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lunes, 17 de junio de 2019

La ambigüedad y la equidistancia de la Iglesia frente a ETA


          Esa es la valoración más frecuente que se suele hacer en muchos medios de comunicación cuando se pretende juzgar la relación que tuvo la Iglesia en el País Vasco con la organización terrorista ETA; la más frecuente, porque otras veces se le acusa también de complicidad como hicieron recientemente los actuales obispos de estas diócesis al pedir perdón  “por las complicidades, ambigüedades y omisiones de nuestras iglesias ante el terrorismo de ETA”. 
          Ha transcurrido aún poco tiempo desde que ETA decidió disolverse  como para poder hacer un relato compartido que pudiera recoger todos los aspectos de una historia de terror tan prolongada y dolorosa, sobre todo, para las que fueron víctimas de aquel enfrentamiento armado. Pero aún con el riesgo inevitable de ser parciales, debemos atrevernos a ofrecer nuestra valoración los que tuvimos la desgracia de vivir y de sufrir el nacimiento y el desarrollo de una organización que surgió como un movimiento de resistencia ante la dictadura y de defensa de los derechos y libertades del pueblo vasco y acabó siendo su verdugo y opresor.
          La primera consideración que hay que tener muy en cuenta es, que lo que sucedía en los años 60 cuando nació ETA, no se puede valorar solo desde la experiencia que tenemos ahora de la situación política y de la Iglesia. En los comienzos, aquellos jóvenes que se dieron a conocer como defensores de las libertades frente a la dictadura, fueron acogidos con simpatía y despertaron el interés y el apoyo de gran parte de la población. En algunas de las parroquias más comprometidas socialmente se acogió aquel nuevo movimiento y se le prestó apoyo ofreciendo los recursos de que disponían para celebrar reuniones y otras actividades. Era lo mismo que estaban haciendo con las organizaciones sindicales y políticas que se movían en la clandestinidad y encontraban en las parroquias de los barrios lo que la dictadura les negaba. Sólo la Iglesia tenía libertad para celebrar reuniones y asambleas y sólo ella disponía de locales para desarrollar sus actividades de culto y de catequesis. En muchas parroquias, de los barrios obreros sobre todo, se aprovecharon aquellos privilegios para ponerlos al servicio de los movimientos que defendían los derechos y libertades de la clase obrera. Por otra parte, en aquellos primeros años, ETA no era lo que luego llegó a ser y si algunos curas y parroquias protegieron a algunos de sus miembros no fue, en la mayoría de los casos, por apoyar sus ideas nacionalistas sino por defender sus derechos humanos negados y perseguidos por aquel régimen dictatorial. Eso explica, creo yo, una relación que, siendo además muy minoritaria, no puede dar pie a que se le atribuya a la Iglesia en el País Vasco una complicidad en el nacimiento y desarrollo de una organización que pronto abandonó su carácter defensivo y pasó a la acción cometiendo secuestros, extorsiones y asesinatos, muchas veces, de forma indiscriminada. Decir, como se ha dicho y se sigue repitiendo, que ETA nació en un seminario, si no fuera una calumnia, sería una broma de mal gusto para todos los que pasamos aquellos años en el internado de un seminario, como el de Derio, donde las ideas nacionalistas no solo no estaban promovidas sino duramente perseguidas.

          No se puede juzgar con verdad los acontecimientos de una historia sin tener en cuenta las circunstancias que la hicieron posible y que ahora, después de tantos años, podrán no solo conocerla sino también comprenderla. Hubo errores, sin duda, y en muchos de los casos que conocemos, actitudes ingenuas que no permitieron descubrir el alcance de lo que allí se estaba gestando. Muchas veces, el apoyo de algunas parroquias a los sindicatos y movimientos sociales clandestinos estaba motivado y reforzado por el deseo de lavar la cara de una Iglesia que había legitimado la guerra civil y apoyaba la dictadura beneficiándose con los privilegios que le concedía. Se quería hacer ver que había otra Iglesia que no estaba con los vencedores sino con los vencidos.

jueves, 8 de marzo de 2018

PEDIR PERDÓN Y FOMENTAR LA RECONCILIACIÓN


Publicado por Colaborador de alandar  octubre, 2016




Carta de las Comunidades Cristianas de Base de Navarra

Ante las alegaciones, presentadas por las Autoridades Diocesanas, a los procedimientos en curso para exhumar los restos de los difuntos contenidos en el mausoleo conocido como Monumento a los Caídos, sito en la Plaza de la Libertad de Pamplona, en nombre de las Comunidades Cristianas de Base, queremos hacer una llamada  a los obispos y a la Iglesia de Navarra.

Al comenzar, como cristianas y cristianos, expresamos nuestro respeto a los familiares de los difuntos cuyos restos yacen en la cripta y deseamos para éstos que reposen en la paz del Dios, misericordioso para con todos, en quien creemos.


Los obispos deben retirar las alegaciones a la exhumación de los restos del Monumento a los Caídos y renunciar al usufructo de la cripta






















No podemos ignorar tres cosas:

·                     El papel, la responsabilidad y significación que Emilio Mola y José Sanjurjo tuvieron en el golpe de Estado del año 1936 y sus secuelas, en forma de represión criminal y cruenta en Navarra, donde no hubo frente de guerra.

·                     El inequívoco carácter de exaltación que el mausoleo tiene de unos comportamientos inaceptables desde la lógica democrática y la exigencia de derechos humanos, pero también desde el punto de vista evangélico y cristiano. Pretendidas razones, supuestamente sagradas,  o legales, no pueden justificar o encubrir la violencia y el crimen.

·                     El papel de la Iglesia Española en general, y de la Navarra en particular, que, salvo algunas honrosas excepciones, además de bendecir y caracterizar como “Cruzada” aquella oscura y trágica sublevación, no estuvo al lado del derecho de los débiles y perseguidos, de las víctimas y sus familias, de la justicia en suma.

Pero también queremos señalar otros tres hechos:

miércoles, 5 de abril de 2017

A los 80 años de los siete muertos en Zeanuri, 1937.04.07



Jose Mari Kortazar
 

Fallecidos el 7 de abril de 1937 en Zeanuri

Florencio Etxebarria, pastor, Beretxikorta
Ramón Etxebarria, pastor, Beretxikorta
Jesús Urutxurtu, niño, Plaza
Esteban Astondoa, labrador, Zulaibar
Benito Atutxa, párroco de Zeanuri, Plaza
León Zuluaga, baserritarra y concejal nacionalista, Plaza
Vicente Ocerinjauregui, franciscano, Altzua. Su cadáver no se ha encontrado todavía.

 Hilten banabe, lehenago zerure


“Si me asesinan, antes (iré) al cielo”. Esta frase que decía Don Benito párroco de Zeanuri, en aquellos tiempos convulsos de la guerra civil, se convirtió en profética. La parroquia de Andra Mari Zeanuri recordará a las 7 víctimas mortales del día 7 de abril en su ochenta aniversario. Este año Domingo de Ramos, 9 de abril, en la misa de 11:30.


Don Benito Atutxa Agirrelezeaga nació un 21 de marzo de 1882 en el caserío Lezea, hijo de Donato y Micaela, según nos recuerda Don Pedro Atutxa en un cuadro, con su fotografía y una reseña de su vida, visible en una pared de la sacristía de la Parroquia de Santa María de Zeanuri.

Don Benito, entre otras obras, fue el propulsor de ampliar la ermita de Igiriñao, en el Gorbea.


Gorbeiako baseliza handitzeko asmoa

Baselizatxo hau benetan txikia zan, barruan bi lagunentzako tokia baino ez egoan-eta. Hori dala-ta –halaxe gogoratzen deusku Gurutzi Arregik- On Benito de Atutxak baseliza handiagoa egiteko baimena eskatu eban, “txangozale eta inguru haretako bizilagun apalentzat”. Planoak ere gordetzen dira Labayru Ikastegian; baita baimen-eskaria eta dirua batzeko propaganda-batzordearen datuak ere; baina ahalegina bertan behera geratu zan.


Baseliza barrirako dirua batzeko Batzordea:

Benito de Atutxa (Zeanuriko parrokoa)
Concepción Gangoiti de Uriarte
Isabel Azkue de Belausteguigoitia
Juana Chalbaud de Rotaeche
Antón de Echevarria (Gorbeiako artzaina).
Zeanuri, 1931ko bagilla



martes, 20 de mayo de 2014

Los curas republicanos que Franco asesinó y que la Iglesia quiere condenar al olvido



MANUEL ÁNGEL MENÉNDEZ (en cuartopoder.es)



Eran ‘curas sociales’. Luego, en los sesenta y setenta, sus sucesores serían llamados ‘curas obreros’, o ‘curas rojos’, pero en 1936 ellos eran sólo ‘curas sociales’. Pensaban que era compatible la religión católica con la justicia y con la democracia, con el trabajo digno y con un salario justo. Y por eso fueron liquidados por Franco y condenados al olvido por los jerarcas católicos que bendijeron  a los rebeldes y les llamaron ‘santos cruzados’.

El número de estos sacerdotes republicanos exiliados, encarcelados o asesinados por el franquismo no es aún conocido, pero un grupo de historiadores coordinado por el catedrático Feliciano Montero ha rasgado el velo del olvido y ha publicado un libro que demuestra que no todos los sacerdotes españoles estaban ni con Pío XII ni con el cardenal Gomá, y mucho menos con Franco. Pero, eso sí: estos curas republicanos y mártires jamás subirán a los altares.

En definitiva, los “curas republicanos”, los “curas rojos”, aquellos sacerdotes que tuvieron la osadía de apoyar la Segunda República y colaborar con ella, lo pagaron muy caro: han sido doblemente olvidados, doblemente represaliados. Como el resto de los vencidos, sufrieron la represión política del régimen de Franco; es decir, muerte, cárcel y exilio; pero, también, la represión eclesiástica: desarraigo, ostracismo, sanciones canónicas y excomuniones… y, sobre todo, el silencio ominoso y el olvido.

Su pecado fue mortal, porque constituían la prueba viviente de que era posible ser católico y republicano, sacerdote y demócrata, de que la guerra civil no era una ‘cruzada’… y mucho menos ‘santa’, como sostenía el cardenal Gomá, arzobispo de Toledo y primado de España, quien escribiera: “¿La guerra de España es una guerra civil? No; una lucha de los sin Dios [...] contra la verdadera España, contra la religión católica”, calificando a Franco como un “instrumento de los planes de Dios sobre la Tierra”. ¿Eran ateos los sacerdotes asesinados por los franquistas? No, y nunca serán beatificados… pero han roto el mito de que sólo el bando republicano represaliaba a las sotanas.

A los altares nunca subirá, por ejemplo, Francisco González Fernández, el maestro y cura de Mijas (Málaga) asesinado en enero de 1938, con tan sólo 41 años, por las hordas franquistas después de un juicio sumarísimo. Su gran pecado fue el haber sido y ser republicano. Antes, esas mismas hordas habían asesinado, por ejemplo también, a Matías Usero, por el mismo delito, y esos mismos rebeldes asesinaron a un número incontable de sacerdotes republicanos o nacionalistas vascos y catalanes por el gran pecado de no condenar una sublevación deshonrosa y traidora.