Cuando un tirano captura un dictador, la libertad solo cambia de dueño
No era la droga. O al
menos no solo. A Estados Unidos le interesa el petróleo venezolano, y su
presidente lo ha dicho sin eufemismos. Venezuela posee las mayores reservas de
crudo del mundo, incluso por encima de Arabia Saudí.
La
caída de un dictador siempre es recibida como una buena noticia. Es
comprensible. Los pueblos sometidos a la arbitrariedad, al miedo y a la miseria
suelen aferrarse a cualquier final que prometa alivio. Pero no todas las caídas
son iguales, ni todos los finales abren la puerta a la libertad. Cuando un tirano captura a un dictador, la libertad no nace:
simplemente cambia de dueño.
La
captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses y su traslado a Nueva
York para ser juzgado por narcoterrorismo ha sido presentada como una operación
quirúrgica al servicio de la justicia. Sin embargo, el modo en que se ha producido —una
intervención militar sin cobertura del derecho internacional y al margen de la
propia Constitución de Estados Unidos— convierte el hecho en un precedente
alarmante. No se trata solo de quién cae, sino de quién se
erige en juez, policía y administrador de un país ajeno.
Donald Trump anunció, sin rubor alguno, que el control de Venezuela
quedará bajo su tutela hasta que se produzca una transición. Un presidente extranjero asumiendo de facto
el gobierno de otro Estado soberano. No está claro quién
pilotará ese proceso, ni con qué garantías, ni con qué límites. Lo que sí está
claro es el clima que deja: Caracas ha
amanecido paralizada, con las calles en silencio, tiendas cerradas, autopistas
bloqueadas y un toque de queda de 72 horas. El miedo no se ha
ido; solo ha cambiado de uniforme.
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