miércoles, 4 de marzo de 2026

El futuro de la humanidad está en las relaciones, no en la tecnología

La Comisión Teológica Internacional publica el documento “Quo vadis, humanitas?”, que reflexiona sobre el “reto histórico” de la antropología cristiana en la era de la inteligencia artificial. Los riesgos de la “infosfera” y la crisis de la democracia; la importancia de la historia para combatir la “amnesia cultural”; las derivas de la “era urbana” que transforma los umbrales en fronteras.

Fuente:   Vatican News

Isabella Piro – Ciudad del Vaticano

04/03/2026


Un momento del Jubileo de los Jóvenes en Tor Vergata en 2025

"Quo vadis, humanitas? – ¿Hacia dónde vas, humanidad?". El título del nuevo documento de la Comisión Teológica Internacional (CTI), aprobado por León XIV el pasado 9 de febrero, resume perfectamente sus motivos fundamentales y su objetivo final: hoy, ante una aceleración tecnológica sin precedentes, la teología quiere ofrecer "una propuesta teológica y pastoral" que entiende la vida humana como "vocación integral" y "corresponsabilidad hacia los demás y hacia Dios", a la luz del Evangelio. Es fundamental la referencia a la Constitución conciliar Gaudium et spes, publicada hace casi 61 años: el documento de la CTI toma prestado tanto el diálogo "abierto" entre la Iglesia y el mundo contemporáneo como el concepto del ser humano "integral, en la unidad de cuerpo y alma, de corazón y conciencia, de intelecto y voluntad".

 

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El desarrollo entre transhumanismo y poshumanismo

El primero de los cuatro capítulos del texto está dedicado al desarrollo, caracterizado por dos polos: el transhumanismo y el poshumanismo. El primero engloba la voluntad de mejorar concretamente, a través de la ciencia y la tecnología, las condiciones de vida de los pueblos, superando sus límites físicos y biológicos. El segundo vive el "sueño" de sustituir incluso al ser humano, enfatizando el cyborg, es decir, el híbrido que difumina la frontera entre el hombre y la máquina. Entre estos dos polos se sitúa la fe cristiana, que "impulsa a buscar una síntesis" de las tensiones humanas en Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado.

 

Lo digital como ambiente de vida

Tras un rápido repaso de la relación entre desarrollo y tecnología en el magisterio más reciente —desde san Juan XXIII hasta Francisco—, el documento se centra en particular en la tecnología digital, a la luz de las reflexiones de León XIV. "La tecnología digital —precisa— ya no es solo una herramienta, sino que constituye un verdadero entorno de vida", ya que estructura las actividades humanas y las relaciones. Por eso, la era digital ha inaugurado "un nuevo horizonte de sentido":

"Cambia igualmente la noción de lo que es universal, que en vez de remitir a una naturaleza común alude a lo que se comparte en la conexión global".

 

La deuda ecológica y la soledad de lo virtual

De ello se derivan diversos riesgos: en el ámbito ambiental, la expansión del mundo artificial conlleva una economía basada en la explotación ilimitada de los recursos, en nombre del máximo beneficio. “Una trágica consecuencia” de ello es la deuda ecológica entre el Norte y el Sur del mundo, la urbanización “salvaje e ilegal" y las políticas extractivas contaminantes. En la relación con los demás, la revolución digital puede llevar al individuo a sentirse insignificante y perdido en un flujo ingobernable y desestabilizador de información, entre contactos meramente virtuales, sin tiempo ni lugar.

"En resumen, lo artificial relativiza lo 'natural' como referencia normativa para el actuar humano, y causa en amplias regiones de la tierra - especialmente en el Sur del mundo - fenómenos de empobrecimiento en la vida de poblaciones enteras, provocando situaciones de gran injusticia social".

 

El crecimiento del poder de la IA

Así, emerge cada vez con mayor fuerza el poder de la Inteligencia Artificial, tanto la entendida en sentido estricto (IA) como la general (IAG). La primera puede procesar rápidamente grandes cantidades de datos, de un modo no siempre controlable por el ser humano, las empresas o los Estados, resultando por ello poco fiable. La segunda, mucho más invasiva, en el futuro será capaz de sustituir todos los aspectos de la inteligencia humana, tanto computacionales como operativos, con consecuencias profundas y radicales. En un mundo tan hiperconectado —afirma el texto—, las dinámicas económicas, políticas, sociales o militares corren el riesgo de volverse “incontrolables y, por tanto, ingobernables”, y aumenta el peligro de “control social y manipulación”.

 

La pérdida de neutralidad en los medios de comunicación

La comunicación también sufre las repercusiones de este escenario: aunque se subrayan las ventajas del desarrollo tecno-científico en este ámbito —como, por ejemplo, “una ciudadanía activa”, “una información directa y participativa” y “una información independiente” que permite, por ejemplo, denunciar la violación de los derechos humanos—, la CTI advierte sobre “un mercado infinito de noticias y datos personales, no siempre verificables y muchas veces manipulados”. En esencia, hoy los medios de comunicación no son “instrumentos neutrales” y, por lo tanto, su influencia sobre la ética y la cultura interpela directamente a la antropología.

 

La infosfera y la crisis de las democracias occidentales

En esta “infosfera”, el individuo se muestra cada vez más inseguro respecto a su propia identidad y, por ello, reclama el reconocimiento de los demás: un reconocimiento que debe conquistarse incluso “falseando la realidad” o afirmando los propios derechos “contra el otro”. De ahí surgen conflictos sociales que a menudo se convierten en conflictos identitarios. Y también de ahí brota “la crisis actual de las democracias occidentales”, inconscientes de la “creciente dificultad” para reconocer, de manera compartida, “lo que nos une como seres humanos”.

Además, cuando la opinión se homologa mediante los “me gusta”, el debate político se “tribaliza”, es decir, se fragmenta en grupos fuertemente polarizados que se enfrentan de manera “conflictiva y violenta”. En definitiva —subraya la CTI—, falta ese “diálogo social” que construye el consenso desde la base, apoyado en “vínculos solidarios”.

 

El human enhancement y la búsqueda de equilibrio entre tecnología y ser humano

La revolución de la información también cambia la manera de percibir el conocimiento, cuyo horizonte podría reducirse únicamente a aquello que la IA puede procesar. Los principios de la filosofía, la teología o la ética podrían considerarse entonces cuestiones subjetivas o de “gusto” personal.

Algo similar podría ocurrir con la corporeidad: si, por un lado, son valorables los avances de las biotecnologías para la salud y el bienestar de muchos pueblos, por otro el documento advierte sobre la difusión del “culto al cuerpo”, especialmente en Occidente, donde se tiende a la “figura perfecta, siempre en forma, joven y bella”.

Igualmente riesgoso es el human enhancement: en sí mismo, este término indica todas aquellas tecnologías biomédicas, genéticas, farmacológicas y cibernéticas orientadas a mejorar las capacidades del ser humano. Pero si tal concepto se entiende “sin límites ni cautelas”, entonces se vuelve urgente una reflexión sobre la necesidad de equilibrio entre “lo técnicamente posible y lo humanamente sensato”.

 

La relación entre lo digital y la religión: luces y sombras

Amplia es también la reflexión sobre la relación entre la tecnología digital y la religión: en este ámbito existen tanto aspectos positivos —como la facilidad para el conocimiento y la información— como negativos. Entre estos últimos, se señala la creación en la web de “un gigantesco ‘mercado religioso’ que ofrece una elección a la carta según los intereses individuales”, así como cierta comunicación cristiana que, en las redes sociales, se utiliza para “alimentar polémicas e incluso destruir la buena fama de otras personas”.

No solo eso: en esta “metamorfosis en el modo de creer”, la propia tecnología termina por fungir como “guía espiritual y mediadora de lo sagrado”, con casos extremos de “bendiciones y exorcismos virtuales y espiritualismo digital”.

Tampoco faltan formas de “neo-gnosticismo” que, en nombre de una humanidad libre de todo límite, comunidad e historia, consideran la religión únicamente como un obstáculo para la investigación y el progreso.

 

La cultura de la anamnesis y la amnesia de la cultura

El segundo capítulo del documento se enfoca en la vocación integral: la experiencia humana debe considerarse en las categorías concretas de tiempo, espacio y relación. Hoy —explica la CTI— se ha perdido el sentido de la historia; todo se reduce a un “presente cerrado en sí mismo” y “la cultura de la anamnesis” ha cedido el lugar a la “amnesia de la cultura”.

Ya no existen tradiciones vividas, sino datos procesados que pueden recuperarse en cualquier momento desde una computadora. La tecnología hace que todo sea contemporáneo, pero “un presente que ya no conoce un pasado no tiene ningún futuro”, ni tampoco esperanza. Esto puede dar lugar a “formas de revisionismo y negacionismo”, así como a “falsas culturas” (del desperdicio, de los muros, del aislamiento) o a “populismos”.

Frente a todo ello, el Evangelio se presenta como una “contracultura” por dos razones: porque valora y promueve todas las dimensiones auténticamente humanas y porque, en la “aceleración horizontal” que sufre la historia, el Verbo le ofrece un sentido, es decir, Jesucristo, punto de encuentro entre el tiempo del hombre y la eternidad de Dios.

 

El fenómeno de la “urban age”

Es amplia la reflexión sobre el espacio, sobre todo frente al fenómeno de la “edad urbana”, es decir, la formación de regiones metropolitanas que unen centros y periferias en espacios enormes, no exentos de problemas, como la falta de servicios esenciales. Además, la cultura global y la facilidad en la movilidad hacen que el hombre sea “ciudadano del mundo”, pero también un “nómada” errante en no-lugares anónimos y uniformes, como los aeropuertos y centros comerciales. “Así se pierde la figura del peregrino”, señala el documento, es decir, aquel que, sin perder la relación con su tierra, se pone en camino para responder a la llamada de Dios.

 

La diferencia entre frontera y umbral

El espacio global ya no hace que seamos más hospitalarios ni abiertos al otro. Al contrario, provoca “reacciones identitarias fuertes”, aumenta los “sentimientos de invasión” que ven en el otro una amenaza, y crea fronteras allí donde los cristianos ven “umbrales”, es decir, “zonas que ponen en contacto” con el prójimo. Cristo, de hecho, “abre el espacio de los pueblos y de las personas”, convirtiéndolo en un lugar hospitalario, sin muros ni cerrazones, en un presente salvífico, en camino hacia un futuro trascendente.

 

Las relaciones como barrera frente a la globalización uniformadora

Así, la relación, la intersubjetividad entendida como la pertenencia del hombre a una familia, a un pueblo y a una tradición. Estas pertenencias, señala el documento, moldean la identidad personal y constituyen “casi un dique frente a la expansión de la globalización uniformadora”. El núcleo familiar, de hecho, sobre todo en el “hacerse uno como hombre y mujer en la fecundidad del hijo”, expresa la “plenitud y la promesa” del don de la vida.

Del mismo modo, el pueblo se realiza “en la compartición” de una cultura y de una tierra, oponiéndose así a una visión “cosmopolita, anónima y globalizada” que anula las diferencias y las identidades propias. La unidad en la diversidad es, en cambio, el principio que la CTI evoca en nombre de la “fraternidad” y de la “amistad social”. En este contexto también se sitúa el “pueblo de Dios que es la Iglesia”, cuyo camino se funda en la fe y está abierto a las diferencias para un “proyecto unitario más grande”.

 

Los pobres no son “daños colaterales” de la tecnología

Central, en este segundo capítulo, también es el principio del bien común, con un llamado a las instituciones financieras para que estén “atentas a la economía real más que a las lógicas del lucro” y no pierdan el enfoque ético ni la solidaridad hacia los más frágiles.

Asimismo, “el misterio de la Cruz” llama la atención sobre el punto de vista de las víctimas; por lo tanto, sin justicia ni consideración hacia los más débiles, no puede haber “un cumplimiento humano” de la historia. Al respecto, un punto específico del documento exhorta también a dirigir la mirada hacia los más pobres que, debido al poder tecnológico, corren el riesgo de convertirse en “daños colaterales” que se quieren eliminar “sin piedad”.

 

La dignidad infinita de toda vida humana y la oración

La vocación integral del ser humano también se orienta hacia la realización en el amor: la vida de cada uno es fruto “del amor creativo del Padre” que lo amó incluso antes de formarlo. Esto significa que “toda existencia humana tiene un valor infinito en sí misma” y que el hombre no puede estar sujeto a ninguna medida —política, económica o social— que disminuya “su dignidad infinita”.

La percepción de la vida como don también hace que nadie deba sentirse “superfluo” en el mundo, porque todos estamos llamados a responder a un proyecto pensado por Dios para nosotros, que somos sus hijos y que nos dirigimos a Él en la oración. Una actitud que “califica a la humanidad”: la oración expresa, de hecho, la humanidad que se entrega más allá de sí misma, sin disolverse ni auto-proyectarse.

 

La cultura de la no-vocación quita esperanza a los jóvenes

Desafortunadamente, hoy, sobre todo en Occidente —subraya el documento— se fomenta una “cultura de la no-vocación” que priva a los jóvenes de una apertura al sentido último de la existencia, así como de la esperanza. El futuro, entonces, se reduce a la elección del trabajo, al lucro económico, a la satisfacción de necesidades materiales.

Al contrario, la “cultura de la vocación” es más necesaria que nunca para permitir el correcto proceso de maduración de la identidad de la persona y de los pueblos.

 

La identidad madura en el amor

Y es precisamente la identidad el tema del tercer capítulo: “Ningún ser humano puede ser feliz si no sabe quién es”, afirma la CTI; por lo tanto, cada uno debe asumir “la tarea” de convertirse en sí mismo y de transformar el mundo según el diseño de Dios.

Además, como hijos amados del Señor, los seres humanos maduran su identidad sobre todo en el amor. Pero existen otros factores —culturales, naturales, sociales y religiosos— que hacen que la identidad sea particularmente compleja. Por ello, debe buscarse principalmente en el corazón, “el centro de la persona”, donde se crea unidad y se construyen vínculos auténticos, en una relación justa con el mundo.

 

Corporeidad y discapacidad

Para moldear la propia identidad es necesario además “aceptar el cuerpo sexuado, visto como un don y no como una prisión que nos impide ser verdaderamente nosotros mismos, ni como material biológico para modificar”. En este contexto, la discapacidad también adquiere un valor relevante: “Sin perjuicio de que las discapacidades congénitas no son directamente queridas por Dios”, explica el documento, es necesario defender la dignidad infinita de cada persona, abrazando su “condición particular”, porque ésta también “puede ser ocasión de bien, de sabiduría y de belleza”.

 

Las relaciones interpersonales y con el cosmos

Del texto surge con claridad la importancia de las relaciones interpersonales, porque cuanto más las vive el hombre “de manera auténtica”, más madura “su propia identidad personal”. Ser un don para los demás se convierte, entonces, en la manera en que la persona responde a la llamada de una “comunión social” que se realiza en la “capacidad de acoger a los demás, estableciendo vínculos sólidos”, basados en el diálogo, la escucha y el derecho a ser uno mismo y a ser diferente.

Se ofrece también una reflexión sobre la relación entre la humanidad y el cosmos. Este no puede reducirse a mero “objeto” —se subraya— ni puede ser “humanizado”, como sucede sobre todo en Occidente con los animales domésticos. Más bien, los seres humanos deben asumir el papel de “administradores responsables” de la Creación, convirtiéndose en agentes de la evolución del universo físico, “pero siempre respetando sus propias leyes”.

 

Las tensiones polares de la identidad humana

El cuarto y último capítulo del documento analiza la dramática condición del proceso de realización de la identidad humana, el cual atraviesa diversas “tensiones o polaridades” entre material y espiritual, masculino y femenino, individuo y comunidad, finito e infinito. Estas tensiones, se explica, “no deben interpretarse bajo una lógica dualista, sino como ‘unidad de los dos’”, mostrando así “el justo e irrenunciable valor de la diferencia”. La referencia es a la “vida trinitaria”, en virtud de la cual la relación entre dos no se cierra sobre sí misma, ni anula al otro, sino que “se abre al cumplimiento en el tercero”.

Sobre todo, a través de estas oposiciones polares, “permanece intacto el don originario que precede y funda”. La “armonía perfecta” entre las Personas trinitarias llama a la fraternidad universal y se expresa de manera culminante en la Eucaristía, que “regenera las relaciones humanas y las abre a la comunión”.

 

Masculino y femenino son un don de Dios, no una variable contingente

Hay dos énfasis en particular: en la tensión entre masculino y femenino, se subraya que la identidad del hombre y de la mujer “no es una variable contingente” que pueda moldearse de manera independiente o en contraste con su significado “originario y permanente”; ni es “una propiedad que se gestione” subjetivamente. Al contrario, esta identidad es un don de Dios.

En consecuencia, la tendencia actual a “negar o querer ignorar esta diferencia natural” se convierte en “una forma peligrosa de borrar la identidad corporal real”, en favor de una “auto-contemplación endogámica”. Desde la perspectiva teológica, en cambio, la tensión hombre/mujer encuentra su adecuada perspectiva en la vocación a la unidad de los dos “con idéntica dignidad”.

 

Los orígenes de la crisis ecológica

El segundo énfasis se refiere a la polaridad entre material y espiritual: cuando se pierde “la armonía” entre estas dos dimensiones, todas las cosas dejan de ser “signos de un misterio más grande” y se reducen a “material para manipular arbitrariamente con vistas únicamente al lucro”. Y esto es “la raíz de la crisis ecológica actual”, la cual también se refleja en las relaciones entre las personas y entre los pueblos, en una “expansión de la conflictividad humana”. Así, la fraternidad universal, “inscrita en el origen común”, deja de ser reconocida y, de hecho, es “constantemente ofendida”.

Desde el punto de vista teológico, en cambio, la tensión entre material y espiritual encuentra su “significado pleno” en la resurrección: gracias a ella, el ser humano es salvado por completo, en cuerpo y alma.

 

El ejemplo de la Virgen María

En conclusión, el documento de la CTI subraya con claridad que “el futuro de la humanidad no se decide en los laboratorios de bioingeniería, sino en la capacidad de habitar las tensiones del presente”, sin perder el sentido del límite y de la apertura al misterio de Cristo resucitado. Ejemplo admirable de ello es la Virgen María: quien acogió libremente el don de Dios se convierte en “el paradigma” del ser humano que se realiza en plenitud. La “verdadera humanización, entonces, será dejarse ‘divinizar’ por un Amor que ‘nos precede y nos hace protagonistas de una humanidad nueva’”.

 

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