REVISTA SURGE
Pregunta: ¿Qué tipo de sacerdotes necesitamos desde las demandas actuales de nuestras comunidades eclesiales y de nuestra sociedad?
Queridos amigos de “SURGE”. Os agradezco vuestra pregunta ya que manifiesta el interés de la revista por estimular la vocación, la tarea, y el servicio de los presbíteros no sólo a nuestras comunidades sino también a los más que no pertenecen a ellas.
Os respondo desde mi experiencia de cura diocesano con 43 años de ministerio a mis espaldas, y un variado recorrido a lo largo de estos años, en diversas tareas al servicio del pueblo de Dios.
Creo que siguiendo a ese dicho del Papa Francisco “sacerdote con olor a oveja”, tenemos que colocarnos no fuera ni en frente sino dentro de ese pueblo de Dios, que peregrina en la tierra, en las iglesias concretas e históricas en las que le ha tocado o ha elegido vivir. Dentro de este pueblo de Dios, hay, entre otras, tres dimensiones importantes, que creo que tienen que conformar la vida del cura:
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Pasión por el Evangelio. Evangelio sin glosa, que decía San
Francisco de Asís, que repite el Papa Francisco, y que el Hermano Carlos
de Foucauld formulaba: “Volvamos siempre al Evangelio”.
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Pasión por las personas que forman la comunidad o comunidades
concretas a las que hemos sido enviados. Estas personas, y en este
momento histórico. Con sus virtudes y sus defectos, con sus carencias y
sus dones. Comunidades con dinamismos y acomodaciones concretas.
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Pasión por quienes ya no forman parte de la comunidad, porque se
alejaron en un momento determinado de la misma o porque nunca han
formado parte de ella. Los que se marcharon o nunca estuvieron.
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Pasión por los pobres. Son ellos los que aseguran la presencia más
viva del Señor, y a quienes somos especialmente enviados en su nombre.
Los pobres que son vecinos desde siempre o los que han llegado, a veces
desde lejos, hasta nosotros. Pobres que pertenecen a culturas y
religiones diferentes. No podemos ignorarlos, (es lo cómodo) sino
acogerlos, ampararlos, y en alguna medida integrarlos.
Teniendo en cuenta estas cuatro dimensiones, hay que considerar que vivimos en medio y nos dirigimos a hombres y comunidades que pertenecen a distintos grupos sociales y de diferentes estilos y talantes aunque convivan, -con grandes dificultades- en el seno del mismo pueblo de Dios.
Los curas vivimos o atendemos a comunidades rurales, de dimensiones mínimas, de cultura religiosa rural, -aunque sean trabajadores o jubilados de las industrias o servicios-, cuyas expectativas principales se limitan a mantener la comunidad celebrante del domingo, y a través de ella colaborar al sotenimiento de la permanencia de la unidad administrativa local. Mientras el sacerdote acude a celebrar al pueblo, hay una comunidad, -por mínima que sea- que mantiene a la vez que la vida cristiana, una parte de la vida local. Esto adquiere una tonalidad especial, en la provincia de Gipuzkoa donde las viviendas están dispersas y el núcleo urbano muy pequeño está situado en torno a la parroquia. Las expectativas de estas comunidades están centradas en la visita rápida y la celebración semanal que preside el sacerdote. Este pasa muy rápidamente por las relaciones que se generan en esa pequeña comunidad local, y demasiadas veces no arraiga lo necesario para que las personas que forman esas comunidades puedan dialogar con cierta tranquilidad con él. Y él pueda convertirse, de alguna manera, en un miembro de esa comunidad, para vivir la fe y celebrar desde ellos y con ellos.
Vivimos y atendemos núcleos urbanos en los que la parroquia tradicional forma parte del paisaje del pueblo. Pero cada vez de forma más difuminada. La Parroquia y en ella la comunidad y el sacerdote que preside sus celebraciones, destaca en el paisaje urbano cuando “tocan” los ritos de paso. Hasta ahora bautismos, primeras comuniones, alguna boda, y muchos entierros y funerales. Estos últimos años y de manera acelerada, han disminuido bodas y bautizos, se mantiene las primeras comuniones, y prácticamente no disminuyen los ritos funerarios. Además los bautizos y comuniones se celebran en comunidad, no así los funerales, que se siguen celebrando individualmente, - en algunas ocasiones, dos a la vez-, con lo que la dedicación en tiempo y preparación se desnivela gravemente a favor de los últimos. Las expectativas de una parte importante de estas poblaciones de los núcleos urbanos se limitan al deseo de fluidez y empatía que la comunidad y especialmente el cura deben desarrollar en estas circunstancias más alegres y celebrativas, -bautizos, bodas, primeras comuniones, o más serias y tristes,-funerales-.



