lunes, 29 de diciembre de 2025

Lionel S. Delgado: «Existe un rechazo de los jóvenes al feminismo como movimiento, no a la igualdad»

«Se produce una especie de retorno a los valores cristianos y tradicionales. Podemos entenderlo como una reacción ante la incertidumbre»

Fuente:   El Diario Vasco

Por   Ander Balanzategi

San Sebastián

29/12/2025


El sociólogo Lionel S. Delgado, momentos antes de participar en un seminario de la EHU.
 De la Hera

El sociólogo Lionel S. Delgado ha participado en el seminario 'extrema derecha y juventud: efectos sobre la participación de las mujeres en política' organizado por el grupo de investigación Lupak de la EHU en Donostia y también atiende a este periódico. «Hay un rechazo al feminismo como movimiento, pero no necesariamente a la igualdad», sostiene.

 

–Según un estudio del observatorio Lupak de la EHU el 40% de los jóvenes en Gipuzkoa se alejan del feminismo. ¿Son datos preocupantes?

–Llevamos años insistiendo en que los chavales son cada vez más fachas, más distantes al feminismo; y eso tiene un impacto en la sociedad. Al final, los jóvenes terminan aprendiendo que la posición lógica es ser antifeministas, porque esa postura genera rechazo y malestar, algo que encaja perfectamente en edades en las que se busca rebeldía y contestación. Hemos ido creando poco a poco una especie de monstruo, y ahora nos sorprende que ese monstruo sea real.

 

–No confía usted mucho en ese tipo de estadísticas.

–Las cojo con pinzas. En los grupos de discusión y en las dinámicas grupales en las que se basan estos estudios, los chavales tienden a envalentonarse y terminan representando una posición que quizá no sostienen de manera individual. Aunque muchos adopten una identidad antifeminista, en la práctica muestran comportamientos empáticos y comprenden el consentimiento. Los ves más conectados con las emociones, se abrazan más entre ellos, tienen estéticas más suaves y alternativas que hace unos años.

 

–¿Es más una reacción al feminismo institucional?

–La pregunta no debería ser si los chavales apoyan el feminismo, sino si son más igualitarios y si en su vida diaria incorporan comportamientos empáticos y éticos. En ese sentido, creo que la situación es más prometedora. Hay un rechazo al feminismo como movimiento, pero no necesariamente a la igualdad. Probablemente se trate más de una confrontación política, retórica o estética que de una oposición real a la igualdad. Además, vivimos en un contexto muy antipolítico: el apoyo a la democracia nunca ha estado tan bajo y la idea de que 'todos son iguales' está muy extendida. También hay que hacer autocrítica: la preocupación por los hombres ha llegado tarde y mal. Las políticas dirigidas a la salud mental masculina, las problemáticas en casa o las adicciones están poco coordinadas y mal financiadas. Es comprensible que el foco inicial estuviera en la violencia contra las mujeres, pero la falta de estrategia en prevención y educación temprana ha dejado espacio para los discursos reactivos. Si hubiéramos planteado un 'amortiguador cultural' para acompañar estos cambios, quizá el impacto habría sido menor.

 

–¿A qué cambios se refiere?

–La situación adquisitiva general es muy mala: los sueldos están estancados, los precios suben, la capacidad de compra disminuye y el acceso a la vivienda en propiedad es casi imposible. A esto se suma el aumento del abandono escolar masculino y que más del 50% de los títulos universitarios son obtenidos por mujeres. Los hombres están perdiendo nivel adquisitivo respecto a sus parejas y les cuesta más tener relaciones estables. Las aplicaciones y la mercantilización del amor han complicado el cortejo, la fragilidad de las parejas cuestiona el mito del hombre proveedor. Todo esto genera un enorme estrés social, con niveles crecientes de ansiedad y depresión. El feminismo ha funcionado como un parachoques para muchas mujeres, dándoles comunidad y apoyo emocional. Los hombres, en cambio, no han tenido un movimiento similar que canalice su malestar de forma constructiva.

 

–¿Volvemos a valores tradicionales que parecían superados?

–Lo vimos incluso con el lanzamiento del último disco de Rosalía: hay una especie de retorno a valores cristianos y tradicionales. Podemos entenderlo como una reacción ante la incertidumbre. En un mundo tan inestable, volver a valores fuertes y a espacios conocidos ofrece seguridad. Tras el 15-M se rompió el pacto social que decía: estudia y tendrás trabajo, trabaja y tendrás dinero, compra y prospera. Hoy eso ya no funciona. Estudiar no garantiza empleo, y tener trabajo no garantiza salir de la pobreza. La democracia ha dejado de ofrecer certezas y los grandes relatos políticos están en crisis. Vivimos la resaca del fracaso electoral de las izquierdas, el debilitamiento del tejido vecinal y el deterioro de los servicios públicos. La vuelta a lo tradicional no resulta tan extraño. Pero ojo, no es solo una reacción espontánea: hay intereses detrás. Existen lobbies ultraderechistas y fundamentalistas cristianos que llevan décadas invirtiendo enormes sumas para impulsar esta reacción conservadora a nivel internacional.

 

–¿Por qué hay un sector joven que hace apología de Franco si no han vivido la dictadura?

–En la juventud hay una búsqueda de incomodar. Hay que recordar que los primeros en usar esvásticas para provocar fueron los punks en los 70. Siempre ha existido ese impulso de rebelarse contra lo 'correcto'. En los adolescentes, eso se traduce en la búsqueda de una identidad propia frente a la autoridad.

 

–¿Existe un punto de nostalgia?

–También hay una nostalgia hacia una supuesta estabilidad perdida, asociada al pasado. Más que una verdadera nostalgia es un intento de afirmar algo en el presente: una forma de rebelión frente al vacío actual. Vivimos en un mundo en el que cuesta sentir cosas reales. Las experiencias están gastadas, todo es rápido, inmediato. Mark Fisher hablaba de la hedonía depresiva: una sociedad que busca placer constante y rápido, pero sin satisfacción duradera. Somos generaciones hiperestimuladas, dependientes del móvil y de los 'golpes' de dopamina. Muchos jóvenes buscan algo que les haga sentir intensamente. Y esas comunidades extremistas ofrecen justo eso: intensidad emocional, pertenencia y una identidad potente. El problema es que, desde la izquierda, no se ha sabido ofrecer un espacio equivalente.

 

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