viernes, 17 de julio de 2026

Diario de misión M’baïki (I)

Con las brujas de Zinga

02/05/2026

 

Hace dos años encontré a Marie José y a otras dos mujeres de Zinga detenidas en la gendarmería de Mongoumba. Estaban en un estado lamentable pues les habían apaleado y Marie José tenía el brazo roto en tres partes de los golpes que les dieron acusándolas de brujas. Si no es por la gendarmería que detuvo tímidamente la paliza que les dieron, estarían ahora muertas.

Pedí a la gendarmería (donde me dijeron que las tenían allí para protegerlas) que las dejaran venir conmigo a M’baïki para ocuparme de sus heridas, sobre todo del brazo de Marie José que pintaba muy mal; llevaba así con muchos dolores desde hacía tres semanas.

Ingresé a las tres pretendidas brujas en la casa de las hermanas de Calcuta, y envié a Marie José a Bangui para ser operada, una y otra vez... Casi un año entero de operaciones. Le han metido unos cuantos hierros para ver si consiguen que se suelde el hueso. Hemos gastado más de un millón de francos con ella. Con las de Calcuta, las tres mujeres estaban en la gloria, pero pronto, las hermanas me dijeron que no tenían sitio y que tenían que desalojar el centro. Una de las tres consiguió irse con uno de sus hijos del lado del Camerún; Marie José se vino a nuestro centro, ‘el buen samaritano’, y Enriette se quedó con las hermanas que la aceptaron a regañadientes... Cada vez que me ven, las hermanas me recuerdan que me tengo que llevar a Enriette. Aquí ocurre como en la parábola del samaritano; cuando haces el bien a alguien, esa persona queda bajo tus espaldas para siempre... Cada persona que socorremos es así. Tengo a tantos bajo mis espaldas que muchas veces estoy tentado de decir, basta...

A primeros de mayo decidí llevar a Enriette a su pueblo, Zinga, sabiendo que hace unos cinco meses fue al velatorio de uno de sus hijos que falleció y, se quedó en el pueblo quince días sin que nadie atentara de nuevo contra su vida. Hemos ido en dos coches con las hermanas de Calcuta y Roger. Llegando a Zinga nos hemos parado en la gendarmería para presentar el caso y dar legalidad a lo que estamos haciendo. Pronto se han ido arremolinando mucha gente para ver el espectáculo. Hemos entrado en los despachos de los gendarmes donde me dicen que el hijo de Enriette, uno de los jefes del pueblo, se niega a acoger a su madre. Los gendarmes han mandado llamarle, mientras me hacen saber que no es tan fácil que Enriette pueda quedarse en Zinga, pues va a crear un desorden público... Me explican que ellos están ahí para hacer respetar el orden público. Ante tal panorama, me he calentado un poco por dentro, aunque he intentado no reaccionar... Los gendarmes me explican la ley..., pero veo que lo que buscan es que les de dinero. Media hora después ha llegado el hijo, jefe del pueblo, de unos cincuenta años; ni se ha dignado mirar a su madre... Cuando le he dicho que hemos venido a devolverle a su madre..., éste se ha cerrado en banda..., que no y que no... Yo he subido un poco el tono y le he dicho que “fue ella la que te parió y ahora tú la rechazas... ¿qué tipo de persona eres? Yo, que no tengo nada que ver con tu madre, la he guardado como si fuera mi madre durante dos años, pero ahora sois vosotros que tenéis que tomar vuestras responsabilidades...” Se niega; discutimos... Al final, con mucha paciencia (que yo no tengo) Roger y el catequista Philippe han conseguido que vayan entrando en razón...; la tensión se va suavizando y el jefe de pueblo ha aceptado a regañadientes acoger a su madre... He ido a saludarle, y nos hemos reído un poco cuando le he dicho que él es como mi hermano, pues yo me he ocupado de su madre durante dos años...; ahora es su turno... Les he regalado a cada uno, gendarmes incluidos, un calendario de bolsillo y así hemos firmado las paces. Así es la diplomacia africana; yo reconozco que no soy nada buen diplomático. Hemos llevado a Enriette a la casa de su hijo...; una casa pobre, en madera, con la bandera nacional a la entrada. Allí se ha quedado Enriette, que no sé cómo habrá codificado en su alma el hecho de que sus hijos la rechacen y hasta quieran matarla... Es triste, pero es el pan nuestro de cada día en esta cultura; que la familia te rechace o te acuse de brujería..., e intenten eliminarte.

El responsable de la comunidad cristiana, que es otro de los jefes de barrio, nos ha preparado un sabroso pollo para celebrar mi paso, pues hacía tiempo que no les visitaba. Los gendarmes y el chofer de las hermanas se han unido al festín...; a pesar de mi insistencia, las de Calcuta se han quedado en el coche y no han comido con nosotros, pues su regla se lo impide. Cada cual sus leyes.

Al día siguiente, me comunican por teléfono, el jefe del pueblo ha echado a su madre de la casa y le ha tenido que acoger su hermana que fue la que apaleó y rompió la mano de Marie José. ¡Qué triste es el futuro de estos ancianos rechazados por su familia! No me extraña que cuando encuentran un poco de calor en la casa de las hermanas o en nuestro centro para los pobres, se aferren como lapas y no quieran irse. Ahora me queda pendiente el caso de Marie José que siguen conmigo y que me gustaría que regrese a casa de sus hijos en Zinga. En dos años ninguno de sus hijos ha venido a verla a M’baïki..., pero al menos estos, parece que no la rechazan; me han pedido que regrese. Esperaré unos meses para ver cómo está el panorama antes de llevar a Marie José a su familia.

 

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