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sábado, 27 de marzo de 2021

ETA ha escrito la página más negra de la historia del pueblo vasco

Fuente: Religión Digital

Por   Javier Elzo  (Sociólogo)

 

Javier Elzo: "En relación con ETA, la Iglesia vasca ha tenido más luces que sombras" 

 

Bastantes veces he escrito, a requerimiento de los medios de comunicación, el juicio que me merece la actuación de la Iglesia en el País Vasco. Tras leer el texto de Jesus Martinez Gordo en RD del pasado 20 de marzo, “La Iglesia vasca y ETA”, cuyos planteamientos comparto plenamente, y los comentarios que ha suscitado, me lleva a enviar estas breves notas, como complemento a lo dicho por Jesus Martinez Gordo, y como invitación a la reflexión de algunos comentarios a su texto.

Quiero confesar, de entrada, que no he leído “Patria” de Fernando Aramburu. Tampoco el libro de Pedro Ontoso “Con la Biblia y la Parabellum”, por mentar los dos libros que comenta Jesús Martinez Gordo. No tengo absolutamente nada contra Aramburu, menos aun contra Ontoso, con quien sigo manteniendo un cordial contacto desde mis años en Deusto. Sencillamente, lo que me pasa es que estoy, intelectual y, sobre todo, emocionalmente, saturado del tema ETA.

El año 2014 ajusté mis cuitas, debates, reflexiones y sufrimientos con el tema ETA, publicando en PPC, el libro, de más de 300 páginas, “Tras la losa de ETA. Por una sociedad vasca, justa y reconciliada”. He seguido, y sigo, escribiendo sobre la Iglesia, tanto planetaria, como europea, española y vasca, pero lo que tenía que decir de ETA, creo que ya lo he dicho.

Hoy solamente quiero traer aquí un apunte, sobre la Iglesia Vasca y ETA, de una conferencia, de temática más amplia, que pronuncié en Zaragoza y que reprodujo RD, antes de despegarse de “Periodista Digital”, en mayo de 2018. Decía que no hay que olvidar que Iglesia somos todos los que nos decimos católicos, no solamente los Obispos, y que no todos hemos actuado de la misma manera.

viernes, 4 de diciembre de 2020

Iglesia vasca: hay que cambiar y reinventarse

NOTA:    En el equipo de mantenimiento del BLOG hemos llegado a entender que, en las circunstancias que nos envuelven (el CONFINAMIENTO POR «COVID-19») bien podríamos prestar el servicio de abrir el BLOG a iniciativas que puedan redundar en aliento para quienes se sientan en soledad, incomunicadas o necesitadas de expresarse.

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Fuente: diario vasco

Por: MAITE SAEZ DE OLAZAGOITIA | EDUCADORA

Viernes, 4 diciembre 2020, 07:03

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Escribimos todavía conmocionados por el fallecimiento repentino del exvicario general de Bilbao Ángel María Unzueta; una gran pérdida en la medida en que ha sido un auténtico referente de la Iglesia vasca en las últimas décadas. Las personas que firmamos este artículo pretendemos poner las luces largas y mostrar nuestra preocupación con el rumbo de nuestras iglesias señalando la necesidad de abordar un cambio en profundidad del modelo.

No podemos permanecer ajenos/ as a los cambios de obispos que se están produciendo y se van a producir en nuestras diócesis. Adentrándonos en esta senda, reconocemos la urgencia de volver a ilusionar a las comunidades cristianas mediante nuestra participación en las decisiones de todo lo que nos afecta, en una Iglesia más sinodal, empezando por los nombramientos de nuestros respectivos obispos. Procedimiento que defendemos aunque los obispos nombrados, de forma vertical y sin consulta al Pueblo de Dios, fueran de nuestro agrado. Asimismo, la permanencia en el ministerio episcopal debería ser por un tiempo determinado. De este modo, evitaríamos que ejerzan durante décadas obispos que han demostrado no tener cualidades para el desempeño de esta tarea.

Pensamos que se deben revisar, por lo menos en nuestras diócesis, los procedimientos jurídicos actuales en los que no se garantiza el derecho a una defensa y a un juicio imparcial. Hay que erradicar cualquier atisbo de arbitrariedad y unilateralidad. El obispo no puede ser en una Iglesia corresponsable y sinodal, a la vez, fiscal, abogado y juez.

Además, es necesario generar procesos dinámicos y participativos en nuestras iglesias locales tales como la puesta en funcionamiento de asambleas diocesanas en las que sea posible diagnosticar, proponer y votar lo que nos parezca oportuno para no acabar siendo un residuo sino un resto esperanzado y significativo.

Vemos con mucha ilusión y esperanza el movimiento 'Revuelta' con el objetivo de erradicar la vulneración de derechos humanos de las mujeres en la Iglesia y de integrar en la misma la teología feminista; o la plataforma 'Voices of Faith' que convoca a un sínodo a las católicas de todo el mundo con el fin de conseguir el pleno reconocimiento y dignidad de las mujeres. Un grito, dicen, contra una institución clerical y patriarcal. Consideramos urgente exigir la plena igualdad de la mujer en el interior de la Iglesia, incluido el acceso al sacerdocio en las mismas condiciones que los varones. También consideramos innecesario exigir el carácter obligatorio del celibato en el acceso al ministerio ordenado.

Igualmente, creemos urgente la revitalización de la vida comunitaria propiciando nuevas formas de servicio, favoreciendo que las propias comunidades elijan a sus ministros/as en caso de ausencia prolongada o imposibilidad de ser atendidas de manera debida. Con el horizonte, siempre, de comunidades abiertas al diferente.

Y junto a ello, siguiendo un procedimiento ya ensayado en el postconcilio entre nosotros/as, los diferentes consejos deben dejar de ser meramente consultivos y pasar a ser decisorios, salvando la unidad de fe y la comunión eclesial. Hay que dejar atrás la concepción del laico como mero colaborador del clero, para defender la plena corresponsabilidad entre todos los bautizados/ as.

No podemos delegar cómodamente en el Papa Francisco toda la responsabilidad en las reformas que hoy necesita la Iglesia. La Iglesia vasca, al igual que lo están haciendo otras iglesias locales en el mundo, debe salir de su zona de confort y ponerse a la cabeza con valentía en el impulso a la renovación propiciada por el último Concilio, y que hoy es más necesaria que nunca.

En los días en los que hemos celebrado la Jornada mundial por los pobres y recordamos el Pacto de las Catacumbas (1965) queremos manifestar nuestra voluntad de recibir creativamente el Vaticano II en conformidad con lo que entendemos que es el punto central de dicho Pacto de las Catacumbas, que no es otro que poner nuestras comunidades al servicio de la justicia y de un orden social nuevo, dando prioridad a los pobres, trabajadores y sectores económicamente débiles y vulnerables.

Finalmente, creemos que, en este tiempo de pandemia, en el que se desmoronan tantas certezas, nos toca reinventarnos y repensar lo que debemos hacer y cómo lo podemos hacer. Y frente a un modelo netamente clerical y muy poco participativo, sabemos que no queremos ser meros convidados de piedra.

 

*Firman además:

Javier Madrazo (filósofo),
Javier Elzo (sociólogo),
Mari Jose Arana (teóloga),
Kontxi Bilbao (psicóloga), Jaime Tapia (juez)
y
Feli Regúlez (auxiliar de enfermería).

 

 

lunes, 17 de junio de 2019

La ambigüedad y la equidistancia de la Iglesia frente a ETA


          Esa es la valoración más frecuente que se suele hacer en muchos medios de comunicación cuando se pretende juzgar la relación que tuvo la Iglesia en el País Vasco con la organización terrorista ETA; la más frecuente, porque otras veces se le acusa también de complicidad como hicieron recientemente los actuales obispos de estas diócesis al pedir perdón  “por las complicidades, ambigüedades y omisiones de nuestras iglesias ante el terrorismo de ETA”. 
          Ha transcurrido aún poco tiempo desde que ETA decidió disolverse  como para poder hacer un relato compartido que pudiera recoger todos los aspectos de una historia de terror tan prolongada y dolorosa, sobre todo, para las que fueron víctimas de aquel enfrentamiento armado. Pero aún con el riesgo inevitable de ser parciales, debemos atrevernos a ofrecer nuestra valoración los que tuvimos la desgracia de vivir y de sufrir el nacimiento y el desarrollo de una organización que surgió como un movimiento de resistencia ante la dictadura y de defensa de los derechos y libertades del pueblo vasco y acabó siendo su verdugo y opresor.
          La primera consideración que hay que tener muy en cuenta es, que lo que sucedía en los años 60 cuando nació ETA, no se puede valorar solo desde la experiencia que tenemos ahora de la situación política y de la Iglesia. En los comienzos, aquellos jóvenes que se dieron a conocer como defensores de las libertades frente a la dictadura, fueron acogidos con simpatía y despertaron el interés y el apoyo de gran parte de la población. En algunas de las parroquias más comprometidas socialmente se acogió aquel nuevo movimiento y se le prestó apoyo ofreciendo los recursos de que disponían para celebrar reuniones y otras actividades. Era lo mismo que estaban haciendo con las organizaciones sindicales y políticas que se movían en la clandestinidad y encontraban en las parroquias de los barrios lo que la dictadura les negaba. Sólo la Iglesia tenía libertad para celebrar reuniones y asambleas y sólo ella disponía de locales para desarrollar sus actividades de culto y de catequesis. En muchas parroquias, de los barrios obreros sobre todo, se aprovecharon aquellos privilegios para ponerlos al servicio de los movimientos que defendían los derechos y libertades de la clase obrera. Por otra parte, en aquellos primeros años, ETA no era lo que luego llegó a ser y si algunos curas y parroquias protegieron a algunos de sus miembros no fue, en la mayoría de los casos, por apoyar sus ideas nacionalistas sino por defender sus derechos humanos negados y perseguidos por aquel régimen dictatorial. Eso explica, creo yo, una relación que, siendo además muy minoritaria, no puede dar pie a que se le atribuya a la Iglesia en el País Vasco una complicidad en el nacimiento y desarrollo de una organización que pronto abandonó su carácter defensivo y pasó a la acción cometiendo secuestros, extorsiones y asesinatos, muchas veces, de forma indiscriminada. Decir, como se ha dicho y se sigue repitiendo, que ETA nació en un seminario, si no fuera una calumnia, sería una broma de mal gusto para todos los que pasamos aquellos años en el internado de un seminario, como el de Derio, donde las ideas nacionalistas no solo no estaban promovidas sino duramente perseguidas.

          No se puede juzgar con verdad los acontecimientos de una historia sin tener en cuenta las circunstancias que la hicieron posible y que ahora, después de tantos años, podrán no solo conocerla sino también comprenderla. Hubo errores, sin duda, y en muchos de los casos que conocemos, actitudes ingenuas que no permitieron descubrir el alcance de lo que allí se estaba gestando. Muchas veces, el apoyo de algunas parroquias a los sindicatos y movimientos sociales clandestinos estaba motivado y reforzado por el deseo de lavar la cara de una Iglesia que había legitimado la guerra civil y apoyaba la dictadura beneficiándose con los privilegios que le concedía. Se quería hacer ver que había otra Iglesia que no estaba con los vencedores sino con los vencidos.

domingo, 20 de mayo de 2018

"Los obispos vascos no acaban de encontrar la mesura requerida ante la disolución de ETA"

(En RD, 19.05.2018)
(Jesús Martínez Gordo, teólogo).-

El pasado 20 de abril ETA reconocía haber causado "daño" en el marco de un "sufrimiento desmedido" que ya "imperaba" antes de que hubiera nacido ("muertos, heridos, torturados, secuestrados o personas que se habían visto obligadas a huir al extranjero") y que seguía subsistiendo una vez "abandonada la lucha armada".

Mostraba, seguidamente, su "respeto" por los muertos y heridos de sus "acciones" y pedía perdón a las víctimas que había provocado sin que hubieran participado directamente en el conflicto. Manifestando "respeto" por unas y pidiendo "perdón" a otras, establecía una diferenciación entre ellas y dejaba entrever la razón de fondo del comunicado: hemos perdido una batalla, pero no la guerra (es de suponer que solo política a partir de ahora). Y, como es sabido, en todas las batallas siempre hay víctimas que se merecen el "respeto" de quien agrede o repele e inevitables "daños colaterales" por los que hay que pedir "perdón", aunque no guste. A las pocas horas de conocerse esta declaración, los obispos de San Sebastián, Bilbao y Vitoria, junto con los de Pamplona y Bayona, sostenían que en el seno de la Iglesia vasca se habían dado "complicidades, ambigüedades y omisiones" con la violencia terrorista. Pedían, por ello, "sinceramente perdón".

El dolor provocado por esta declaración episcopal ha sido enorme entre muchos de los católicos vascos que han permanecido durante décadas en las primeras filas del pacifismo o que han defendido, contra viento y marea, la urgencia de reconducir el llamado "problema vasco" a parámetros estrictamente políticos o que, incluso, han llegado a sufrir en sus propias carnes la violencia, las amenazas, las extorsiones, el terror y el hostigamiento de ETA.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Nuestra Iglesia ha sido responsable, cuando menos por omisión


Demetrio Velasco (en R. D.): "No pudimos coincidir en una condena explícita y clara de ETA"

"Nuestra Iglesia ha sido responsable, cuando menos por omisión, de un proceso de nacionalización de la sociedad vasca"

(Demetrio Velasco. Sacerdote diocesano de Bilbao y catedrático emérito de la Universidad de Deusto).-



Leí con agrado la declaración de los obispos de Pamplona, Bilbao, San Sebastián, Vitoria y Bayona, reconociendo cierta complicidad, ambigüedad y silencio de la Iglesia vasca ante el fenómeno de ETA y de su entorno legitimador y pidiendo perdón por ello. En mi opinión, la autocrítica, cuando es sincera, aunque sea tardía, tiene siempre una virtualidad positiva para todos.

Por la misma razón he leído con extrañeza y pesar el texto de P. Meabe, P. Etxebeste y A. García, antiguos compañeros de los Secretariados Sociales de las diócesis vascas, titulado "La Iglesia vasca no se ha callado jamás ante los crímenes de ETA", porque, además de afirmar que la declaración de los obispos es "una acusación de parte, carente de objetividad", proclaman con excesiva contundencia algo que siempre me ha parecido nefasto en el proceder apologético de ciertas instancias clericales: afirmar que la Iglesia siempre ha estado donde debía y jamás ha sido cómplice de los crímenes ajenos.

Confieso que también a mí me ha costado escribir estas líneas porque hace ya bastante tiempo que había dejado de opinar críticamente sobre la forma en que nuestra Iglesia ha interpretado su autocomprensión, su relación con la sociedad y su forma de presencia pública en la misma. Pero he creído que, en estos momentos en que todos estamos llamados a construir una memoria lo más fidedigna posible con lo que ha sucedido en nuestra sociedad, no debía permanecer en silencio.

viernes, 13 de marzo de 2015

El ‘otro’ obispo de Vitoria, 20 años atrás


Ángel Salvatierra, elegido nueva cabeza visible de la diócesis, falleció en Ecuador poco después de su nombramiento 

(De P.D.)

El 5 de agosto de 1995, festividad de La Blanca en Vitoria, y a las 9 de la noche del día 4 de agosto en Ecuador, fallecía de un infarto el misionero Ángel Salvatierra, quien, según relata su familia, había recibido la comunicación de la nunciatura de su nombramiento como obispo de la Diócesis de Vitoria.

La historia la recuerda con cariño y con orgullo su hermano, José Manuel Salvatierra: “mi hermano trabajaba para la Conferencia Episcopal Ecuatoriana y a su paso por Vitoria tras una visita que había realizado a Roma junto con el presidente de la Conferencia Episcopal de Ecuador a cuenta de algunas discrepancias relacionadas con el catecismo que se había publicado en aquellas tierras, nos comentó que alguien en la curia vaticana ya le había anunciado: “Ángel prepárate que vas a ser obispo”, pero no aclaró nada más.”

Esto sucedía a finales de mayo de 1995. Ángel Salvatierra regresó a Ecuador y, de manera repentina perdía la vida por un infarto en la noche del 4 de agosto, ya 5 en España.

A los dos años de la muerte de Ángel Salvatierra su hermano José Manuel se trasladó junto con su esposa a Ecuador, platicaron largas horas con el carmelita, arzobispo emérito de Cuenca (Ecuador), Luis Alberto Luna Tobar, que debía ser como el “padre espiritual” de Ángel Salvatierra. Este les contó que por esas fechas, las de su muerte, la nunciatura le había comunicado su nombramiento como obispo de Vitoria.

Nadie sabrá ya si fue su incansable ritmo de trabajo o la impresión de la noticia lo que su corazón no pudo resistir.

Monseñor Luna Tobar firmaría un escrito que se haría público en el Diario HOY pocos días después de la muerte de Ángel: “En los ambientes de Iglesia, en el Ecuador, no necesita presentación. Su figura, su presencia, su recuerdo y su trabajo están vivos. Hay luces que jamás se apagan, hay energías que nunca dejan de entregar su fuerza.