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miércoles, 30 de septiembre de 2020

Ponen a prueba de una revisión europea la reforma financiera del papa Francisco

NOTA:    En el equipo de mantenimiento del BLOG hemos llegado a entender que, en las circunstancias que nos envuelven (el CONFINAMIENTO POR «COVID-19») bien podríamos prestar el servicio de abrir el BLOG a iniciativas que puedan redundar en aliento para quienes se sientan en soledad, incomunicadas o necesitadas de expresarse.
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Fuente:  Ellitoral.com.ar

29/09/2020

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     El Vaticano recibirá desde mañana, y hasta el 13 de octubre, a una delegación de Moneyval, el organismo europeo que controla la lucha contra el lavado de dinero, para obtener el aval continental a la reforma económica impulsada por el papa Francisco para llevar transparencia a las cuentas de la Santa Sede.


     La inspección de Moneyval es la segunda tras una primera visita hecha a fines de 2012, meses antes de la entronización, en 2013, de Francisco, quien desde entonces vigorizó el ente encargado de monitorear las cuentas vaticanas, la Autoridad de Información Financiera (AIF), y la creó una nueva secretaría de Economía que centralice el control de las arcas.

     En 2017, apuntaron fuentes vaticanas a Télam, durante un monitoreo a distancia, Moneyval consideró en su informe anual presentado en Estrasburgo que si bien la Santa Sede había avanzado en la lucha contra el lavado, aún faltaba "músculo judicial" para judicializar los señalamientos de movimientos sospechosos.

     Al año siguiente, se dio la primera condena por el delito de lavado de dinero dentro del Vaticano, al tiempo que el denominado "Banco Vaticano", o IOR, adhirió al sistema SEPA, que le permite contar con el código IBAN para las transacciones.

     Es en esa línea que debe leerse la designación que el papa Francisco hizo ayer de un nuevo fiscal vaticano, el abogado italiano Gianluca Perone, que se espera aporte su larga experiencia en finanzas internacionales al equipo de la fiscalía de la Santa Sede.

     Ya en noviembre pasado, Francisco designó al juez italiano Carmelo Barbagallo, de extensa trayectoria en puestos de control financiero, al frente de la AIF, el organismo encargado de revisar las cuentas del Vaticano.

     La llegada de los inspectores europeos, además, se da en el marco de la decisión del pontífice de despedir como uno de sus "ministros"; y de despojarlo de los derechos como cardenal, al purpurado italiano Angelo Becciu, sospechado de maniobras para favorecer a cooperativas de sus hermanos en su Cerdeña natal.

lunes, 28 de septiembre de 2020

Con Papa Francisco, la 'responsabilidad' finalmente cruza el Tíber

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Por: John L.Allen Jr.

27 de septiembre de 2020

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ROMA - Aunque el drama desencadenado por la repentina caída en desgracia del cardenal italiano Angelo Becciu está lejos de terminar, las cosas han llegado a un punto en el que también es posible dar un paso atrás y reflexionar sobre el panorama general.

Digo "posible", no necesariamente probable, porque, francamente, la historia es demasiado fascinante a nivel micro. Becciu, justamente o no, aparece como un personaje salido directamente del elenco central de Hollywood como un villano suave y encantador, y es terriblemente tentador pasar el tiempo imaginando una versión del Vaticano del exitoso programa de televisión "Blacklist" con Becciu en el papel de Raymond Reddington.

     Aparte de tales desviaciones, hay al menos una visión general confirmada por el caso Becciu: “Responsabilidad”, en el sentido completo de la palabra estadounidense, finalmente está cruzando el Tíber en la era del Papa Francisco.

     En resumen, de 2011 a 2018 Becciu, ahora de 72 años, ocupó posiblemente el cargo más poderoso en el Vaticano además del papado, que es el papel de sostituto , o "sustituto", en la Secretaría de Estado, lo que lo convierte en más o menos el Jefe de Estado Mayor del Papa. Luego fue elevado al Colegio Cardenalicio y prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos. El jueves, el Papa Francisco le mostró la puerta, quien exigió su renuncia no solo a su cargo en el Vaticano, sino a sus derechos como cardenal. Las razones tienen que ver con diversas irregularidades financieras con las que Becciu ha estado vinculado a lo largo de los años, aunque insiste enérgicamente en que no ha hecho nada malo.

 

Becciu es simplemente el último despido reciente bajo Francisco.

     En mayo, el pontífice despidió sumariamente a cinco funcionarios del Vaticano implicados en un controvertido negocio de bienes raíces en Londres, incluso antes de que ninguno de ellos fuera condenado o incluso acusado de actividad criminal. (No pasó desapercibido aquí que los despidos se produjeron el 1 de mayo, que se observa en Italia como el "Día del Trabajo", en parte para consagrar los derechos de los trabajadores). A principios de este año, el Papa despidió al arzobispo alemán de sus responsabilidades como Prefecto de la Casa Papal, aunque conserva el título, al parecer molesto por el papel de Gänswein en un colapso que involucró un libro presentado inicialmente como coautor del Papa emérito Benedicto XVI que alimentaba las percepciones de un conflicto entre Benedicto y Francisco.

domingo, 12 de mayo de 2019

Pederastia eclesial, diaconado femenino y reforma de la Curia. Un alto en el camino



Jesús Martínez Gordo
(Teólogo)

Conviene hacer un alto en el camino para mirar lo andado durante estos primeros meses del 2019 y, levantando la vista, otear el horizonte más inmediato al que se dirige la Iglesia católica en los restantes. El cuatrimestre que acabamos de despedir ha estado marcado por el drama de la pederastia eclesial, por la Cumbre de presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo en Roma (21-24 febrero) y por el discurso final del Papa. No le han faltado críticas, cierto que, con muy diferente fundamento, por haber contextualizado esta tragedia en el marco de una plaga mundial silenciada y particularmente presente en las relaciones de proximidad; por haber culpado de ella a Satanás, tirando balones fuera; por no haber propuesto medidas concretas; por no haber dado más protagonismo a las víctimas y por no haber atajado el clericalismo, la causa más radical de tan deleznable comportamiento.

En el tiempo transcurrido desde la clausura, el Papa Bergoglio ha aprobado —tal y como se acordó en la Cumbre— una nueva legislación al respecto y hemos sabido que va a incorporar, en breve, entre las Instituciones ligadas a la Santa Sede, la Comisión Pontificia para la Protección de Menores, creada en 2014. Pero, quizá, su mejor servicio haya sido que, tras años de silencio cómplice, está logrando socializar en toda la Iglesia el criterio del “encubrimiento cero”, así como primando la escucha y acompañamiento a las víctimas, sin descuidar la reparación del daño causado hasta donde sea posible. En el origen de este radical cambio —promovido, no se olvide, por él— se halla su encontronazo, por esta cuestión, con algunos medios de comunicación chilenos visitando aquella Iglesia; la posterior investigación para poder contar con datos fiables; su reconocimiento público de haber estado deficientemente informado y de haber adoptado decisiones erróneas, (como el nombramiento de obispos acusados de encubrimiento) y, sobre todo, el Informe sobre la pederastia en algunas diócesis de Pensilvania (2018).

lunes, 23 de enero de 2017

Un libro escrito con valentía, lucidez y claridad



Jesús Martínez Gordo, en PPC
"Estuve divorciado y me acogisteis"


Andrés Torres Queiruga

Hay libros que, si no existen, deben ser escritos. No es tópico decir que tal es el
caso de este ensayo de Jesús Martínez Gordo. Lo necesitábamos para hacer claridad sobre una situación extraña, extrañísima. Una iglesia en claro trance de normalización y entrando en un elemental sentido de realismo histórico, aparece agitada por choques inesperados y asombrada por el ruido de gritos incomprensibles.

Cardenales serios y solemnes se tiran al monte, en un desafío sin precedentes, impensable hace muy pocos años. Ellos, que han callado durante tres décadas de restauración, proclamando casi como norma suprema la obediencia al papa, con un estilo en el que, escala abajo, participaron y ejercieron sin dejar opción a la réplica ni al disenso más responsable, de repente asumen aires demócratas e incluso están dispuestos a romper su propia regla. Lo hacen frente a un papa que, finalmente, aparece en la iglesia y ante el mundo con sentido común, voluntad democrática y corazón evangélico. Y se acuerdan ahora del diálogo, el debate y la participación, e incluso amenazan con amonestarlo y, si fuese necesario, con deponerlo.

Tomo este gesto último, incomprensiblemente histriónico, como signo y síntoma de una situación oscura, de resistencias ratoniles alérgicas al movimiento y cerradas a la historia. Ante la llamada a retomar el Concilio y dejarse llevar por el viento del Espíritu, buscando una iglesia abierta a la misión y fiel al Evangelio, persiste en muchos la nostalgia de las cebollas de Egipto: una iglesia clausurada en sí misma y poniendo el código en el lugar del corazón para juzgar al hermano con un moralismo tan cruel como obsoleto, oscureciendo así la luz del Evangelio y taponando con legalismo el fluir infinitamente generoso de la misericordia divina. El mundo -escribió alguien tan poco sospechoso en este punto como Jean Paul Sartre- espera un Creador, un Dios digno de los anhelos más íntimos del alma humana, e insisten y persisten en darle un gran Jefe, que controle la libertad, ignore el sufrimiento y mate la alegría de vivir.

Espero que se me disculpe este desahogo. De algún modo era indispensable para explicar por qué considero necesario este libro. Ante todo, y acaso sobre todo, porque arroja una claridad lúcida y una información precisa sobre la situación. De repente, datos que aparecían dispersos y no conectados, personajes de los que sonaba el nombre pero cuyas ideas no eran bien conocidas, aparecen en su lugar y contexto precisos. Y todo comienza a tomar consistencia.

El libro se inicia con una mirada al pasado reciente, es decir, al tiempo en que, de modo lento pero con una coherencia inflexible, se fue cociendo el ambiente donde vino a insertarse el pontificado del Papa Francisco. Desde la Humanae vitae y la crisis de la moral, a través de la domesticación de los sínodos, hasta la renuncia de Benedicto XVI, se formó un horizonte cuidadosamente cerrado a la renovación. Uno de los apartados más lúcidos de este libro -"Orden, doctrina y ley" (pág. 52-56)- presenta la estrategia, bien pensada y rígidamente ejecutada, de la restauración postconciliar: 1) "promoviendo al episcopado sacerdotes que aceptaran, sin dudas ni fisuras de ninguna clase, el magisterio", reforzándolo con un juramento de "devota fidelidad" a sus enseñanzas; junto a esto, "acabar arrinconando a los obispos más abiertos y conciliares"; 2) "una revisión a fondo -lenta pero inexorable- de la capacidad magisterial reconocida por Pablo VI a las Conferencias episcopales"; 3) "dotar de consistencia magisterial a las ‘verdades innegociables', desactivando la autoridad intelectual "particularmente de los teólogos moralistas" y "de algunos eclesiólogos".

miércoles, 4 de enero de 2017

Francisco, en el banquillo de los acusados



     Puede parecer un titular cruel, al tratarse de una persona que acaba de cumplir 80 años, pero, guste o no, es lo que hay.


     Es bien conocida la reforma eclesial en la que está empeñado Francisco: con los pobres y con los crucificados de nuestros días en su reclamación de tierra, techo y trabajo; a favor de una nueva unidad entre los cristianos entendida como comunión en la diversidad; impulsando una transformación de la curia vaticana que la acabe recolocando en relación de dependencia con un gobierno cada día más colegial y corresponsable y, finalmente, revisando la moral sexual, hasta ahora vigente, desde el primado de la misericordia como la verdad primera y fundamental del Evangelio.

     Y también es de sobra conocido cómo, a partir de ese momento, las aguas no han parado de bajar revueltas hasta acabar emplazando públicamente al papa, el pasado mes de noviembre, por una supuesta negligencia en su responsabilidad de defender la fe. El encargado de ello ha sido el cardenal estadounidense R. L. Burke en nombre de otros tres colegas: los alemanes W. Brandmüller y J. Meisner y el italiano C. Caffarra. Finalizadas las fiestas de Navidad, ha declarado, podrían pedir públicamente al papa que se corrigiera de las “confusas” directrices impartidas en la carta postsinodal “Amoris laetitia” ya que perciben una ruptura “con lo que ha sido la constante enseñanza y práctica de la Iglesia”. Vamos, que la verdad primera y fundamental del catolicismo no es la misericordia de Dios, sino la ley de la indisolubilidad del matrimonio.

     Lo preocupante no es que estos cardenales, representantes de la minoría rigorista, pretendan sentar a Francisco en el banquillo de los acusados -una sobreactuación que roza lo histriónico-, sino la sintonía que se percibe con ellos en algunos sectores de la Iglesia. Y también, en nuestras respectivas diócesis.

     Hay católicos que comparten, concretamente, tres consideraciones sobre este papa “venido del fin del mundo”. Según la primera, no hay que esperar mucho a que las aguas vuelvan a su cauce tradicional y seguro, habida cuenta la avanzada edad de este papa “salido de madre”. Solo se necesita tener un poco de paciencia y aguante, a la espera de que la naturaleza haga su trabajo y aparezca, como agua de mayo, el deseado y añorado Pio XIII o un Juan Pablo III que ponga las cosas en su sitio. Pero, se recuerda, seguidamente, no está de más insistir en que la Iglesia se encuentra asfixiada por el tsunami de la “dictadura relativista” que Juan Pablo II y Benedicto XVI denunciaron hasta quedarse afónicos y al que Francisco le hace la ola sin miramientos de ninguna clase. Hay, finalmente, otra valoración, más técnica y que ha vuelto a saltar a la palestra muy recientemente: la Exhortación postsinodal “Amoris laetitia”, por ser rupturista, no mantiene la imprescindible continuidad con el magisterio que le ha precedido. Al incumplir tal criterio, queda invalidada como doctrina auténtica.

     Me permito intervenir en este debate aportando también tres consideraciones. La primera, para recordar que las reformas fundadas, como es el caso, en la sencillez y radicalidad evangélicas y no en la autoridad (aunque sea la del papa), han sido, y siguen siendo, determinantes en la Iglesia. La de Francisco, por asentarse en la misericordia, tiene todos los visos de perdurar en el tiempo. Por lo menos, tanto como pueda subsistir el Evangelio que la sostiene y más allá de que al actual papa le queden cuatro días u otros ochenta años.

     La segunda, es para invitar a repasar el magisterio de Juan Pablo II cuando animaba a “discernir bien las situaciones” de los divorciados vueltos a casar civilmente, dada su creciente complejidad, así como a valorar el diverso grado de pertenencia eclesial de dichas personas. El papa Wojtyla era consciente del problema. Pero, una vez reconocido, lo aparcaba y se limitaba a aplicar la llamada “ley moral natural” sin contemplaciones porque en ella se transparenta la voluntad de Dios. Y con él, Benedicto XVI. A diferencia de ellos, Francisco prefiere mirar el comportamiento de Jesús en la parábola del hijo pródigo o con la mujer sorprendida en adulterio. Y, a su luz, entiende, cargado de razones, que el amor de Dios está por encima de cualquier ley, incluido el catecismo y el código de derecho canónico. Me da que este criterio también está llamado a tener más futuro que la aplicación inmisericorde de la ley, aunque se intente presentarla como “definitiva” e “irreformable”. Todo un exceso, éste último, dogmático, además de jurídico, que ignora la precedencia del Evangelio.

     En tercer lugar, creo que no conviene confundir “relativismo” con “jerarquía de verdades”. Nadie discute, al menos entre los católicos, la indisolubilidad como uno de los principios del matrimonio, sin olvidar que cada día somos más quienes entendemos que no se pueden seguir aparcando las excepciones a dicho principio que el mismo evangelista Mateo (19,9) también pone en boca de Jesús: “excepto en caso de adulterio” (“porneia”). Pero todos deberíamos estar de acuerdo en que el corazón del Evangelio no son dichas verdades ni sus excepciones, sino la misericordia de Dios con nosotros. A su luz, se han de leer y aplicar las restantes. Esto tampoco es flor de un día.

     Evidentemente, está en juego no perder el tren de la historia, pero, sobre todo, recuperar el corazón mismo del Evangelio que, con frecuencia, sobrepasa a la historia. Y con ella, a nosotros.

 Jesús Mtz. Gordo

sábado, 27 de diciembre de 2014

¿Cómo se explica el discurso del papa Francisco a la Curia?






Sébastien Maillard, Roma
La Croix


 Felicitando la Navidad a la Curia vaticana, el papa Francisco ha descrito, una a una, las quince “enfermedades espirituales” que están afectando al gobierno central de la Iglesia católica. Y lo ha hecho mediante un discurso muy vivo, tanto en el fondo como en la forma,  y lleno de frases chocantes.

Al finalizar el mismo, los miembros presentes le han aplaudido y han ido saludando, uno a uno, al papa. Queda por ver el efecto de semejante discurso en la reforma de la Curia en curso.

Marco Politi, vaticanista, autor  del libro “Francisco entre lobos” ha declarado al periódico italiano “Il Fatto Quotidiano”: “Aparentemente, este discurso es un listado de pecados, de los que Francisco ya había hablado antes de ahora. Pero las circunstancias en las que se ha efectuado indican que el papa tiene dificultades. Percibe con toda claridad que sus posicionamientos tienen una acogida minoritaria en la Curia. El último Sínodo sobre la familia le ha mostrado con toda claridad que los jefes de los dicasterios (el equivalente a los ministerios de la Curia) no apoyan su voluntad de apertura. Y le ha hecho percatarse de que no muestran entusiasmo alguno en la reforma de la Curia. Tal es, por ejemplo, la posibilidad de confiar más responsabilidades a las mujeres.

lunes, 5 de mayo de 2014

El colegio episcopal no puede tener...



“El colegio episcopal no puede tener una estructura, como la curia, que sea superior a él” (Mons. J. R. Quinn)


“El integrismo es más rigidez que fidelidad, más un temor al error que una confianza en la verdad, más una aceptación ciega de las apariencias que una inmersión a fondo en la sustancia”.

“La tendencia de la curia a debilitar las conferencias episcopales es también un obstáculo importante para la unidad”.

“Creo que sería beneficioso que hubiera un  concilio en un futuro no muy lejano. Hay muchos asuntos muy importantes que la Iglesia tiene que abordar y que presentan un enorme interés para muchas regiones del mundo”.

“Tenemos que aceptar la crítica con humildad… Roma no tiene que estar a la defensiva, no prestando ninguna atención a las observaciones que vienen de fuentes respetables, y, más todavía, si estas fuentes son amigables y fraternales” (Pablo VI)


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Monseñor John Raphael Quinn, arzobispo emérito de S. Francisco (1977-1995) y antiguo presidente de la conferencia episcopal norteamericana, ofreció una conferencia en Oxford (junio, 1996) sobre la relación de la Curia Vaticana con los obispos y con las diferentes conferencias episcopales del mundo, así como sobre la forma de gobernar la Iglesia del entonces Papa Juan Pablo II y de su curia.

Su intervención fue publicada en “Origins” (18.VII.1996) y acabó convertida –una vez reelaborada- en un libro referencial para entender, entonces y hoy, los caminos por los que tendría que ir la reforma de la Curia Vaticana en la que se ha comprometido el papa Francisco (John R. Quinn, “The Reform of the Papacy. The Costly Call to Christian Unity”, New York 1999; “La reforma del papado”, Herder Editorial, 2000).

A la finalización de esta conferencia concedió una entrevista en la que resumía lo más importante de su intervención. Son palabras que merecen ser recordadas por su indudable actualidad.

            P.- ¿Por qué ha elegido hablar del papado?

lunes, 17 de marzo de 2014

Reforma de la curia y concilio Vaticano II




Jesús Martínez Gordo


Como es sabido, el Concilio Vaticano II aprueba lo que, probablemente, es una de sus aportaciones eclesiológicas más importante: los obispos son “vicarios y legados de Cristo” y “no deben ser considerados como los vicarios de los pontífices romanos”. Justamente, por ello, han de gobernar sus respectivas iglesias locales con la autoridad de Cristo “que ejercen personalmente” en  su nombre, es decir, de manera “propia, ordinaria e inmediata, aunque su ejercicio esté regulado en última instancia (“ultimatim”) por la suprema autoridad de la Iglesia” (LG 27).

La expresión “en última instancia” (“ultimatim”) ha sido objeto de diferentes interpretaciones en el postconcilio

La que, finalmente, ha acabado imponiéndose es la que ha favorecido la relación entre el primado del Papa y el colegio episcopal a partir de un modelo centrípeto y autoritativo. Y la que, como consecuencia de ello, ha impulsado una curia vaticana sobredimensionada en sus atribuciones y competencias.

Sin embargo, una buena parte de la comunidad teológica no ha dejado de reivindicar la interpretación colegial y sinodal. Probablemente la persona más autorizada es G. Philips (el relator principal de la Constitución Dogmática “Lumen Gentium”) quien, explicando e ilustrando el pasaje citado, señala que los padres conciliares entienden que el obispo de Roma no puede estar interviniendo continuamente en la administración de todas las diócesis del mundo. Su responsabilidad, como sucesor de Pedro, se ciñe a repartir las encomiendas, a ser la instancia de apelación “en última instancia” (“ultimatim”) con el fin de proteger –cuando sea necesario- tanto a los obispos como a sus diocesanos y a cuidar, de manera particular, la comunión y la verdad (G. PHILIPS, “La iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II”, 1, Barcelona, 1966, 436)