viernes, 17 de julio de 2026

La dimensión mística según Panikkar

El último libro de Francesco Roat —ensayista, publicista y narrador originario de Trentino, antiguo profesor de literatura de secundaria— se titula La dimensione mistica secondo Raimon Panikkar (Àncora, Milán, 2026). Giordano Cavallari lo entrevistó para nosotros.

Fuente:   settimananews

Por:    Francesco Roat

17/07/2026

 


Estimado Francesco, al ofrecer al lector información biográfica sobre Raimon Panikkar, ¿podrías presentar su propio resumen de su vida: "Comencé como cristiano, descubrí que era hindú y regresé como budista, sin dejar de ser cristiano"?

Esa famosa declaración, probablemente la más citada de Panikkar, es también una de las más malinterpretadas. A primera vista, podría parecer la confesión de alguien que ha abandonado gradualmente el cristianismo para abrazar otras religiones. En realidad, quería decir exactamente lo contrario. Su experiencia demuestra que un encuentro profundo con otras tradiciones religiosas no necesariamente conlleva la pérdida de la propia identidad, sino que, por el contrario, puede enriquecerla y hacerla más consciente.

Su propia biografía lo predispuso casi naturalmente a esta apertura. Nacido en Barcelona en 1918, hijo de un padre indio de tradición hindú y una madre católica catalana, Panikkar se vio inmerso desde niño en un clima de pluralidad cultural y religiosa. Sin embargo, el verdadero punto de inflexión llegó en la década de 1950, cuando viajó a la India. Fue entonces cuando comprendió que el hinduismo y, en cierta medida, el budismo no eran simplemente sistemas filosóficos ni religiones "ajenas", sino auténticos caminos para experimentar el Misterio.

Sin embargo, siempre seguirá siendo un sacerdote católico y continuará considerando a Cristo como el punto de referencia decisivo en su camino espiritual, incluso interpretando el misterio de una manera muy original.

En resumen, esa frase no describe un camino de sustitución, sino de integración. Es el testimonio de un hombre convencido de que la verdad es demasiado vasta como para que una sola tradición pretenda agotarla, y de que un compromiso auténtico con los demás puede profundizar la comprensión de la propia fe.

 

Como usted menciona en el libro, Panikkar, en sus últimos años, vivió "una forma de monacato laico y contemplativo": ¿podría explicarlo?

Aquí también, Panikkar nos invita a superar los estereotipos. Para él, el monacato no es principalmente sinónimo de pertenecer a un monasterio o a una orden religiosa. Más bien, es una actitud fundamental ante la vida: vivir con sencillez, cultivar el silencio, dar cabida a la contemplación y evitar la dispersión que caracteriza gran parte de la vida moderna.

En sus últimos años, ya retirado en Tavertet, Cataluña, llevó una vida sumamente sobria. Continuó escribiendo, estudiando y recibiendo a estudiantes, investigadores y amigos de todo el mundo, pero todo ello a un ritmo muy alejado del frenético ritmo de su época.

Para él, la contemplación no era un simple interludio en el día, sino la esencia misma de estar en el mundo. Hablaba a menudo de la necesidad de un «monacato secular», es decir, una vocación contemplativa abierta a laicos, casados ​​y personas plenamente inmersas en las responsabilidades de la sociedad. En definitiva, creía que el futuro de la espiritualidad dependía precisamente de la capacidad de redescubrir una interioridad no divorciada de los compromisos cotidianos.

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¿Qué es su "intuición cosmotheandrica"?

Probablemente sea la categoría más original y, a la vez, la más compleja desarrollada por Panikkar. Él mismo la consideraba el núcleo de su reflexión filosófica y teológica. El término combina tres palabras griegas: kósmos, el mundo; theós, Dios; y anér, el ser humano. Ninguna de estas tres dimensiones puede entenderse de forma aislada.

 

La cultura occidental moderna a menudo ha fragmentado lo que, según Panikkar, originalmente pertenecía a una sola narrativa. Por un lado, Dios fue concebido como totalmente externo al mundo; por otro, la naturaleza fue considerada un mero objeto de uso; finalmente, los seres humanos fueron colocados en el centro de todo, hasta el punto de convertirse en los gobernantes absolutos del planeta. El resultado fue una multiplicidad de fracturas: entre fe y razón, entre espíritu y materia, entre humanidad y naturaleza.

La intuición cosmo-teándrica, por otro lado, busca recomponer esta unidad sin confundir los distintos niveles de la realidad. No es una forma de panteísmo, pero tampoco es el dualismo tradicional que contrapone al Creador y la creación como dos realidades totalmente separadas. Más bien, todo existe en relación: el cosmos manifiesta una profundidad espiritual, los seres humanos están constitutivamente abiertos tanto al mundo como a lo divino, y no se puede concebir a Dios como ajeno a la historia y la vida.

 

En la teología de Panikkar, ¿cómo se relacionan las grandes religiones: el cristianismo, el hinduismo y el budismo?

Panikkar fue uno de los más grandes intérpretes del diálogo interreligioso del siglo XX, pero su perspectiva difiere notablemente tanto del simple irenismo como del sincretismo simplista. No sostiene que todas las religiones sean iguales ni que sus diferencias sean irrelevantes. Por el contrario, cree que cada una conserva una experiencia particular del Misterio, desarrollada a lo largo de una dilatada historia espiritual.

Para él, ninguna religión tiene el monopolio de la verdad, porque el Misterio trasciende inevitablemente toda formulación doctrinal. Pero esto no significa que todas digan lo mismo. Cada una ilumina diferentes aspectos de la experiencia religiosa y, precisamente por ello, puede convertirse en un regalo para los demás. Es significativo que Panikkar distinga el diálogo interreligioso de lo que él llama «diálogo intrarreligioso».

La confrontación más importante, de hecho, se produce en el interior de cada uno de nosotros, cuando el encuentro con otra tradición nos obliga a releer críticamente la nuestra, a distinguir lo que es esencial de lo que es simplemente histórico o cultural.

Como cristiano, Panikkar nunca ha dejado de reflexionar sobre la figura de Jesucristo, pero ha buscado demostrar su significado universal mediante el diálogo con el hinduismo y el budismo. Es precisamente esta disposición a trascender fronteras sin abolirlas lo que sigue haciendo que su pensamiento sea tan original y sorprendentemente relevante.

 

¿Qué quería decir con “Dios”?

Esta es probablemente la pregunta más difícil que me haces y, al mismo tiempo, la más crucial. Panikkar desconfiaba de las definiciones demasiado rígidas de Dios, pues creía que cualquier concepto era inevitablemente insuficiente para comprender el Misterio último. Por esta razón, prefería hablar de experiencia en lugar de teoría, de encuentro en lugar de demostración.

Dios no es principalmente un «objeto» de nuestro pensamiento, sino la realidad viva en la que estamos inmersos y de la que recibimos continuamente nuestro ser. Esto no significa que el Dios de Panikkar sea un principio impersonal o una vaga energía cósmica, como a veces se ha afirmado. Si bien se mantiene profundamente arraigado en la tradición cristiana, cree que el lenguaje sobre Dios debe purificarse continuamente de las imágenes demasiado humanas con las que solemos representarlo. Si reducimos a Dios a una entidad separada del mundo, a una especie de soberano situado por encima del cosmos, inevitablemente terminamos empobreciendo tanto a Dios como al mundo mismo.

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Hay muchas ideas y "conceptos" que se abordan; naturalmente, para comprenderlos por completo, es necesario leer el libro. Tomaré uno en particular que me gustaría que comentaras desde la perspectiva de Panikkar: "la aceptación serena de lo que nos puede suceder".

 

Es una frase que elegí porque me parece que resume acertadamente un rasgo esencial no solo del pensamiento de Panikkar, sino también de su estilo de vida. Hoy en día, tendemos a interpretar la existencia como algo que debe planificarse, controlarse y, posiblemente, dominarse. Vivimos inmersos en la ansiedad por el desempeño y en la creencia de que cada acontecimiento debe explicarse, gestionarse o corregirse de inmediato.

Panikkar, en cambio, propone una actitud radicalmente distinta: aprender primero a aceptar lo que sucede. Naturalmente, esto no implica una resignación pasiva ni una renuncia al compromiso ético. La aceptación es, más bien, la disposición a afrontar la realidad antes incluso de intentar cambiarla. Es una actitud contemplativa.

También me parece que aquí surge una consonancia con otras grandes tradiciones espirituales. Pensamos en el abandono confiado de muchos místicos cristianos, pero también en la atención budista al momento presente. En última instancia, se trata también de una actitud de humildad: aceptar que no todo depende de nosotros no disminuye nuestra responsabilidad, sino que la sitúa en un horizonte más amplio.

 

Panikkar, ¿un “místico” del “tercer milenio” o para el mismo?

Creo que esta definición le sienta a la perfección, siempre que entendamos el misticismo en su sentido más auténtico. Panikkar no estaba interesado en fenómenos extraordinarios, visiones ni experiencias excepcionales. Para él, el misticismo coincide con la capacidad de captar la profundidad de la realidad, de experimentar una relación con el Misterio que reside en el corazón mismo de la existencia cotidiana. Desde esta perspectiva, sus reflexiones parecen casi proféticas.

Muchos de los temas que hoy consideramos cruciales ya eran fundamentales en su obra: el diálogo entre religiones, la necesidad de superar el antropocentrismo moderno, la relación con la naturaleza, la crítica de una racionalidad exclusivamente técnico-científica, la necesidad de una espiritualidad que no huya del mundo sino que esté profundamente arraigada en él.

También es significativo que insista continuamente en la palabra «experiencia». Las religiones corren el riesgo de volverse rígidas cuando privilegian únicamente los aspectos institucionales o dogmáticos; en cambio, recuperan vitalidad cuando regresan a su fuente contemplativa. Por eso considero a Panikkar un autor particularmente importante para nuestro tiempo: no propone nuevas ideologías, sino una manera diferente de ver la realidad.

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¿Han pensado, entonces, que nosotros, los cristianos occidentales, tenemos mucho que aprender de la obra y la vida de Raimon Panikkar?

Sin duda, sí, aunque inmediatamente añadiría una aclaración. Mi libro no pretende ser una apología de Panikkar. Como todo gran pensador, deja preguntas abiertas, y algunas de sus posturas han suscitado, comprensiblemente, un animado debate en los círculos teológicos. No todo es igualmente convincente, ni todo puede aceptarse sin discernimiento. Sin embargo, lo que me parece verdaderamente fructífero es su invitación a recuperar la dimensión contemplativa del cristianismo.

En la tradición occidental, hemos desarrollado extraordinariamente los aspectos doctrinales, morales e institucionales de la fe, pero a veces hemos descuidado la experiencia interior. Panikkar nos recuerda que el cristianismo nace, ante todo, de un encuentro transformador, no simplemente de la adhesión a un sistema de ideas.

Una segunda lección concierne al diálogo. Vivimos en sociedades cada vez más plurales, donde los encuentros con personas de otras religiones o culturas forman parte de la vida cotidiana. Panikkar demuestra que el diálogo auténtico no implica relativismo, sino una fe lo suficientemente madura como para no temer la confrontación. Quienes están verdaderamente arraigados en su propia tradición pueden escuchar a los demás sin sentirse amenazados, reconociendo incluso que el otro puede ayudarles a comprenderse mejor a sí mismos.

No creo que Panikkar nos dé respuestas definitivas. Más bien, nos enseña a formular las preguntas correctas. Y quizás esta sea precisamente la característica de los maestros espirituales más auténticos: no ofrecen fórmulas para repetir, sino caminos abiertos que seguir.

Añadiré que escribí este libro en parte porque creo que Panikkar es menos conocido de lo que merece. Se le cita con frecuencia, pero no siempre se le lee con atención. Al acercarnos a su obra con paciencia y sin prejuicios, descubrimos a un autor que sigue planteando preguntas esenciales: ¿qué significa creer en el siglo XXI? ¿Cómo podemos vivir nuestra fe sin aislarnos de los demás? ¿Qué lugar ocupan el silencio, la contemplación y el Misterio en una civilización dominada por la tecnología?

 

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