(
De interviu.es 17/2/2014)
Los curas rojos piden justicia
Dieciséis exsacerdotes vascos y uno gallego han relatado
a María Servini, la jueza argentina que instruye la querella contra los
crímenes del franquismo, la represión que sufrieron en los últimos años de la
dictadura, con torturas y penas de cárcel, en connivencia con los jerarcas de
la Iglesia. Abandonaron las comodidades de los templos y se ganaron la vida en
obras y fábricas, simpatizaron con el movimiento sindical clandestino y alguno
ayudó a miembros de la ETA primigenia.
• Ana María Pascual • Fotos:
Iñigo Fernández
¿DÓNDE ESTÁ AITZOL?
FUSILADO contra los muros del cementerio de Hernani (Guipúzcoa),
el sacerdote José Ariztimuño, conocido como Aitzol, se convirtió tras su muerte,
en octubre de 1936, en un símbolo de la oposición del clero vasco al alzamiento
fascista. Fue un intelectual muy comprometido por los derechos de los trabajadores
durante la República. Su cuñado, Joaquín Arrue, pidió por activa y por pasiva
al alcalde de Hernani que le desvelase el lugar donde estaba enterrado Aitzol tras
su ejecución. No fue hasta 1958 cuando la familia despejó sus dudas. La Guardia
Civil les certificó el lugar exacto donde se encontraban los restos del célebre
clérigo, junto con los de seis sacerdotes más, en un rincón del cementerio
hernaniense. “Se hallan enterrados unos 190 individuos más cuyos nombres se
desconocen, los cuales también fueron ejecutados por las Fuerzas Nacionales”,
así reza en el certificado del Instituto Armado. La familia de Aitzol puso una
placa en el lugar y la llenó de flores durante décadas. Pero hace unos años, cuando,
con la Ley de Memoria Histórica, la familia intentó exhumar los restos del cura,
se encontraron con que no estaban. Piensan que fueron trasladados al Valle de
los Caídos. Su caso forma parte de la querella argentina.

Mientras
el sacerdote Martín Orbe (Errigoiti, Vizcaya, 1934) relata las torturas que le
infligieron en los sótanos de la comisaría de Indautxu (Bilbao) en abril de
1969, Julen Kalzada se emociona. El excura de 78 años, de Busturia (Vizcaya),
no puede reprimir las lágrimas cuando escucha la ennumeración de martirios: el
quirófano, el gusano o paseíllo, la tortura psicológica, con mofa incluida,
y los golpes. “Aquello fue la experiencia más cruel de mi vida –dice con
estoicismo Orbe–; más incluso que la cárcel”.
Es en
ese momento cuando la entrevista con cinco curas obreros vascos, en el Café
Antzokia, de Bilbao, alcanza el cenit. Salvo Martín y Periko Solabarria (84
años), que se jubilaron siendo sacerdotes, el resto dejó los hábitos tras su
estancia en la cárcel concordataria de Zamora, la única prisión para curas de
España, operativa entre 1968 y 1977.