Fuente: La Vanguardia
Por Armand Puig i Tàrrech
21/06/2026
El entusiasmo y la unanimidad han caracterizado el viaje del papa León a las tierras hispánicas. En una sociedad que tiende a mirar con demasiado poca misericordia a los inmigrantes y a los extranjeros, han resonado palabras contundentes sobre la acogida y la integración. En una sociedad en la que nadie pone en duda el cuidado de la propia vida hasta llegar al predominio del amor por uno mismo, se han oído invitaciones a cuidar de la vida de los otros, desde el primero al último momento de la existencia. En una sociedad marcada por la polarización y las descalificaciones, han brillado llamamientos constantes a la unidad y a la concordia. La palabra amable y firme de un heraldo del Evangelio de Jesús ha llenado plazas y estadios, iglesias y monasterios. Era una palabra acompañada de gestos cálidos y sinceros, de bendiciones y abrazos, que emocionaban y desvelaban los repliegues secretos del alma. La visita del papa León ha sido un tsunami espiritual que ha tocado la vida de mucha gente.
La primera lección del viaje papal ha sido la proximidad con las personas. Todo aquello que el Papa decía o hacía, era fruto del afecto por los que habían querido saludarlo personalmente, estuvieran en la Plaza de Lima, en Madrid, en la calle Rosselló, en Barcelona o cerca del mar, en las Canarias. Eran gentíos entusiastas pero no anónimos, deseosos de escuchar, entre los que despuntaban los niños que el Papa bendecía. Emergía el Padre Robert, obispo de la lejana Chiclayo, en Perú, ahora obispo de Roma y pastor de la Iglesia universal. Los heridos por la vida que testimoniaban sus heridas, las mujeres efusivas de la prisión de Brians, los africanos llegados a las Canarias, supervivientes de los que habían muerto de esperanza: de todos y de todas se hacía cargo el Santo Padre con su sonrisa franca y su palabra auténtica.
La visita del papa León ha sido un tsunami espiritual que ha tocado la vida de mucha gente
León ha recordado incansablemente que el otro, aquel que tengo delante, es un ser humano investido de dignidad. Antes de ser uno de aquí o uno de allí, un connacional o un extranjero, es una persona humana, y como tal tiene derecho a una vida digna, se quede en su país o se vaya a otro. El Papa niega la legitimidad de la expulsión inmediata y de los centros de internamiento para emigrantes en otros países. De hecho, no puede razonar en términos de “primero” o de “prioridad” una Europa envejecida, que sufre un invierno demográfico y que necesita manos y energías para cuidar de sus ancianos y para hacer los trabajos duros que los autóctonos rechazan. Las ideologías no salvan. Salvan la dignidad, la justicia y la fraternidad.
Salva la mirada hacia el otro. En su viaje, el Papa ha hablado tal como habla Jesús en el Evangelio. Los pobres no pueden ser expulsados de la historia.
La segunda lección del viaje del papa León es el desvelo de una nueva conciencia colectiva y personal. Llegados al primer cuarto de siglo, nos podemos preguntar, viendo lo ocurrido estos años, si no hay que reconstruir el mundo. El destino natural de las personas y de los pueblos es vivir en el diálogo y en la concordia, en una paz desarmada y desarmante, en expresión feliz del Papa. La fascinación por la guerra es fruto de la manipulación y de la confusión. No se puede normalizar la guerra, subraya León XIV.
El mundo solo será reconstruido si la paz y la amistad social se convierten realmente en la “prioridad”, y con ellas la justicia. Muchos están insatisfechos del mundo donde viven, y se ha instalado en el cuerpo social una mezcla de egoísmo, de resignación y de indiferencia. El viaje del Papa supone un revulsivo, un estímulo para un cambio, que tiene que empezar en el corazón de cada uno y que tiene que incluir a los que tienen responsabilidades políticas y económicas, sociales y culturales, y también religiosas. El papa León, él mismo, ha sido un mensaje, una buena noticia, una bendición.
El Papa niega la legitimidad de la expulsión inmediata y de los centros de internamiento para emigrantes en otros países
La tercera lección del viaje es la eclosión de un icono mundial (la Sagrada Família) y de un catalán convertido en figura universal (Antoni Gaudí). La frase “primero el amor, después la técnica” brilló en el cielo de Barcelona. La ciudad y, en concreto, su Iglesia, con toda Catalunya, tiene que custodiar la memoria de Gaudí, hombre tocado por Dios en su fe y en su arquitectura. También el papa León, como Gaudí, habla en su encíclica Magnifica humanitas de la “civilización del amor” y de “la grandeza de la persona humana ante las promesas de la inteligencia artificial”. La técnica (el paradigma tecnocrático y el poder digital) tiene que ser guiada por el ser humano, que no tiene que perder el control.
En la era digital, continúa el Papa, la cultura del poder y de la fuerza tienen que dejar paso a un mundo diverso, construido según la civilización del amor. Antoni Gaudí supo fecundar la técnica con el amor, la materia con el espíritu, la arquitectura con el símbolo, aquello visible con aquello invisible. La basílica de la Sagrada Família es la síntesis de la montaña de Montserrat, tan amada por el Papa, y del Canto espiritual de Joan Maragall, el poeta amigo de Gaudí. La “gran iglesia” es luz y es fuego, tal como apareció a los ojos del mundo tras la bendición papal de la torre de Jesucristo.

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