y permitirá a la policía centrarse en el trabajo para el que se han comprometido. Los neoyorquinos se enfrentarán a los malos propietarios que maltratan a sus inquilinos y liberarán a los propietarios de pequeñas empresas de las cadenas de una burocracia inflada. Y me enorgullece ser uno de esos neoyorquinos.

Cuando ganamos las primarias el pasado mes de junio, muchos dijeron que habían surgido de la nada estas aspiraciones y quienes las defendían. Sin embargo, la nada de unos es el algo de otros. Este movimiento surgió de ocho millones y medio de «algo»: paradas de taxis y almacenes de Amazon, reuniones de los DSA [Democratic Socialists of America] y partidas de dominó en las aceras. Los poderes fácticos habían ignorado estos lugares durante bastante tiempo —si es que los conocían—, por lo que los descartaron como si no existieran. Pero en nuestra ciudad, donde cada rincón de estos cinco distritos tiene poder, no hay ningún lugar que no exista y no hay nadie que no exista. Sólo está Nueva York y sólo están los neoyorquinos.

Ocho millones y medio de neoyorquinos darán voz a esta nueva era. Será ruidosa. Será diferente. Se parecerá al Nueva York que amamos.

No importa cuánto tiempo lleves viviendo en esta ciudad, ese amor ha moldeado tu vida. Sé que ha moldeado la mía.

Esta es la ciudad donde batí récords de velocidad en mis patines Razor a los 12 años. Las cuatro manzanas más rápidas de mi vida.

La ciudad en la que comía donuts espolvoreados en el descanso de los partidos de fútbol de la AYSO [organizadora de la liga juvenil norteamericana] y donde me di cuenta de que probablemente no llegaría a ser profesional, en la que devoré porciones demasiado grandes en Koronet Pizza, jugué al críquet con mis amigos en Ferry Point Park y tomé el tren 1 hasta la BX10 [ruta de transporte del Bronx] sólo para acabar llegando tarde al Bronx Science [instituto de enseñanza].

La ciudad en la que hice huelga de hambre justo a las puertas de este recinto, me senté claustrofóbico en un tren N averiado justo después de Atlantic Avenue y esperé en silencio y con terror a que mi padre saliera del 26 Federal Plaza [edificio del gobierno federal donde se realiza el proceso de naturalización de los inmigrantes].

La ciudad en la que llevé a una hermosa mujer llamada Rama al McCarren Park en nuestra primera cita e hice un juramento diferente para convertirme en ciudadano estadounidense en Pearl Street.

Vivir en Nueva York, amar Nueva York, es saber que somos los guardianes de algo sin igual en nuestro mundo. ¿En qué otro lugar se puede escuchar el sonido del tambor metálico [steelpan], saborear el aroma del sancocho y pagar 9 dólares por un café en la misma manzana? ¿En qué otro lugar un niño musulmán como yo podría crecer comiendo bagels y salmón ahumado todos los domingos?

Ese amor será nuestra guía mientras llevamos a cabo nuestro programa. Aquí, donde nació el lenguaje del New Deal, devolveremos los ingentes recursos de esta ciudad a los trabajadores que la consideran su hogar. No sólo haremos posible que todos los neoyorquinos puedan permitirse una vez más la vida que aman, sino que superaremos el aislamiento que sienten muchos y conectaremos a los habitantes de esta ciudad entre sí.

El coste de las guarderías infantiles ya no disuadirá a los jóvenes de formar una familia, porque ofreceremos guarderías universales para la mayoría mediante la imposición de impuestos a los más ricos.

Quienes viven en viviendas con alquiler estabilizado ya no temerán la última subida de alquiler, porque lo congelaremos.

Subirse a un autobús sin preocuparse por la subida de las tarifas o por llegar tarde a tu destino ya no se considerará un pequeño milagro, porque haremos que los autobuses sean rápidos y gratuitos.

Estas medidas políticas no se refieren simplemente a los costes que eliminamos, sino a las vidas que llenamos de libertad. Durante demasiado tiempo, en nuestra ciudad, la libertad ha sido sólo para aquellos que pueden permitírselo. Nuestro Ayuntamiento cambiará eso.

Estas promesas llevaron nuestro movimiento al Ayuntamiento y nos llevarán de los gritos de guerra de una campaña a la realidad de una nueva era en política.

Hace dos domingos, mientras caía suavemente la nieve, pasé doce horas en el Museo de la Imagen en Movimiento de Astoria, escuchando a neoyorquinos de todos los distritos que me hablaban de la ciudad que es suya.

Hablamos de las horas de construcción en la autopista Van Wyck y de la elegibilidad para el EBT [prestaciones sociales de electricidad], de viviendas asequibles para artistas y de las redadas del ICE. Hablé con un hombre llamado TJ que me contó que, hace unos años, se le rompió el corazón al darse cuenta de que aquí nunca saldría adelante, por mucho que trabajara. Hablé con una tía paquistaní llamada Samina, que me dijo que este movimiento había fomentado algo muy poco común: la ternura en los corazones de las personas. Como dijo en urdu: logon ke dil badalgyehe [“cambiarán los corazones de la gente”]

142 neoyorquinos de entre 8 millones y medio. Y sin embargo, si algo unía a cada una de las personas sentadas frente a mí, era el reconocimiento compartido de que este momento exige una nueva política y un nuevo enfoque del poder.

No nos conformaremos con menos, ya que trabajamos cada día para que esta ciudad le pertenezca a más gente que el día anterior.

Esto es lo que quiero que esperen de la administración que esta mañana se ha instalado en el edificio que hay detrás de mí.

Transformaremos la cultura del Ayuntamiento, pasando de un «no» a un «¿cómo?».

Responderemos ante todos los neoyorquinos, no ante ningún multimillonario u oligarca que piense que puede comprar nuestra democracia.

Gobernaremos sin vergüenza ni inseguridad, sin pedir disculpas por lo que creemos. Fui elegido como socialista democrático y gobernaré como socialista democrático. No abandonaré mis principios por miedo a que me consideren radical. Como dijo en cierta ocasión el gran senador de Vermont: «Lo radical es un sistema que le da tanto a tan pocos y le niega a tanta gente las necesidades básicas de la vida».

Lucharemos cada día para garantizar que ningún neoyorquino se vea privado de ninguna de esas necesidades básicas por motivos económicos.

Y, en todo momento, seguiremos, en palabras de Jason Terrance Phillips, más conocido como Jadakiss o J to the Muah [músico neoyorquino de rap], «ahí fuera», porque este es un gobierno de Nueva York, por Nueva York y para Nueva York.

Antes de terminar, quiero pediros, si podéis, tanto a los que estáis aquí hoy como a los que nos ven desde cualquier otro lugar, que os pongáis de pie.

Os pido que os unáis a nosotros hoy y todos los días que vendrán. El Ayuntamiento no podrá cumplir por sí solo. Y aunque animaremos a los neoyorquinos a exigir más a aquellos que tienen el gran privilegio de servirles, también os animaremos a exigiros más a vosotros mismos.

El movimiento que iniciamos hace más de un año no terminó con nuestra victoria en la noche de las elecciones. No terminará esta tarde. Continúa vivo en cada batalla que libremos juntos; en cada tormenta de nieve e inundación que soportemos juntos; en cada momento de desafío fiscal que superemos juntos con ambición, no con austeridad; en cada forma en que busquemos el cambio en beneficio de los trabajadores, en lugar de que sea a su costa, juntos.

Ya no consideraremos la victoria como una invitación a dejar de ver las noticias. A partir de hoy, entenderemos la victoria de una manera muy sencilla: como algo con el poder de transformar vidas y algo que exige esfuerzo de cada uno de nosotros, todos los días.

Lo que logremos juntos se extenderá por los cinco distritos y resonará mucho más allá. Hay muchos que estarán observando. Quieren saber si la izquierda puede gobernar. Quieren saber si las luchas que les afligen pueden resolverse. Quieren saber si es correcto volver a tener esperanza.

Así que, unidos y con el viento de la determinación a nuestras espaldas, haremos algo que los neoyorquinos hacen mejor que nadie: daremos ejemplo al mundo. Si lo que dijo Sinatra es cierto, demostremos que cualquiera puede triunfar en Nueva York, y en cualquier otro lugar. Demostremos que cuando una ciudad le pertenece al pueblo, no hay necesidad demasiado pequeña como para que no se atienda, ninguna persona demasiado enferma como para que no se cure, ni nadie demasiado solo para que no sienta que Nueva York es su hogar.

El trabajo continúa, el trabajo perdura, el trabajo, amigos míos, no ha hecho más que empezar.

Gracias.

Traducción: Lucas Antón

 

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