lunes, 22 de junio de 2026

“Amigo, compañero de viaje y maestro”. Homenaje a José Antonio Pagola en Añorga (San Sebastián)

Jesús Martínez Gordo

 

El pasado 16 de junio, miércoles, José Antonio Pagola cumplió 89 años y el sábado, 20, un grupo de amigos le hacía un merecidísimo homenaje en su barrio natal de Añorga, San Sebastián, Guipúzcoa. Y digo que merecidísimo porque me estoy refiriendo al teólogo, probablemente, más leído y traducido en estas últimas décadas, al menos, en español. Si no me equivoco, su libro “Jesús. Aproximación histórica”, ha sido traducido a 18 idiomas: el último, del que tengo conocimiento, es el chino mandarino. Y si bien recuerdo, es utilizado como texto de iniciación a la fe por la iglesia clandestina china o subterránea.

El homenaje constó de tres momentos: el primero, una mesa redonda en la que varios invitados expusieron algunos puntos y momentos más importantes en la vida y obra de José Antonio Pagola. El segundo, la celebración de la eucaristía presidida por el obispo de la diócesis Fernando Prado. Y el tercero, una comida de hermandad en un restaurante cercano.

La mesa redonda —como todo el programa— fueron presentados por María Jesús Guerra, delegada de comunicación durante el episcopado de Juan María Uriarte en la diócesis de San Sebastián.

A ella correspondió presentar a Juan Ignacio Pagola, sobrino de José Antonio Pagola, profesor de la Universidad de Deusto y autor del libro-entrevista: “José Antonio Pagola. Un creyente apasionado por Jesús”. En su intervención, subrayó el papel aglutinador de la familia (“ha sido y sigue siendo —sostuvo en un momento— loctite”). Recordó que José Antonio no se cansa de decir que su iniciadora a la fe fue su madre, mi abuela, una mujer que “sin haber leído nunca directamente el Evangelio, le enseñó a vivir con espíritu evangélico”.

También se refirió al tiempo de su formación en Roma y a la importancia que tuvo para él la celebración del concilio Vaticano II (1962-1965). Fue en aquellos años cuando mi tío, identificándose con el espíritu evangelizador que irrumpió, se percató de la necesidad de renovar la Iglesia, una tarea a la que ha dedicado una parte muy importante de su existencia: si, alguna vez —recordó haber escuchado declarar a José Antonio— la institución eclesial no llevara a Jesús, la nuestra “será una Iglesia muerta”.

A su vuelta a casa, ejerció como profesor en la Facultad de teología de Vitoria-Gasteiz, fue rector del seminario mayor de S. Sebastián y vicario general de la diócesis. Fue D. José María Setién quien le invitó a embarcarse en esta aventura —llena de muchos encuentros y de no menos desencuentros, tanto eclesiales como sociales. D. José María Setién —dijo el sobrino de José Antonio Pagola— ponía el rigor y mi tío la operatividad pastoral. Ambos estuvieron unidos en el dolor y sufrimiento que ha padecido este pueblo. Con él también compartió su pasión por pacificar el País Vasco denunciando tanto la violencia terrorista de ETA como la que ejercía el Estado y sin dejar de atender, por ello, a las legítimas reclamaciones de los derechos que se demandaban.

Finalmente, recordó la experiencia de acercamiento a la persona del Nazareno que vivió su tío junto al lago de Galilea, entre el 15 de mayo y el 15 de junio de 1966: “nada, le confesó a su sobrino, habría sido igual sin aquella experiencia de Jesús”. Lo allí experimentado me marcó para bien y para siempre mi vida.

En síntesis, concluyó, mi tío es un apasionado de Jesús, de los pobres, de los alejados de la fe y una persona obsesionada por la paz. Y, siempre, un excelente comunicador y mejor persona.

A continuación, intervino Fernando Gonzalo Bilbao, vicario general durante casi cuatro décadas de la Diócesis hermana de Vitoria-Gasteiz. Fue nombrado para tal tarea el año 1979, el mismo en el que también lo fue José Antonio Pagola en Donostia. Fernando expuso la importante intervención de José Antonio en las cartas pastorales de los obispos del País Vasco y Pamplona y Tudela de aquellos años y cómo prestaba siempre una particular atención a ofrecer diagnósticos positivos y esperanzados, a pesar de los graves problemas de aquellos tiempos. Es mucho —concluyó— lo que las tres diócesis vascas y las de Pamplona y Tudela le debemos a José Antonio.

La tercera de las intervenciones fue la de Félix Azurmendi, amigo y colaborador durante décadas. Lo definió como amigo, compañero de viaje y maestro —en euskera: “lagun, bide-lagun eta maisu”— destacando su capacidad para escuchar y acompañar a sacerdotes, religiosos y laicos. Igualmente, lo describió como una persona “buena y fiel”, que “ha sufrido mucho en la Iglesia, con la Iglesia y por la Iglesia”, pero sin perder nunca la serenidad ni el compromiso.

Mario González, miembro del equipo editorial de PPC y coordinador de los “Grupos de Jesús”, intervino en cuarto lugar para recordar que los comentarios del evangelio dominical escritos por Pagola se publican en 8 lenguas. Son enviados a más de 3.000 personas y colectivos, siendo leídos en todo el mundo.

La anteúltima de las intervenciones de esta primera parte de la jornada correspondió a María Jesús Guerra. Quien fuera delegada de comunicación en el episcopado de Juan María Uriarte recordó cómo José Antonio puso en marcha el centro cristiano de la mujer, cómo resaltó en sus publicaciones la actitud y el comportamiento revolucionario que Jesús tuvo con las mujeres en su tiempo y lo grande que es la tarea que —todavía en nuestros días— le queda por recorrer a una buena parte de la Iglesia —la de la base y la jerárquica— en el reconocimiento de la igual dignidad y responsabilidad de la mujer. También José Antonio, concluyó, fue —y sigue siendo— un adelantado a su tiempo y a su Iglesia en esta urgencia.

 

Y digo que la de María Jesús Guerra fue la anteúltima porque la final fue una doble y breve intervención del lehendakari Imanol Pradales y otra, no menos corta, del mismo José Antonio.

 En un mensaje grabado, el lehendakari, Imanol Pradales sostuvo que José Antonio Pagola “no es un sacerdote cualquiera en la Iglesia de Gipuzkoa y del País Vasco, ni en la Iglesia universal”. Recordó su labor como vicario general de la diócesis de San Sebastián junto a los obispos José María Setién y Juan María Uriarte, “trabajando discretamente junto a ellos en tiempos difíciles” y destacó que siempre desempeñó esa tarea “con la paz como meta y la dignidad de la persona como eje central”, en una Iglesia arraigada en el pueblo y “al servicio del Evangelio”. Y dirigiéndose a José Antonio le dijo de manera reconocida: “has ayudado a las mujeres y hombres cristianos y a tantos hombres y mujeres de nuestro pueblo y de todo el mundo”.

Cerró el acto José Antonio Pagola, sintetizando las intervenciones habidas en seis puntos que estuvieron precedidos por un comentario, a la vez, agradecido e irónico en referencia a lo escuchado esa mañana en Añorga: “no pensaba que hubiera sido tan bueno…”. Como era de esperar, fue acompañado de un largo y caluroso aplauso.

La eucaristía, estuvo presidida por el obispo de San Sebastián. En su homilía reconoció que José Antonio era un gran y cercano comunicador de la fe, algo que hay que agradecerle como Iglesia. Y más en una sociedad secularizada como la nuestra. 

A lo largo de esta jornada, se pudieron escuchar muchos comentarios, No me resisto a recoger dos.

En el primero, se deseaba que, siguiendo el ejemplo de este grupo de amigos, también la Iglesia de S. Sebastián tributara a José Antonio el homenaje que tenía más que bien merecido, tanto por su entrega a la diócesis y a la sociedad guipuzcoana como por su magnífico trabajo de investigación histórico-crítica y, sobre todo, de difusión teológico-pastoral.

En el segundo, se invitaba a esperar —sin desesperar— que si algún día, el actual y problemático obispo de Vitoria-Gasteiz es removido, el siguiente tramite la petición al Dicasterio vaticano correspondiente para que ¡por fin! se le conceda a José Antonio Pagola el “doctor honoris causa” que —aprobado en su día por el Consejo de Facultad de Vitoria-Gasteiz y bloqueado por D. Juan Carlos Elizalde— se le debe.

Como se puede apreciar todavía queda tarea: a los amigos, para seguir recordando algo de lo mucho y bueno que ha sido —y afortunadamente, todavía sigue siendo— la aportación de José Antonio Pagola. A la Facultad de teología de Vitoria-Gasteiz y al siguiente obispo, para que no olviden que tienen una deuda pendiente con un teólogo, probablemente, el más leído y traducido en estas últimas décadas, al menos, en español. Y a José Antonio, para que siga escribiendo y, de esta manera, acompañándonos.

 

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