Fuente: Cristianisme i Justícia
Por David Bernal
12/01/2026
Sobre promesas de progreso, desigualdad y fe en tiempos de robots humanoides
El año 2025, sin duda, ha estado marcado por la omnipresencia de la inteligencia artificial: en conversaciones de sobremesa, en la mayoría de soluciones tecnológicas e incluso en el debate educativo sobre su papel en las instituciones y su desarrollo entre el alumnado.
La IA —popularizada tras la apertura al gran público de ChatGPT en noviembre de 2022— ha marcado y seguirá marcando el rumbo de 2026. El progreso exponencial de esta tecnología, junto con los intereses económicos y su capacidad de influencia a través de los sesgos de los modelos, hacen prever que nada detendrá su adopción masiva. En consecuencia, el tecnodeterminismo que acompaña su despliegue y su extrema volatilidad contribuyen a una creciente polarización social, con una fuerte reacción de signo ludita.
Hoy cuesta imaginar un mundo sin IA. Pero mientras seguimos debatiendo sobre su uso, legislando límites éticos y diseñando códigos de conducta, una nueva frontera tecnológica se abre ante nosotros. Desde enero, en Estados Unidos ya se pueden adquirir las primeras unidades del robot humanoide Neo, capaz de «liberarnos» de tareas domésticas simples como mover paquetes, limpiar o cargar el lavavajillas.
Cada vez estamos más cerca de esas novelas distópicas que parecían una advertencia. Con la llegada de estos sistemas de inteligencia artificial dotados de rasgos humanos, surge una pregunta: ¿cómo se legislará para evitar que los robots domésticos amplíen la brecha social? Su adquisición ronda los 20.000 dólares o unos 600 dólares mensuales en formato de renting, una cifra que de entrada los convierte en un lujo.
La estrategia, como siempre, será generar necesidad. Igual que se ofrecen suscripciones gratuitas de IA a estudiantes universitarios, pronto querrán convencernos de que un robot es indispensable. Tras estos avances se encuentran las mismas grandes fortunas de siempre: Sam Altman, Jeff Bezos, Elon Musk, Mark Zuckerberg… Todos ellos impulsan modelos de lenguaje abiertos al público, con sesgos automatizados y capaces de influir en la vida cotidiana e incluso en la opinión pública.
En el fondo, no hablamos solo de negocio y de mercado, sino de un cierto relato de salvación prometido por la tecnología, donde unos pocos diseñan el futuro para muchos y deciden qué significa «progresar».
La llegada de robots humanoides plantea interrogantes que van más allá de la justicia social. También abren dilemas ontológicos y espirituales: ¿nos acercarán o nos alejarán de la fe? ¿Estamos preparados para convivir con robots cuando aún nos cuesta convivir entre personas? ¿Un robot puede actuar para el bien o para el mal? ¿Se programarán como máquinas de guerra, descargando en ellos nuestra conciencia moral? ¿Lloraremos la pérdida de uno con quien hayamos mantenido conversaciones profundas? Estas preguntas, que hace pocos años sonaban a ciencia ficción, hoy resultan inminentes.
Uno de los ámbitos en los que la IA podría tener un mayor impacto es el educativo. Quién sabe si una de las estrategias que podrían adoptar algunos centros será incorporar robots como asistentes en el aula, con un coste que en ciertos contextos podría acercarse al sueldo anual de un docente. En esta tensión entre eficiencia y recursos, cabe preguntarse: ¿serán los robots herramientas para atender mejor la diversidad del alumnado o un nuevo factor de desigualdad?
En la Antigüedad, la adopción de la escritura por parte de las sociedades orales también fue motivo de controversia. En el Fedro de Platón, el dios egipcio Theuth defendía que la escritura haría a las personas más sabias, mientras que el rey Thamus advertía que causaría olvido, al sustituir la memoria viva por lo escrito. La misma tensión acompaña todo avance tecnológico: promesa de mejora y riesgo de deshumanización.
Sea como sea, 2026 llega cargado de desarrollo tecnológico, auspiciado por una IA que comienza a tomar forma humana. Desde una mirada creyente, la cuestión no es solo qué puede hacer la tecnología, sino qué tipo de humanidad estamos construyendo con ella: si ponemos la técnica al servicio de la dignidad y del cuidado de los más vulnerables, o si levantamos nuevas torres de exclusión y dominio. Como se relata en el libro del Génesis, el «progreso» puede convertirse en tentación de autosuficiencia: «Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue al cielo…» (Gn 11,4).
[Imagen de pxhere.com]
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