El 25 de diciembre de 1886, un joven de dieciocho años entró en la catedral de Notre-Dame de París durante las Vísperas sin ninguna intención religiosa: por curiosidad, quizás por el canto (era el Magnificat). Su nombre era Paul Claudel. Lo que le sucedió en pocos minutos, frente al coro infantil, no fue ni progresivo ni racional: fue una irrupción. Claudel dedicaría años a dar forma plena a esa experiencia, pidiendo el bautismo, construyendo un lenguaje digno de lo que había recibido. Pero el punto de partida fue aquella hora de una tarde de Navidad en la que Dios simplemente lo interceptó, sin previo aviso.
Fuente: queriniana.it
Por Marco Gallo
01/05/2026
Ciento cuarenta años después, y a pocos kilómetros de distancia, la historia se repite. Marco Gallo, teólogo y liturgista, director del Institut Supérieur de Liturgie del Institut Catholique de Paris, relata su encuentro fortuito con Claire: una estudiante de filosofía de veinte años sin vocabulario religioso ni formación cristiana. Solo un libro abierto accidentalmente en la biblioteca, una iglesia con las puertas abiertas y, en su interior, algo que llevaba mucho tiempo buscando un nombre. Este es precisamente el tipo de historia que recoge el libro Le sorprese di Dio : personas que no buscaban la fe, o no sabían que la buscaban, y que en algún momento se encontraron llamando a la puerta de la iglesia. ¿Qué tienen que decir a quienes les abren esa puerta?
Viernes, a última hora de la tarde. He vuelto de la universidad, el día ha terminado. Entro en la iglesia para un momento de oración.
La iglesia está casi vacía, la luz del atardecer ilumina las vidrieras. En uno de los bancos laterales, una joven se sienta con el rostro entre las manos. Algo en ella me dice que no es una tristeza común. Es un llanto auténtico, de esos que surgen cuando algo grandioso logra traspasar nuestras defensas.
Se fija en mi cuello romano, se levanta y me saluda con la mano. Tiene veinte años y estudia filosofía. Se llama Claire.
Esa mañana, en la biblioteca, abrió por casualidad Historia de un alma de Santa Teresa de Lisieux. No pudo parar. Y de camino a casa, al pasar por Saint-Germain-des-Prés, entró por primera vez.
“Padre, no puedo explicar lo que me está pasando.”
Empezamos a hablar. Claire es como un río. Me habla de sí misma con una franqueza que me sorprende: ignora por completo todo lo relacionado con la fe, carece de vocabulario religioso y, sin embargo, las palabras que encuentra son muy apropiadas.
Le pregunto: "¿Por qué Teresina, en particular, te causó tanta impresión?"
"Porque es tierna, íntima con Dios. Pero está sola. Ha perdido a alguien y lo está buscando."
¡Qué cierto! Esa frase contiene una interpretación espiritual de Teresina más profunda que muchos ensayos que he leído.
Entonces, con cierta vacilación, añade algo que se me ha quedado grabado: "Desde pequeña, siempre he confiado mi vida a alguien, le he pedido perdón y le he dado las gracias. Quizás ya sé quiénes son. ¿Estoy delirando?".
«No puedo hablar de esto con nadie en casa, ni siquiera con mis amigos». Sin embargo, mientras conversamos, surge una amiga con quien Claire espera sincerarse. Al final de nuestra reunión, está radiante, casi sorprendida de sí misma.
Antes de despedirnos, me dice algo que jamás olvidaré: "Nunca he creído en Dios, pero siempre lo he amado".
Aquella tarde caminé durante un buen rato, intentando comprender lo que me había impactado tanto. Quizás esto: Claire no encontraba motivos para creer. Conoció a Teresina, que buscaba a alguien que ella misma había buscado siempre, sin darse cuenta. Y entonces, una iglesia abierta, un diálogo.
Cada año, Francia se vuelve más secular y se aleja más de cualquier referencia religiosa explícita. Sin embargo, observo que eventos como este son cada vez más frecuentes. Algo se mueve entre bastidores, con la misma discreción y tenacidad con la que Teresa dijo que quería pasar su cielo haciendo el bien en la tierra.
No sé si Claire llegará a comprender del todo su intuición. Pero sus palabras aquella tarde me hicieron mucho bien.
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