miércoles, 28 de enero de 2026

Carta al Papa León XIV (IV)

Sobre la transmisión (o no) de la fe en la Iglesia

Jesús María Pérez de Eulate

Quien tiene la suerte de conocer a Jesús Mari, enseguida se da cuenta de que es una persona libre, creativa, disponible, que difícilmente se asusta ante las dificultades y preparada: además de los estudios teológicos, ha cursado Magisterio en la rama de Educación Especial. Y, por si eso pareciera poco, no se ha quedado solo ahí, en sacar los títulos y saber más: durante 15 años ha ejercido como profesor en el Colegio de Educación Especial en Menagaray (Alava), siendo, a la vez, cura del pueblo. En la actualidad, tras haber desempeñado otras muchas responsabilidades -incluso interdiocesanas- presta su servicio ministerial en la pastoral rural, en unos pueblos pequeños cerca de Vitoria. La lectura de su Carta al Papa León XIV, escrita, a la vez, con tono empático, crítico y propositivo, nos ayudó a dialogar sobre la relación entre la experiencia, el testimonio y la teología en la transmisión (o no) de la fe. Jesús Martínez Gordo.

***

 

Carta a León XIV, compañero en la fe:

Mi nombre es Jesús María Pérez de Eulate, soy cura y llevo 47 años en esta labor pastoral de dar a conocer el Mensaje de Jesús como Buena Noticia para la gente.  A menudo, a lo largo de estos años, uno le va dando vueltas a su tarea realizada y lo contrasta también con otros compañeros, evaluando aciertos y fallos en dicha labor.

En nuestros primeros años veíamos nuestras iglesias llenas de gente mayor, de jóvenes y pequeños. La Misa era una parte importante y casi “obligatoria” en la rutina del domingo. La vida y las actividades de jóvenes y pequeños giraba en gran parte en torno a la vida y actividades que se realizaban dentro de las parroquias.

Sí que es cierto que, a lo largo de estos años, hemos vivido cercanos a la gente, a sus tareas, problemas, penas y gozos. Esta cercanía la hemos visto y vivido siempre como “evangelio” hecho vida. Ha sido, en gran parte, nuestra forma de transmitir nuestra fe en Jesús con muchos fallos y, seguro, que también con algunos aciertos. Y lo hacíamos con la convicción de regalar algo que a nosotros nos ayudaba a vivir de forma más digna y humana.

Pasados los años, vamos viendo la otra cara de la moneda: iglesias donde se hacen presentes y participan un número pequeño de mujeres y hombres, donde los jóvenes ya no están y donde algunos pequeños cumplen la tarea de la catequesis, sin ánimo de continuar.

 

¿Ha dejado de ser necesaria la mediación eclesial en la relación con Dios?

Y nos preguntamos ¿Hemos acertado en nuestra tarea de vivir y transmitir la fe? ¿Caemos en el error de medir resultados por el número en la asistencia a nuestras celebraciones? ¿Cómo viven hoy su fe aquellos que en nuestros primeros años estaban muy cercanos y hoy ya no están? ¿La mediación eclesial, en la relación con Dios, ha dejado de ser necesaria actualmente?

Los hombres y mujeres de hoy están viviendo un cambio en los modos de pensar, de vivir, de situarse ante la vida, en sus valores y opciones. Se está dando un cambio generalizado, cada vez más veloz, que abarca todos los aspectos que configuran la vida del ser humano. Cambia la educación, la escuela, la familia (hay grandes dificultades en las familias de pasar de padres a hijos experiencias, valores, actitudes...), las ideologías, filosofías, formas de entender la vida, tradiciones que parecían inmutables.

Los valores que antes daban seguridad a las personas se ponen en cuestión. Vemos con gozo cómo el pluralismo está presente en todos los campos de la vida y esto le da a la persona una capacidad, unas posibilidades y una autonomía de la que antes carecía.

Si hace unos años era la Iglesia el criterio moral único que existía en nuestra sociedad, la que marcaba el estilo de vivir, hoy, a Dios gracias, todo esto ha cambiado y es el individuo quien elige en libertad, quien hace suyas las cosas según su criterio particular, quien tiene “el mando a distancia” y acepta o rechaza, según su parecer, aquello que le llega y que recibe.

Veo también cómo la Iglesia está, en este mundo globalizado, como una institución más entre otras muchas, como un referente más, expuesta a la acogida o al rechazo de aquel que la escucha. Y tal vez, haber sido hasta ahora la única institución que aportaba pautas y valores, le resta credibilidad, pues las personas buscan la novedad de otras fuentes, buscan experiencias distintas sobre todo si lo que han percibido o han recibido de la Iglesia no les ha llenado ni aportado nada nuevo para sus vidas.

Resulta imposible prever el futuro. Estamos realmente pisando ya terreno desconocido. Esto nos produce miedo, nos crea inseguridad, no nos sentimos preparados para hacer algo diferente. Lo más fácil -lo que algunos piensan y hacen- es volver a repetir algo ya pasado, que sirvió para aquella época o poner parches a lo que estamos haciendo.

Pienso que el cambio en el que estamos no va por ese camino. La vuelta atrás, los parches sólo son actitudes de personas que se niegan a creer que Dios sigue actuando y amando a este mundo, que Dios quiere seguir dándose a conocer al hombre y a la mujer de hoy y que Dios sigue buscando, a través nuestro la felicidad y la dicha de toda persona. “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin de los tiempos” son las últimas palabras, que dice Jesús, en el evangelio de Mateo. (Mt.16,20).

Creo que una sociedad secularizada necesita creyentes adultos, con capacidad para elegir libremente y con una opción cristiana responsable. Ellos deben ser el objetivo de la tarea pastoral de la Iglesia.

Es cierto que la inercia y el miedo nos paraliza. Necesitamos hacer un cambio de mentalidad. Convencernos de que hay que buscar nuevas formas de transmitir la fe, que hay que dar pasos, aunque nos confundamos, pasos que nos ayuden a crecer y madurar como creyentes a quienes formamos parte de la comunidad cristiana. Y pasos que ayuden, a quienes buscan algo, a descubrir en nuestra labor evangelizadora pautas y caminos que sean respuesta para sus búsquedas y les ayude a vivir de otra manera.

Quiero compartir con usted algunas claves que siento necesarias para transmitir hoy la fe en esta sociedad en la que vivimos y que como mensajeros de la Palabra deberíamos trabajar:

 

La importancia del testimonio cristiano

Durante muchos años -y todavía hoy- la transmisión de la fe la hemos reducido a palabras, contenidos, doctrinas, homilías, cartas pastorales, encíclicas… que en un alto porcentaje se han quedado en nada. En cambio, vemos con gozo que cuando la palabra nace desde la experiencia, desde el testimonio de una vida creyente, genera más atención en quien lo escucha, despierta interrogantes, mueve más el corazón de quien lo escucha. Es, sin duda, la forma ideal de anuncio en nuestra sociedad. No hay lenguaje más eficaz y más interpelador para expresar la importancia y el gozo que Dios aporta a mi vida que el testimonio de vida del seguidor de Jesús.

Buscamos hoy un lenguaje significativo sobre Dios en nuestro mundo secularizado, y sentimos que el mejor lenguaje que transparenta a Dios  y ayuda a mover a su seguimiento es el testimonio del servicio gratuito.  Decía Pablo VI que: “El hombre de hoy escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan y, si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio”.

Estoy también convencido que la comunicación de la fe hay que darla en distancias cortas. Requiere presencia y cercanía. Tiene mucho que ver con el compartir las situaciones de la vida con quienes nos rodean. Siento que el testimonio es clave preferencial de contagio y transmisión de fe.

Y necesitamos preguntarnos: ¿cómo podemos ser testimonio en esta situación que estamos viviendo? ¿Cuál es la realidad más sangrante que vive la gente? ¿Qué tipo de testimonio es hoy lenguaje de Dios, presente y actuante en nuestro mundo?

 

La necesidad de provocar preguntas

En esta sociedad no podemos mantenernos como creyentes con una fe débil o infantilizada. Necesitamos creyentes adultos, que no oculten su fe ni su estilo de vivir, ni se avergüencen de ella. Creyentes que sepan dar razón de su fe. Sólo desde una fe adulta, es decir, formada, con experiencia fuerte y testimonio claro, podremos provocar preguntas en aquellas personas que buscan algo, que se acercan a conocer el mensaje de Jesús.

¿Qué buscáis? (Jn.1,37) es la pregunta de Jesús a aquellos que quieren adherirse al grupo de discípulos. La pregunta ayuda a definir el porqué de los deseos u opciones del que busca. La pregunta ayuda a discernir. La pregunta ayuda a salir de la indiferencia a quien no se plantea nada.

No anunciamos el mensaje de Jesús para aumentar el número de creyentes. No buscamos cantidad, pues ésta no es garantía de mucho. Pienso que buscar números no nos ayuda, más bien nos desalienta hoy en día. Creo que la Iglesia ha acertado en su labor cuando ha anunciado a Jesús en pequeñas comunidades. Los números nos hacen creer que somos nosotros los artífices del éxito. Jesús nos dijo que tendríamos que ser levadura en la masa, no nos dijo que fuéramos a ser masa. Buscamos, pues, que aquel que quiera conocer y seguir a Jesús lo haga sabiendo a qué se compromete, buscamos que sepa dar razón de su fe, porque antes ha habido un discernimiento y un planteamiento claro de seguimiento.

 

Narrar nuestra propia experiencia creyente

Hoy, las personas no se conmueven ante una exposición teórica, ante uno que hable mucho y hable bien. Pero las personas si se conmueven ante una experiencia personal, ante alguien que narra su propia experiencia de vida. Los creyentes tenemos que aprender a comunicar, no un saber sabido sino un saber vivido. No, algo que hemos aprendido o conocido sino algo que hemos experimentado.

Quien nos escucha quiere comprobar si lo que decimos de palabra, vale para la vida, si lo que decimos de palabra se refleja en nuestra vida. El que escucha quiere oír nuestra vida creyente, no nuestra teoría, esto lo que le da garantías de certeza. Las personas abren oídos ante la experiencia vivida y se vuelven indiferentes ante las palabras huecas.

En la exhortación apostólica “Evangeli Nuntiandi” Pablo VI, nos dice: “¿Hay otra forma de comunicar el evangelio que no sea la de transmitir a otro la propia experiencia de fe?”

Esta es una tarea que nosotros creyentes tendremos que aprender a hacer. Preguntarnos a nosotros mismos, y yo ¿por qué creo? ¿en qué creo? ¿en quién creo? Ser creyente, ¿qué aporta a mi vida? Son preguntas que, antes, nadie nos hacía porque lo normal era ser creyente. Pero, ahora, nos las van a hacer. Y hay que tenerlo un poco claro. Si, hasta ahora, era el catecismo la fuente del conocimiento de aquel que buscaba conocer el mensaje de Jesús, ahora será la propia experiencia personal la que necesitamos comunicar a aquel que busca algo.

Narrar la propia experiencia nos obliga a veces a descubrir nuestra pobreza en hechos y palabras. Llevamos un tesoro “en vasijas de barro” (2 Co.4,7), pero sabemos también que en esa debilidad, nuestra, se manifiesta la fuerza de Dios.

Narrar nuestra experiencia de Dios es manifestar al otro cómo vivimos su presencia en nuestra vida, cómo recurrimos a Él en nuestras necesidades, cómo confiamos  y esperamos en Él en la dificultad, cómo buscamos su luz en la oscuridad, cómo encontramos su paz en la zozobra. Y es en la vida cotidiana donde mejor puedo experimentar y compartir con los demás que hay “Alguien” -más allá de nosotros- que nos llama a un encuentro con Él, que aporta esperanza a mi vida, y que me ayuda a vivir.

 

Dar a conocer el rostro de Dios que cada día vamos descubriendo en Jesús

Una de las tareas importantes con las personas adultas es presentarles al Dios de Jesús. Desgraciadamente, muchos adultos viven una religiosidad llena de miedos y temores pues el Dios que han conocido, que se les ha presentado, es más bien un ídolo a quien hay que contentar y a quien hay que temer.

Hay que hacer un trabajo que consiste en limpiar el rostro de Dios de maquillajes deformadores. Muchos abandonos vienen de unas personas que no han conocido el verdadero rostro de Dios; que, en Jesús, no se han visto perdonados, acogidos y comprendidos por Dios. El acercamiento y la purificación de imágenes erróneas de Dios está ayudando a muchos a saborear y vivir una vida de fe gozosa.

El Dios que leemos, con sonrojo, en nuestras Eucaristías, en muchas lecturas del Antiguo Testamento, el Dios aprendido en el catecismo, el Dios del miedo y del castigo, el Dios distante y todopoderoso que se percibe en muchas liturgias bien incensadas, sigue todavía muy presente en muchos adultos. Es necesario seguir apostando por acercar el evangelio a la gente a través de pequeños grupos de Biblia, encuentros en torno a la Palabra, lectio divina, lectura del evangelio acompañada de buenos comentarios. Esto puede ayudar a muchas personas a descubrir algo que intuían pero que nunca escucharon.

Necesitamos empaparnos de la Palabra de Dios, conocer a fondo el Dios de Jesús, necesitamos dialogarlo entre nosotros, poner en común nuestra experiencia de la Palabra, lo que nos dice, a lo que nos invita. Esto madura nuestra fe, nos ayuda a acercarnos mejor al Dios de Jesús, nos ayuda a dar razón de nuestra fe, a vivir con libertad y con gozo nuestra identidad creyente.

Estamos gastando fuerzas en catequizar a los pequeños, sabiendo que si los padres en el hogar no transmiten nada, toda nuestra tarea queda practicamente inservible. Estos pequeños, a lo sumo, se quedan con una imagen de Dios infantilizada que no maduran. Y, al crecer en edad y contrastar su vida con otras experiencias, se les rompen todas las costuras de lo aprendido y se da en ellos un rechazo y abandono de todo lo que suene a Dios. Jesús nunca catequizó a los niños, los bendijo y abrazó, nos dice el evangelio.

Tal vez, toda la carta esté llena de intuiciones ya conocidas, pero que cuesta ponerlas en práctica. Tal vez, porque nuestra fe sigue siendo débil; porque nuestros conocimientos dicen poco a la gente o porque nuestro testimonio puede ser muy mejorable. Pero buscaba poner por escrito estas intuiciones que la experiencia -después de tantos años de cura- te ayuda a ver que son necesarias en nuestra labor pastoral.

Agradeciendo su atención y su escucha, me despido.

Jesús María Pérez de Eulate
Vitoria-Gasteiz, Enero 2026

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Identifícate con tu e-mail para poder moderar los comentarios.
Eskerrik asko.