sábado, 28 de marzo de 2026

No es lo mismo morir que querer dejar de vivir

Fuente   catalunyareligio.cat

Por   Gloria Barrete

26/03/2026

 

Hay casos que nos sacuden. No tanto por lo que son, sino por todo lo que proyectamos. El caso de Noelia es uno de ellos. Nos ha interpelado, nos ha incomodado, nos ha dividido. Pero sobre todo nos ha expuesto.

Confieso que, cuando empecé a leer sus primeras noticias, imaginé una escena que ya forma parte del imaginario colectivo: una persona postrada en una cama, con una enfermedad incurable, con dolor físico extremo y sin horizonte alguno. Casos como el de Ramón Sampedro han construido esta imagen de la eutanasia como último recurso frente a un sufrimiento insoportable.

 

Pero éste no es el caso.

Lo que hemos visto es una chica joven, en silla de ruedas, sí, con un sufrimiento físico, pero sobre todo profundamente psicológico. Y aquí es donde el relato empieza a chirriar. Porque quizás no estamos ante un debate sobre la eutanasia tal y como la hemos entendido hasta ahora, sino ante otra realidad mucho más incómoda: la del suicidio, la del vacío, la de la pérdida de sentido.

En este contexto, también es necesario situar el papel de determinados actores que han contribuido a amplificar el caso. Abogados Cristianos es una entidad que a menudo se presenta como defensora de valores cristianos en el ámbito jurídico, pero que en muchos casos actúa como agente de presión en batallas culturales y políticas muy concretas. Su presencia en este caso no es neutra: forma parte de una estrategia de judicialización y mediatización de cuestiones sensibles, que a menudo son utilizadas para alimentar determinados relatos ideológicos, y no religiosos, más que para acompañar situaciones humanas complejas.

Quizás una parte del problema es que ni siquiera hemos acabado de ponernos de acuerdo sobre lo que hablamos cuando hablamos de eutanasia. La ley la define en términos muy concretos, vinculados a situaciones médicas graves, incurables, con sufrimiento físico o psíquico constante e intolerable, y con estrictas garantías y procedimientos. Pero como ya advertíamos desde Catalunya Religió cuando se aprobó, ese marco legal no fue acompañado de un debate social profundo, pausado y compartido. No discutimos suficientemente qué entendemos por dignidad, ni hasta dónde llega la autonomía personal, ni qué papel tiene que jugar la comunidad. Y cuando ese debate no se hace, el lenguaje se desdibuja. Entonces todo puede acabar entrando dentro del mismo saco, y el riesgo es grande: banalizar conceptos que deberían ser excepcionalísimos.

Vivimos en un país en el que la tasa de suicidio juvenil es alarmante. Vivimos en una sociedad cada vez más aislada, desconectada, más incapaz de dar herramientas de resiliencia. Y este caso, lejos de ser una excepción, quizá sea un síntoma.

Por eso hay que tener cuidado con las palabras. No es inocente hablar de eutanasia cuando quizá deberíamos hablar de suicidio asistido. No es lo mismo. No es lo mismo poner fin a un sufrimiento físico irreversible que acompañar a una decisión nacida del sufrimiento emocional y vital. No es lo mismo morir que querer dejar de vivir.

Y aquí se abre una pregunta incómoda: si todos tuviésemos al alcance una vía rápida, asistida, para morir, ¿cuántos la utilizarían en algún momento de debilidad? ¿En qué nos convertiríamos como sociedad?

Quizás lo más preocupante no sea sólo el caso en sí, sino el que se ha generado a su alrededor. El despliegue mediático, el anuncio de día y hora, las concentraciones frente al hospital… ¿Es esto una muerte digna? ¿Es éste el silencio, la intimidad, el respeto que asociamos a la dignidad?

Más bien parece un espectáculo. Un circo mediático que banaliza una decisión profundamente trágica.

Y, como casi siempre, aparece el fácil relato: sociedad versus Iglesia. Pero esa simplificación no ayuda. Porque en la Iglesia hay personas. Personas que sufren, que dudan, que acompañan. Y éste no es, o no debería ser, un debate estrictamente doctrinal. Es, ante todo, un debate humanista.

No se trata de defender a una institución ni de posicionarse en un bando. Se trata de preguntarnos lo que dice de nosotros este caso. Qué dice de nuestra forma de vivir, de cuidar, de acompañar.

Quizás la pregunta no es si debemos permitir o no la eutanasia en casos como éste. Quizás la pregunta es por qué una joven llega a querer morir. Y qué hemos hecho, o qué no hemos sabido hacer, para que no encontrara otro camino.

Porque, al final, el verdadero drama no es la muerte. Es la pérdida de sentido.

 

 

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