sábado, 9 de mayo de 2026

Afectados por los Peregrinos de la Eucaristía (página web)

Fuente:   afectados peregrinos eucaristia

 

¿Quiénes somos?

Somos un grupo de fieles católicos que hemos conocido con diversos grados de implicación (como religiosos y como «laicos custodios») a la Asociación Publica de Fieles «Peregrinos de la Eucaristía», actualmente presente en varias diócesis españolas (Vitoria, Pamplona-Tudela, Getafe, Sevilla), así como en Colombia (Diócesis de Valledupar y Diócesis de Girardot), Uruguay (Diócesis de Florida) y México (Diócesis de Tabasco y Arquidiócesis de Toluca).

Durante nuestros años en la comunidad, así como en el tiempo posterior, hemos experimentado varias secuelas (de moderadas a graves) en los ámbitos psicológico, físico y espiritual.

Son dos las razones que nos han movido a crear esta página: el amor a Dios y a la Iglesia y el deseo de ayudar a otras personas que hayan sufrido o estén sufriendo lo mismo que nosotros, tanto mediante recursos que les permitan buscar respuestas como ofreciéndoles toda la ayuda y consejo que podamos proporcionar.

Libro recomendado: Riesgos y derivas de la vida religiosa

El autor del libro es Dom Dysmas de Lassus, Prior de la Gran Cartuja. Recoge las características de las comunidades religiosas con derivas sectarias. Ha sido editado en español por la BAC y puede leerse un pro manuscripto aquí o aquí. A continuación se incluyen algunas citas, tanto literales como paráfrasis, del mencionado libro.

 

NACIMIENTO DE UNA COMUNIDAD ABUSIVA

Al «padre tal» se le atribuía una reputación de referencia en el panorama eclesial de la época. […] Su radicalidad y sus exigencias otorgaban confianza a los jóvenes que acudían en gran número a refugiarse bajo su sombra. El número de entradas en su comunidad es interpretado como un signo indudable de la asistencia del Espíritu Santo, porque «se reconoce al árbol por sus frutos». […] Su enseñanza tiene la reputación de ser una de las pocas que aporta luz y, para los que viven con él, se convierte casi en la única voz de salvación. Se pone en marcha una dinámica de grupo en la cual ya casi no hay posibilidad de pensar de manera distinta al fundador (pg. 52).

 

ESTRUCTURA DE LA COMUNIDAD

[En las comunidades con derivas sectarias] frecuentemente se constata que hay dos o tres personas de confianza alrededor del superior. Son como los ojos y los oídos del superior, le informan de todo lo que perciben. […] Entre estos tres o cuatro no se guarda el secreto de las confidencias recibidas de parte de los hermanos o hermanas, sino que se las pone en común. […] Los hermanos o hermanas ya no tienen ningún espacio de libertad donde puedan expresar sus interrogantes, sus desacuerdos, sus cuestiones vocacionales. Todo llega hasta la cabeza (pg. 55-56).

En la mayor parte de los casos sectarios, las comunicaciones horizontales entre hermanos o hermanas están prohibidas. De este modo, la autoridad filtra los acontecimientos que se divulgan y la manera en que se presentan. Cuando un hermano o una hermana sale o es expulsado de la comunidad, los otros miembros no conocen las razones profundas, ni adónde fue, ni por cuánto tiempo ni, sobre todo, en qué estado físico o psicológico. En todo caso, «era su culpa…» (pg. 63).

De tal modo, quien tuviera dudas sobre el funcionamiento de la comunidad, al no tener a nadie con quien hablar, no podrá encontrar la confirmación que necesitaría para que una intuición, incluso confusa, se convirtiera en una convicción (pg. 85).

Los medios empleados varían mucho y utilizan diversos aspectos de la vida religiosa. La insistencia sobre el silencio y sobre la discreción, razones espirituales y místicas, tales como la comunión perfecta de los elegidos o de la Trinidad, el respeto a la interioridad de los demás: cualquier elemento puede ser invocado (pg. 85).

 

CARISMA

Si el carisma está enteramente en manos del responsable y, por tanto, él transmite a la comunidad la palabra del Espíritu Santo, entonces se vuelve cada vez más impensable contradecirlo, porque eso sería resistir a Dios. Presentando un texto de la superiora general, una secretaria escribía a la congregación: Aquí están algunas palabras del Espíritu Santo por boca de X, que son para nosotros hoy en día, y para cada una, una verdad determinante. Estas líneas son gravemente excesivas. Si las palabras de X son una verdad determinante para cada uno, es imposible cualquier observación crítica (pg. 94).

Si el superior adquiere la costumbre de considerar que toda palabra o decisión que proviene de él está inspirada por el Espíritu Santo, su gobierno se volverá cada vez más arbitrario (pg. 130).

 

OBEDIENCIA

Solamente a Dios le debemos una obediencia total e incondicional, tanto de nuestra voluntad como de nuestra inteligencia, puesto que es la Bondad y la Verdad absolutas (pg. 121).

Quien obedece debe llevar a cabo un juicio sobre lo que se le pide: ¿es conforme o no a la ley divina? La obediencia no es automática, sino que implica la participación de la inteligencia que obedece. […] Por medio del voto de obediencia prometemos la sumisión de nuestra voluntad, pero no de la de nuestra inteligencia (pg. 122).

Por otra parte, el superior mismo debe obediencia a las autoridades que están por encima de él y a las constituciones de su orden. Solamente puede ordenar según su regla: un prior dominico no puede ordenar a uno de sus religiosos que se haga ermitaño (pg. 122).

[Sobre la imposibilidad de otorgar confianza a un superior por obediencia]: La obediencia es posible porque se refiere a los actos, mientras que la confianza toca la intimidad profunda de la persona y nunca puede ser forzada […] (pg. 102). La obediencia no le permite de ninguna manera al superior dictar al religioso lo que debe pensar (pg. 135).

Puesto que solamente puede mandar siguiendo las constituciones, es claro que no puede hacerlo en materia política, filosófica u otras por el estilo. […] Tampoco puede ordenar en materia de espiritualidad (pg. 135). Por su naturaleza, el voto de obediencia no puede concernir a la vida espiritual porque corresponde a las acciones, no a la intimidad de la persona (pg. 218).

Si el superior exige una cosa que va contra la ley divina, el religioso no solo no está obligado a obedecer, sino que incluso pecaría haciéndolo (pg. 139).

 

VOLUNTAD DE DIOS

Lo que Dios pide no es lo que la superiora pide, sino obedecer a lo que la superiora pida. Esta precisión es tan crucial que debería ser grabada con un cincel en el frontispicio de los noviciados. El valor del acto de obediencia es la sumisión a Dios a través de la mediación concreta de la superiora, pero esta mediación no transforma en voluntad de Dios todo deseo de la superiora (pg. 128).

La voluntad de Dios no es el contenido material de lo que se pide, sino la sumisión que, para ser verdaderamente humana, está sujeta a un discernimiento. […] Si la superiora pide a una religiosa que barra el claustro incluso cuando la comunidad deberá hacer más tarde, en ese mismo claustro, un trabajo que va a ensuciarlo nuevamente, la religiosa está en su derecho a pensar que no tiene sentido y debe recordar a la superiora aquello que tal vez haya olvidado. Si la superiora mantiene su orden, el discernimiento es fácil puesto que barrer el claustro no puede perjudicar a nadie. […] Si barre el claustro, no es debido al sentido común, que brilla por su ausencia, ni para agradar a la superiora, sino porque un día dijo al Señor que obedecería por amor a Él. […] Ahora bien, si la religiosa, sin haber comprendido el verdadero objeto de la obediencia, se pregunta si es voluntad de Dios que el claustro sea barrido a la mañana para ser ensuciado por la tarde, no llegará a ninguna respuesta porque la voluntad de Dios no está en el barrido sino en ella misma. […] ¿Cómo explicar que Dios quiera que yo limpie por la mañana lo que se va a ensuciar por la tarde? ¿Es estúpido o se burla de mí? Afortunadamente, la respuesta es muy simple, pero hace falta conocerla. Dios nunca pidió eso; la superiora es quien lo pide, y es conveniente dejarle a ella la responsabilidad de su decisión y de sus palabras. Dios espera que la religiosa obedezca, no que barra. Comprender adecuadamente esto simplifica considerablemente la vida de la religiosa que ya no buscará devanarse los sesos preguntándose si Dios quiere que utilice una escoba o un cepillo. Querida hermana: Dios te dio una inteligencia, es para que la uses (pg. 128-130).

Si la espiritualidad del ambiente insiste demasiado en la voluntad de Dios acerca de todo, la confusión entre la voluntad del superior y la voluntad de Dios es casi segura. Si pregunto a Dios si debo ponerme un abrigo hoy o no, ciertamente no me va a responder. Así también, si el pensamiento del entorno es que necesitamos buscar la voluntad de Dios en todo, inevitablemente esta será pronunciada por la voz de los superiores: ¿qué otra solución podría haber? La letra cursiva significa que esta pretendida voluntad de Dios no es una, porque Dios no es una madre sobreprotectora que me dice a cada paso lo que debo hacer y no tiene, en sentido estricto, ninguna voluntad sobre el hecho de que me ponga un abrigo o no. Él me dio una inteligencia para encontrar por mí mismo la respuesta a este género de preguntas. Este enfoque puntillista de la voluntad de Dios es muy infantilizante, puesto que nunca deja espacio para ejercer la libertad y la responsabilidad. El corazón del abuso se sitúa aquí: la voluntad de Dios sobre ti te llega desde el exterior y debes someterte a todo lo que se te pida, como un niño (pg. 224-225).

[Según cierta concepción,] Dios habría escrito para nuestra vida una hoja de ruta que nosotros deberíamos seguir. Ciertamente, esta hoja de ruta fue escrita por un Padre que nos ama y que hace todo para el bien, pero a fin de cuentas habría sido escrita, y nuestra tarea principal se resumiría en dos aspectos: descubrirla y no apartarnos demasiado. Todo estaría escrito por adelantado, sin que nos entreguen la clave, lo que otorgaría a la vida humana la apariencia de una búsqueda del tesoro. […] En esta perspectiva, la voluntad de Dios adquiere un tono dirigista que se justifica por la bondad y la sabiduría divinas. Él conoce mejor que nosotros. Esto no puede ser negado, pero no cambia nada al hecho de que esta visión se concentra solo en el hacer, no en la relación; lo esencial es seguir el plan. Esta concepción se presenta en el discernimiento vocacional, pero no únicamente. Ahora bien ¿Dios obra realmente así con nosotros? (pg. 238-239).

La historia del pueblo de Dios no nos da para nada esta visión. En ella vemos a Dios que acompaña incansablemente a su pueblo y le mantiene su fidelidad a pesar de sus innumerables infidelidades. […] La historia de Israel es nuestra historia, y Dios también nos acompaña a nosotros por el camino de nuestra vida, atravesando por elecciones que frecuentemente podría decirse que no son las suyas. Él nos expresa su preferencia en la Escritura, a través del Magisterio, a través de nuestra conciencia, pero las elecciones son nuestras, nada está escrito con anterioridad (pg. 239).

«El hombre es racional, y por ello semejante a Dios; fue creado libre y dueño de sus actos», escribe san Irineo. No seríamos semejantes a Dios si decidiera por nosotros acerca de nuestra vida. Lejos de la imagen de la búsqueda del tesoro, somos iluminados por la luz de Jesús caminando con los peregrinos de Emaús sin que estos los supieran, abriendo sus inteligencias y encendiendo sus corazones (pg. 239-240).

 

ABUSO DE CONCIENCIA

Jamás un formador puede decirle a un candidato: estás llamado a entrar con nosotros, porque al expresarse así, y sin pronunciar la palabra, en realidad le dice: tú debes (pg. 194).

[Dentro de una comunidad,] el guía deber ser elegido libremente y todo el acompañamiento debe estar caracterizado por la máxima libertad. También hay personas que son incapaces de hablar acerca de su interioridad, sin duda más a menudo entre los hombres que entre las mujeres. Esto debe ser respetado (pg. 208). Nadie puede imponerse -o ser impuesto- como director espiritual, y el acompañante espiritual libremente elegido no puede obrar con autoridad dando órdenes (pg. 221).

Puede ser extremadamente provechoso, y tal vez incluso indispensable, que el hermano tenga un mínimo de apertura hacia su superior. […] Ahora bien, no puede exigir la apertura profunda del corazón (pg. 192-193). Se puede exigir un mínimo de apertura. […] Nadie tiene derecho a exigir la apertura total. […] Nunca puede ser institucionalizada ni exigida (pg. 207-208).

Si alguno exhorta directamente: Tú deberías abrirme tu corazón, o incluso manda: Ábreme tu corazón, la disfunción ya está presente y la intención no es pura. Incluso si en un primer momento los frutos pueden ser buenos […], a largo plazo la persona sentirá que no se respetó su intimidad. En los casos graves, puede sentirse violada (violación de conciencia), porque tendrá el sentimiento de que alguien penetró en su intimidad sin su consentimiento (pg. 208).

Esta entrada a la fuerza se realizar por medio de la obligación de abrirse en el fuero interno. Las consecuencias de tal violación son descritas como una desaparición del «yo»: Ya no sé quién soy. Uno debe estar aniquilado de tal manera que hay como una desaparición del «yo» que se entrega. Yo ya no existo (pg. 216).

Pedir transparencia en el ámbito del pensamiento o de la conciencia pertenece al abuso de poder. Todos los totalitarismos buscaron controlar el pensamiento (pg. 210).

En una estructura piramidal, la violación del secreto forma parte además de la estructura misma debido a la necesidad de hacer que todo se eleve hasta la cabeza. Los intermediarios deben decir todo y no pueden guardar nada en secreto (pg. 211).

En una comunidad religiosa, la práctica del capítulo de culpas (práctica monástica que consiste en reconocer las propias faltas [-externas y públicas, no internas-] durante una reunión o capítulo comunitario) puede ser desviada de su sentido y convertirse en una verdadera acusación pública. Lo mismo sucede con la práctica de las sesiones de corrección fraterna, abandonada casi en todas partes a causa de su ambigüedad (pg. 253).

El canon 630 del Código de Derecho Canónico de 1983 prohíbe a los superiores a «inducir de cualquier modo a los miembros para que les manifiesten su conciencia». La expresión es fuerte e incluye cualquier forma de presión, por discreta que sea. […] Si el religioso se siente obligado, por poco que sea, a dirigirse a un superior para abrir su conciencia, ya no se respeta la libertad exigida por la Iglesia (pg. 230).

La interpretación abrupta del estilo: es una tentación, es el demonio, manifiesta la ausencia de discernimiento. […] Si son acompañadas por un exorcismo, la violencia ejercida se hace insoportable. El acompañante trata al acompañado como a un niño incapaz de discernir por sí mismo y, sobre todo, impone su visión a priori (pg. 194).

 

HUMILLACIÓN

La humillación […] en la práctica jamás debe ser buscada por el religioso, y todavía menos provocada por los superiores. La humillación solamente lleva a la humildad a condición de ser bien vivida, lo que exige una madurez espiritual bastante avanzada (pg. 164).

Decir «Tú no vales nada, es necesario suprimirte completamente para que Cristo tome tu lugar» no tiene nada que ver con el amor de Cristo y, todavía más, es destructivo en el plano psicológico, porque una sana autoestima es indispensable para una vida normal. Destruir la autoestima es destruir la posibilidad de entrar en relación con Dios (pg. 174-175).

El ideal de la vida religiosa no es una desencarnación, sino la Transfiguración. De este modo, toda espiritualidad que contenga un desprecio por lo humano ya no es verdaderamente cristiana, pues su vínculo con Cristo está desarticulado (pg. 199).

 

CONSTITUCIONES / DIRECTORIO

[En una comunidad con derivas sectarias] el candidato no tiene derecho a leer la regla de la comunidad hasta su compromiso, a veces durante muchos años. Solamente conoce algunos pasajes escogidos. ¿Cómo puede comprometerse en tales condiciones? […] Una hermana que planteó la cuestión recibió esta explicación: Porque la regla es tan sublime que no se la puede comprender antes de pronunciar los votos, es decir, como un iniciado. Uno quedaría agobiado por su excelencia y luego se desanimaría completamente frente a su propia nada. […] Ningún compromiso es posible si no se conoce la regla. Hechos en tales condiciones, los votos fácilmente podrían ser declarados inválidos (pg. 112).

 

VÍCTIMAS

Por un lado, tenemos hermanos o hermanas (frecuentemente, una amplia mayoría) que parecen sentirse bien en un clima que los estimula a la santidad -la comunidad es radiante, atrae vocaciones de jóvenes en búsqueda de lo absoluto-; por otro lado, tenemos a algunos miembros que salen y denuncia progresivamente las sombras del gobierno y que se dan cuenta de la degradación que todo eso obró en ellos. Es fácil la tentación de considerarlos como ovejas negras, personas que arreglan cuentas porque «no tenían vocación» (pg. 54).

Hace falta tiempo para captar lo que puede pasar y comprender que, incluso si algunos se sentían bien en ese clima, este era profundamente perverso. Algunas personas quedan gravemente marcadas, en ciertos casos, de por vida. Algunos sienten la tentación de suicidio y a veces alcanzan su objetivo. Otros pierden completamente la fe, con gran dificultad para perdonar tanto a sus superiores que los destrozaron como a la Iglesia que dejó que siguieran causando daño por tanto tiempo, que los encubrió y que no quiere o duda en castigarlos (pg. 54).

Es necesario reconocerlo: desde el exterior de estas comunidades es difícil percibir lo que se vive en ellas. Por un lado, tenemos frutos espirituales que parecen maravillosos (celo religioso, vocaciones, conversiones dentro o fuera de la comunidad, etc.); por otro lado, encontramos a algunas personas que se quejan de disfunciones cuya autenticidad es difícil reconocer, pues parecen demasiado graves y desmesuradas (pg. 54). 

[Como consecuencia de las derivas sectarias de una comunidad] el cuerpo se vengará con insomnios, dolores de espalda u otras enfermedades psicosomáticas. […] No todos los miembros de la comunidad conocerán este deterioro. Comenzará por uno (que será expulsado), luego otro y otro más. Al principio, desde el exterior, se explicará como una falla personal, una ausencia de vocación para esta comunidad (pg. 65-66).

¿Cómo es posible que, en una comunidad fervorosa, en donde todo parece tender hacia Dios, en donde se afirma con insistencia la libertad de cada uno, en donde se habla incesantemente del amor, se pueda ver a religiosos y religiosas que se hunden en la depresión hasta el punto de verse tentados al suicidio? Esto le sucedió a personas que, cuando pudieron salir, más tarde demostraron ser perfectamente equilibradas y no presentar ninguna patología (pg. 177).

 

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