Nuestro actual obispo, Juan Carlos Elizalde, fue nombrado por el papa Francisco para la diócesis de Vitoria el 8 de enero de 2016 y tomó posesión de su ministerio en su consagración episcopal el 12 de marzo del mismo año. Aunque echando de menos la participación del pueblo de Dios en su nombramiento, fue recibido en nuestra Iglesia local con el deseo de colaborar en su misión pastoral como él mismo lo solicitó en su saludo diocesano. En una carta abierta firmada por 250 personas laicas y sacerdotes se le expusieron las necesidades pastorales de nuestra sociedad y caminos de respuesta. También lo hizo el Consejo presbiteral.
Han transcurrido 10 años desde su nombramiento y nos parece necesario, siguiendo los criterios del actual proceso de sinodalidad, ofrecer al Obispo nuestros puntos de vista sobre su trayectoria pastoral y los desafíos que hoy se nos plantean para nuestra misión evangelizadora en un Iglesia sinodal.
La necesaria renovación diocesana
La evangelización en una sociedad secularizada, la remodelación de estructuras de la diócesis en un modelo de Iglesia participativo, la crisis de vocaciones, las situaciones de pobreza y marginación, la creciente venida de emigrantes, los problemas de una sociedad urbana y rural en crecimiento acelerado, la nueva juventud alejada de la Iglesia, la pluralidad de modelos familiares, la construcción de la paz y convivencia en Euskal Herria y defensa de todos los derechos humanos individuales y como pueblo, eran entre otros y siguen siendo instancias urgentes de respuestas evangelizadoras para una Iglesia que debe compartir gozos y esperanzas, alegrías y sufrimientos de su pueblo (Gaudium et spes, 1).
El Obispo ha venido ofreciendo sus respuestas ante esta situación. Con los Consejos pastoral y presbiteral se han desarrollado cuatro planes de evangelización. Ha reformado el seminario dividiéndolo en dos seminarios. Las delegaciones, secretariados y servicios diocesanos están canónicamente estructurados y ofrecen sus servicios. Las parroquias son atendidas cultualmente, en muchos casos con sacerdotes venidos de fuera. Se ofrece una formación permanente para laicos y sacerdotes…
Pero la línea y forma de sus personales decisiones pastorales han ido creando malestar por su parcialidad con las siguientes consecuencias.
Creciente distanciamiento, falta de diálogo, pastoral impositiva del Obispo
A lo largo de estos años se han ido constatando actitudes y decisiones episcopales de sesgo autoritario, promoviendo un modelo de Iglesia sacramentalista y cultual e impidiendo un auténtico pluralismo creativo y dialogante. Ha confundido unidad con uniformidad.
Para implementar su proyecto se sirve de personas afines a su mentalidad, sin tener en cuenta y marginando a quienes disienten de su modo de pensar y actuar. Viene potenciando grupos y organizaciones eclesiásticas de carácter conservador imponiendo una línea excluyente que no concuerda con las orientaciones de una Iglesia sinodal. Cubre las necesidades cultuales de parroquias, sobre todo rurales, con precarios nombramientos de sacerdotes venidos de fuera y no integrados ni en la pastoral ni en la sociedad y cultura vascas.
Ante las críticas sucesivas que personas laicas y sacerdotes le han ido planteando a lo largo de este tiempo, reafirma su convencimiento de “sentirse respetado y reconocido en sus propuestas porque estoy planteando lo que es vinculante y común a toda la Iglesia”; por tanto tacha a quienes le critican de “no compartir algo o mucho de la unidad en lo esencial”.
Es evidente que el obispo cuenta con un sector fiel a sus ideas y decisiones y cuando observa que alguien no las comparte lo remueve del puesto de responsabilidad que ocupa.
En consecuencia nuestra diócesis presenta formas externas canónicas, pero dividida y en crisis, en decreciente incidencia evangelizadora según estos puntos:
· Aunque el acelerado descenso de la práctica religiosa y de la desafección a esta Iglesia se deben a complejas causas en una sociedad vasca en transformación, como sucede en otros lugares, la línea jerárquica no afronta sus problemas profundos y necesidades reales. El modelo de Iglesia, promovido e impuesto por el Obispo, contribuye al alejamiento de la comunidad cristiana de la sociedad y dificulta su misión evangelizadora y la participación sacramental.
· Se marginan formas diversas de espiritualidad y carismas. Sólo se potencian las que están de acuerdo con la línea conservadora del Obispo. En consecuencia la creatividad y la pluralidad se oscurecen y, en general, la Iglesia diocesana está distanciada de los gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los hombres y mujeres de nuestra sociedad.
· Se están difuminando nuestras señas de identidad como Iglesia vasca, que sepa responder a los signos de los tiempos que piden una Iglesia inculturada en su pueblo, con su propia identidad.
· Las relaciones que se perciben y se sienten nos hacen constatar que nuestra Diócesis está dividida y polarizada por las decisiones y actuaciones jerárquicas impositivas que evitan cambios en profundidad de formas de gobierno y de responsabilidad pastoral compartida.
· El proceso sinodal diocesano que tuvo una primera fase abierta y esperanzadora, culminada con el “Encuentro Presinodal Diocesano” en mayo del 2022, se ha enfriado notablemente porque no se han tenido en cuenta las propuestas allí planteadas, ya aplicables, como pedía el Documento Final del Sínodo, para ser “Iglesia de puertas abiertas unida y evangelizadora”. En sus recientes cartas el Obispo insiste en la importancia de una Iglesia sinodal, en la conversión de relaciones y procesos, según pide el Documento Final del Sínodo; pero sus actitudes, posiciones y decisiones a lo largo de estos años siguen siendo un grave obstáculo para hacerlas creíbles y practicables en nuestra diócesis.
· Estas posiciones y decisiones, mantenidas y, al parecer, inamovibles, son causa, sin duda, de esta situación; pero también los sectores diocesanos que las apoyan. Se experimenta, en consecuencia, pérdida de audacia profética en parroquias y grupos que se conforman o resignan a este estado de cosas donde cada uno hace lo que puede o se encierra en su grupo de referencia, al margen de lo que puedan exigir una Iglesia sinodal y las necesidades urgentes y apremiantes de nuestra sociedad en Euskal Herria y de un mundo que vive una grave época de incertidumbre, confrontación, injusticias y falta de paz.
· Para ofrecer una respuesta pastoral adecuada de renovación sería necesario a cierto plazo un sínodo diocesano, como recomienda el Documento Final del Sínodo; pero creemos que el actual Obispo, tiene serias dificultades para convocarlo y ponerlo en práctica debido a la falta de comunión diocesana y mutua desconfianza.
Desafíos actuales para nuestra Iglesia diocesana, signos de los tiempos
La situación actual de nuestra diócesis viene, sin duda, de lejos. Sus causas son muy variadas y múltiples, pero la línea pastoral impositiva de nuestro Obispo contribuye a incrementar las consecuencias arriba indicadas. Aunque con sus gestos pretende ofrecer una imagen de cercanía y diálogo, sus decisiones muestran su talante autoritario y chocan con el deseo de participación plural de personas creyentes.
Ciertamente el Obispo no es el único responsable. Quienes le apoyan, elegidos por él para cargos diocesanos, comparten su responsabilidad en esta situación. También nosotros nos consideramos responsables y asumimos nuestras deficiencias con sinceridad y humildad. Los problemas arriba señalados son auténticos desafíos evangelizadores que, interpretados como signo de los tiempos (Gaudium et spes, 4), exigen con urgencia una renovación diocesana en línea sinodal que concretamos en los siguientes puntos:
ü Una Iglesia evangelizadora de los pobres, “en quienes reconoce la imagen de su Fundador” (Vaticano II) liberadora, que comparta sus bienes, solidaria con los países pobres y clases oprimidas del mundo;
ü Cauces de participación y corresponsabilidad en la Iglesia diocesana en proceso sinodal de escucha, diálogo y crítica constructiva;
ü Una Iglesia, en salida, sencilla, acogedora, que vive y comparte los problemas del pueblo en especial de las personas y grupos más necesitados;
ü Participación de los laicos, sobre todo de la mujer, en todos los ministerios eclesiales;
ü Renovación de las estructuras pastorales, donde lo comunitario sea el núcleo inspirador de Zonas pastorales, Arciprestazgos, Unidades Pastorales;
ü Comunidades plurales, insertas en los problemas del pueblo, colaboradoras con grupos en labores sociales, comprometidas con la paz, proféticas y actuantes con eficacia transformadora en la construcción del Reino de Dios;
ü Una Iglesia vasca desde las raíces de nuestro pueblo, solidaria y acogedora, en colaboración con los Obispos de Euskal Herria, unidos pastoralmente en una Provincia Eclesiástica común dentro de la archidiócesis de Pamplona con Bilbao, San Sebastián y Vitoria.
Después de 10 años, renovación episcopal
El obispo no es todo en la diócesis, ni su único responsable. Es el Pueblo de Dios en su diversidad, con su obispo, primer responsable en el servicio de la caridad, quien tiene la misión de dilatar el Reino de Dios (Lumen gentium, cap. II); su imprescindible servicio ministerial debe ser coherente y compartido con toda la comunidad eclesial.
Por tanto la aceptación mutua es necesaria. Pero en nuestra diócesis hemos llegado, según lo arriba expuesto, a una situación de lejanía y falta de comunicación y comunión que hacen muy difícil la corresponsabilidad según la línea marcada por el Sínodo de la Sinodalidad en su Documento Final.
Por ello creemos que Juan Carlos Elizalde debe presentar su dimisión, que pedimos sea aceptada en las instituciones vaticanas correspondientes y que el nuevo pastor sea elegido contando con la Iglesia diocesana, pueblo de Dios.
Coordinadora de Sacerdotes
de Euskal Herria
Vitoria Gasteiz, 12 de Marzo de 2026

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