Cuba atraviesa actualmente una de sus crisis más agudas, con la industria y el turismo en mínimos históricos y un sector energético colapsado tras el bloqueo petrolero y la pérdida del apoyo político de Venezuela desde enero pasado. En este contexto de inflación y servicios básicos limitados, la población sobrevive intentando sobrevivir día a día, entre apagones y escasez de agua. Son ellos quienes sufren las peores consecuencias. En este contexto, la Iglesia busca ser un faro de esperanza. Recibimos un mensaje de voz de un misionero religioso en la isla, que transcribimos a continuación. Sus palabras reflejan lo que vive la gente y, al mismo tiempo, su espíritu revela la experiencia de un Dios que acompaña a quienes sufren.
Fuente: SettimanaNews
Por: Manuel Lagos (editado por)
17/032026
Son las 11:30 de la noche y reina el silencio. La ciudad descansa tras un día de ajetreo bajo un sol abrasador, intentando "llegar a fin de mes". El tiempo se escapa entre las colas de las tiendas, donde la gente busca arroz o frijoles, una pastilla de jabón o una junta para la lavadora. Los cubanos viven al día porque es imposible vivir de otra manera. Como dicen, donde hay pan, no hay jamón; donde hay jamón, no hay pan.
Y es literalmente así; siempre falta algo. Mientras escribo estas líneas, son las 11:40 de la mañana y el silencio se ha roto como la profunda oscuridad. En cada casa se oye el tintineo de los platos, la gente sale a buscar agua. Se oyen gritos: ¡ha vuelto la luz!
Sin importar la hora, todos salen a lavar la ropa, cocinar o reparar algo, a ejercer su oficio, porque sin luz, sin electricidad, no se puede hacer nada. Esto no significa que venga con conexión telefónica o internet. Eso ya es un lujo del que se puede disfrutar como mucho una hora al día, a veces al amanecer.
La situación ha empeorado día a día desde que Estados Unidos bloqueó la entrada de petróleo crudo a la isla en enero pasado. El régimen se mantiene firme en su postura de "no nos rendiremos" y exige un esfuerzo adicional a la población. Es difícil saber qué más se puede sacrificar. "No es fácil" es la frase que más se repite entre todos con quienes hablamos. La crisis del petróleo ha paralizado toda la actividad económica restante, incluyendo la industria manufacturera y el turismo. Ahora, después de la economía, le toca el turno al sector servicios.
El transporte está prácticamente paralizado. Los médicos y profesores viajan uno o dos días a la semana, si tienen suerte. La gente, si no encuentra transporte, no trabaja. Si hay electricidad, hornean pan; si no, no. Si hay electricidad, pueden sacar dinero; si no, no. Lo mismo ocurre con los numerosos trámites de este sistema absurdo e hiperburocrático. Todo es difícil, incluso las cosas más sencillas: pagar con tarjeta, comprar lejía, lavar la ropa. Finalmente, cuando todo parecía especialmente difícil, llegó la humillación definitiva: no hay agua corriente. Concretamente, llevamos 10 días sin agua, trayendo bidones de la parroquia. Hoy, por fin, el depósito de allí también se ha vaciado. Gracias a Dios, ya dependemos de paneles solares, así que los apagones no nos afectan tanto. Estamos bien; siempre comemos lo mismo, pero comemos. Todos los días tenemos que intentar "resolver" algo, pero gracias a Dios, lo conseguimos.
Sin embargo, en medio de esta crisis, no pasa un instante sin que la esperanza y las bendiciones broten como la primavera, por muy duro que sea el invierno. La parroquia cuenta con una comunidad vibrante, sedienta de Dios y que expresa a diario su gratitud por nuestra presencia. Es algo que les asombra: todos quieren irse de aquí, y nosotros hemos decidido quedarnos.
En cada actividad encontramos una bendición: los rostros agradecidos cuando visitamos a los enfermos, la alegría espontánea de los niños en el catecismo, el grupo de jóvenes deseosos de reunirse los sábados. La gente nunca deja de invitarnos a sus hogares, compartiendo lo que no tienen. «Esta es tu casa», nos dicen siempre. Nos han recibido con gran gratitud; han comenzado los cursos de catecumenado para adultos y de preparación para el matrimonio, se han organizado acólitos y lectores, y un coro maravilloso nos ha acompañado.
Durante la Cuaresma se ofrece acompañamiento espiritual, celebrando el Vía Crucis en los hogares de las personas, y para cada una de ellas es como si les hubiera tocado la lotería. Poco a poco, estamos reactivando la actividad pastoral en las comunidades rurales. Se necesita tiempo y esfuerzo para llegar allí, pero vale la pena compartirlo con estas personas humildes que realmente tienen sed de Dios y viven la Misa como un acontecimiento grandioso. Cuba es una herida abierta en el seno de la humanidad, observada por el mundo entero mientras se desangra, pero también es una escuela de dignidad.
No faltan la malicia ni el cinismo, pero lo que abunda, y a veces resulta abrumador, es la generosidad. La gente sobrevive porque comparte, porque se preocupa por los demás. Estar aquí no es fácil, pero es tremendamente humanizador. Dios se deja ver de una manera tan clara, sin filtros, sin excusas.
A veces me cuesta creer en tanta autenticidad, acostumbrado como estoy a la desconfianza y la superficialidad de nuestras sociedades sofisticadas. Quizás sea porque nunca he sentido a Dios caminando tan de la mano con la gente, tan sufriente, con la herida en su costado tan abierta. Nos encomendamos a Él en silencio, a menudo sin comprender qué sucederá, renunciando a saber por qué, en algunas partes del mundo, Dios elige amarnos de una manera tan abrumadora.

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