El resultado de una estrategia pastoral “entreguista” y paralizante es bien conocido: las parroquias en crisis o en caída libre y los restos o rescoldos de cristianos y cristianas que forman parte de ellas tienen los días contados para entrar en un proceso de liquidación y acabar siendo, por ello, un residuo.
Jesús Martínez Gordo
Empieza a ser normal que, en el mejor de los casos, terminen disueltos —frecuentemente, en contra de su voluntad— en un constructo que, numéricamente más grande, les resulta lejano, extraño y ajeno. Tales constructos suelen ser las llamadas unidades pastorales que, con frecuencia, suelen acabar siendo “residuales” si —como también habrá que analizar más adelante— no se ha cuidado que sean unidades formadas por restos parroquiales con voluntad contrastada de llegar a ser comunidades vivas, misioneras, corresponsables y, por ello, con futuro y estables.
Si se quiere afrontar la caída resultante con un mínimo de coraje pastoral, ofrezco cinco sugerencias sobre el ministerio ordenado y la ministerialidad laical que pueden abrir las puertas a un nuevo modelo de obispo, presbítero y ministerio laical, en el caso de que se esté interesado en no asistir a la caída de las parroquias como plañideras y profetas de calamidades o entendiendo que la tabla de salvación se encuentra solo en las llamadas unidades pastorales o en la apuesta por un modelo de iglesia contrarreformista y tridentina de las que también habría que hablar.
Estas cinco sugerencias son expuestas y analizadas con mayor detenimiento en un libro que espero ultimar pronto. Aquí me limito a enumerarlas, exponiendo sintéticamente tres de ellas.
Dichas sugerencias están referidas, la primera, a una iniciativa del arzobispo de Zaragoza en la relación con el presbiterio diocesano, digna de ser conocida e imitada.
En la segunda, recuerdo la importancia de apostar —más allá de los años que se puedan tener— por un modelo de presbítero conciliar que el teólogo Christoph Theobald llama “barquero”.
La tercera está dedicada, por un lado, a un arzobispo que, con entrañas pastorales, aplica imaginativamente el código de derecho canónico y, por otro, entiende que los pocos presbíteros con los que cuenta la diócesis han de dedicarse a ser y ejercer de pastores. Por ello, no tiene problemas en que el laicado desempeñe tareas organizativas asumidas —hasta ahora— por los ministros ordenados como “vicarios” del obispo.
En la cuarta, recuerdo el importante paso dado por el Papa Francisco al hacer partícipes de su poder primacial no solo a los ministros ordenados, sino también a todos los bautizados y el debate teológico que se ha abierto sobre el fundamento de dicha participación en el poder del ministerio ordenado. Y sobre la más que cuestionable subordinación del poder de Cristo —conferido por el bautismo— a la participación en el poder que se funda en el sacramento del orden.
En la quinta y última de las sugerencias, traigo tres aportaciones teológico-pastorales —de Joseph Moingt, mons. Friz Lobinger y de Hans Küng— en la esperanza de que alguna de ellas pueda ser implementada a lo largo del siglo XXI.
Como he indicado más arriba, me centro, por
razones de espacio en exponer sintéticamente las tres primeras sugerencias.
1.- Un obispo que atiende “con especial esmero” al presbiterado
La noticia saltaba a los medios de información religiosa en octubre de 2025: el arzobispo de Zaragoza, mons. Carlos Escribano, retrasaba “sus habituales visitas pastorales a distintas zonas geográficas” de la diócesis para ocuparse con especial atención a los presbíteros”[1].
En una carta, titulada “Quiero dedicar este año a los sacerdotes”, el arzobispo de Zaragoza les comunicaba su voluntad de encontrarse con ellos, “primero, en grupos, y, después, individualmente” para “profundizar juntos en la experiencia de su identidad y de su misión”.
Con estos dos tipos de encuentros mons. Carlos Escribano buscaba, además de “ahondar personalmente en el momento en que cada uno se encuentra y poder compartirlo”, “poner nombre a las carencias que existen y que nos complican el día a día de nuestro quehacer apostólico”. Entendía que, de esta manera, iba a ser posible “descubrir nuevos caminos” que nos ayudaran “a anunciar juntos el evangelio y llevar así la esperanza a la gente a la que servimos”.
Cuando leí la noticia, me pareció excelente que el arzobispo de Zaragoza decidiera dedicar un año a “atender” —personal y colectivamente— a los presbíteros, estuvieran sumidos en una situación “entreguista” o no. Y me lo pareció porque creo que le iba a permitir conocer de primera mano la situación personal, las disponibilidades y capacidades del presbiterio diocesano y, muy probablemente, la realidad pastoral de la iglesia local. Era de esperar —así me pareció también— que, como resultado de todo ello, formulara una propuesta de futuro con los pies en la tierra.
Entiendo que ésta es una iniciativa propia de un liderazgo pastoral diocesano con alguna garantía de futuro y, por supuesto, inspiradora de cierta confianza. Solo queda esperar el éxito de la misma y que sea seguida por otros obispos con este o u otro formato, pero con parecidos objetivos.
2.- Un presbítero “barquero”, no “pivote”
Pero, además de que vaya apareciendo un nuevo modelo de obispo que se ocupe de “atender con especial esmero a los presbíteros”, urge salir al paso del diagnóstico liquidacionista en que se sustenta la estrategia pastoral “entreguista”. E, igualmente, del modelo de presbítero “pivote” (Christoph Theobald), en favor de otro que el teólogo franco-alemán tipifica como “barquero”[2].
Según este teólogo, si nos proponemos que el futuro de la Iglesia dependa del número de vocaciones al presbiterado, es imposible pensar en un camino que permita salir a la gran mayoría de las actuales parroquias de la caída (libre o no) en la que están y abrir un proceso que las permita ser comunidades vivas, corresponsables, misioneras y estables y, por ello, con futuro.
La realidad es que el presbiterado de nuestros días presenta, al menos en la Europa occidental, una ambivalencia o indeterminación entre dos modelos, difícilmente superable.
Están, en primer lugar, los presbíteros que experimentan una especie de “episcopalización”. Se trata de ministros ordenados cada vez más “itinerantes” y “constructores de puentes” (“pontifex = pontífice), a la vez que con dificultades para superar una sensación de vacío y fugacidad en lo tocante a una presencia —asidua y efectiva— en las parroquias. Es un modo de ser presbítero que acaba siendo vivido por los directamente concernidos con mucha tensión y como fuente de dificultades.
Pero también están apareciendo, en segundo lugar, otros presbíteros, sobre todo, entre los más jóvenes, interesados en fijar su servicio en un territorio muy preciso, centrados en su persona, orgullosos de su capacidad para convocar a la celebración litúrgica, partidarios de reafirmar su autoridad específica sobre la base del poder que deriva del sacramento del orden y muy cuidadosos de la simbología antigua y de la vestimenta; algo que, por otra parte, no suele plantear mayores problemas a una sociedad acostumbrada al folclore.
Sucede que, mientras los sacerdotes mayores perciben la aparición de esta manera de ser presbítero como un retorno a unos tiempos y a una estrategia pastoral ya ensayada y fracasada, los más jóvenes la defienden como “postmoderna”, probablemente —continúa Christoph Theobald— por un cierto temor relacionado con la “episcopalización” del ministerio que constatan en la generación que les ha antecedido y con los exigentes requerimientos humanos y espirituales que comporta tal modelo de presbítero: un gran equilibrio personal, mucha flexibilidad, una buena capacidad para adaptarse y cuajo para delegar y confiar en los bautizados y bautizadas. Y todo ello, con frecuencia, a costa de una cuasi desaparición de la vida personal.
Se comprende, a la luz de estas percepciones, prosigue el teólogo franco-alemán, que una parte de los presbíteros pertenecientes a las generaciones más jóvenes prefieran contar con una implementación clara y concreta de lo que es un correcto ejercicio ministerial. Entienden que así es posible superar el estrés que ronda a sus predecesores, sometidos a una especie de evaluación permanente por los colaboradores parroquiales y por la comunidad.
El resultado de estas diferenciadas sensibilidades marca la existencia de dos clases de presbíteros: los “pivotes” —porque solo saben “rodearse” de fieles— y los “barqueros”, capaces de reunir y acompañar comunidades para la misión, ayudándolas a pasar de la orilla de la minoría de edad a la de la mayoría de edad eclesial.
Éste último, el “barquero”, es el modo conciliar de ser presbítero: llamado a ejercer su autoridad para empoderar a los fieles a ser libres y autónomos en la fe, así como para hacer posible el acuerdo y la sinodalidad entre todos los miembros de la comunidad.
El futuro de la Iglesia —viene a concluir Christoph Theobald— queda vinculado a la promoción, acompañamiento y, cuando sea necesario, conversión a este modelo conciliar; para nada en el tipificado como “pivote”; y, menos, en el “entreguista”.
A la luz de esta aportación, me permito indicar que el futuro de la Iglesia no pasa por contar con muchos sacerdotes, sino porque sean “barqueros”. A ellos —con el obispo— les tocará codearse con los “pivotes” que siempre van a existir. Esta es una dificultad que puede verse notablemente incrementada cuando —como así sucede en muchas diócesis, al menos españolas— la obsesión por la cantidad no repara en acabar promoviendo un modelo preconciliar y, por ello, solo o casi solo cultual y contrarreformista (el “pivote”).
3.- Los laicos “representantes” —e, incluso, “vicarios”— del obispo
El 25 mayo de 2021 el arzobispo de Lausana – Ginebra y Friburgo (Suiza), monseñor Charles Morerod, comunicaba que los vicarios episcopales iban a ser reemplazados por “representantes laicos del obispo” y que las vicarías territoriales se cambiaban por los de “regiones diocesanas” (o “zonas pastorales”)[3].
La clave que presidía tan novedosa y sorprendente decisión era que los presbíteros pudieran desempeñar la tarea —indudablemente pastoral— que les era más propia: “espero —dijo el arzobispo— que los sacerdotes puedan desplegar su propio papel desarrollando tareas pastorales en lugar de ser asignados a tareas organizativas”.
La ubicación de los efectivos presbiterales en las zonas pastorales llevaba a promover a laicos y laicas a responsabilidades organizativas, gubernativas y pastorales, desempeñadas en exclusiva, hasta entonces, por los ministros ordenados.
Entendía que, procediendo de esta manera, estaba desarrollando una positiva colaboración del laicado: “dar responsabilidades a los laicos” supone que tales laicos también pueden participar (con los presbíteros) tanto en la coordinación pastoral cantonal como en las tareas transversales que “afectan a todos los aspectos de la vida de la Iglesia”; algo que no restaba ni un ápice de valor a las tareas —sacramentales y pastorales— que son propias de los presbíteros.
Seguidamente, explicaba la razón del cambio de “vicarías” por “territorios pastorales”. “Para hablar de vicaría, debe haber un vicario”. Y éstos, para muchos, solo pueden ser ministros ordenados. Si se quiere sortear esa dificultad, más allá de lo discutible que pueda ser tal argumento, no queda más remedio que recurrir a otra palabra o expresión más apropiada: de ahí el cambio de vicario por el de “representante del obispo” y de vicaría por el de “territorio o zona pastoral”. Son en estas últimas donde los “representantes del obispo” gestionan los asuntos pastorales del lugar, a la vez que los van discerniendo con el prelado, a nivel diocesano.
Obviamente —proseguía mons. Charles Morerod— hay que elegir a personas que conozcan bien las situaciones con las que van a tener que lidiar e, igualmente, hay que contemplar la diversidad carismática y ministerial existente en la diócesis. El cuidado de estos criterios explica la diversidad de perfiles que presentan las tres personas elegidas en esta primera ocasión: una mujer laica, un hombre laico y un diácono.
Creo necesario informar —señalaba seguidamente el prelado— que estos laicos —y otros que se nombren en el futuro— al ser representantes míos, participan de mi autoridad como obispo. Además, creo necesario indicar, igualmente, que he consultado esta decisión en la Congregación para el Clero en el Vaticano donde se interesaron, sobre todo, por “cuestiones terminológicas”. La nominación de estos laicos como “representantes del obispo” obedece a que he tenido en cuenta las indicaciones facilitadas, así como a la necesidad de superar el clericalismo que nos invade.
Cuando, en mayo de 2021, tuve noticia de esta decisión —apunto por mi cuenta— me pareció que se estaba superando la teología y la legislación canónica según la cual solo los ministros ordenados podían ser vicarios o participar del poder de gobierno en la Iglesia; algo posible gracias al Papa Francisco. Igualmente, me pareció que se empezaba a implementar la “realeza” bautismal de los cristianos que —reconocida y proclamada en el Vaticano II (LG 13)— estaba, desde entonces, bloqueada o, si se prefiere, durmiendo el sueño de los justos. Y, además, no solo permitía afrontar el problema de la escasez de presbíteros, sino también el de la existencia de ministros ordenados “entreguistas” allí donde no fuera posible su recuperación. Y, lo superaba, insuflando esperanza e ilusión.
Pero eso, siendo mucho, no es todo, El 5 de octubre de 2025 hubo una rueda de prensa en una oficina del obispado de Friburgo en la que el arzobispo Charles Morerod ofreció una evaluación de los años en los que los laicos habían estado participando en la gestión eclesial al más alto nivel. El trabajo realizado, informó, ha sido “excelente”, a pesar de que “todavía estamos en un período de rodaje”; algo que, por otra parte, no impide reconocer que se “están vislumbrando muchos aspectos positivos”.
Es cierto que el cambio realizado está logrando “una aprobación bastante alta” tanto entre unos como entre otros, lo cual no quiere decir que no esté llevando su tiempo acostumbrarse. En todo caso, señaló seguidamente, también en el Vaticano se han nombrado laicos, a menudo mujeres, para puestos de liderazgo en los últimos años.
Sin embargo —prosiguió— no tenemos más remedio que ser conscientes de que “las reformas nunca satisfacen a todos”. Prueba de ello es que se me informó —en el transcurso de la visita “ad limina”, en el Vaticano— que había sido criticado ante el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, sobre todo, por cristianos del mundo italo-anglófono, por esta decisión.
El Dicasterio envió un mensaje a las nunciaturas de los países en los que residían los denunciantes, encargando a los responsables de las sedes diplomáticas comunicarles la no recepción de las acusaciones y aclarar lo implementado por mons. Morerod. Es más, se le indicó que podría haber llamado “vicarios” a los laicos designados para dirigir las regiones o zonas diocesanas, facilitando una explicación. Es una decisión que no adopté porque “la explicación habría sido demasiado compleja”.
Y finalizó su aclaración indicando que la decisión tomada por él no era única. También había diócesis francesas que estaban nombrando laicos y mujeres para puestos de responsabilidad; algo, apuntó, de lo que me enteré más tarde. Esto demuestra, concluyó, que no vamos “en contra de la corriente de la historia, sino todo lo contrario”.
Era evidente que mons. Morerod conocía la firme voluntad de Francisco de hacer partícipes del poder del ministerio ordenado (papal o episcopal y presbiteral) a los laicos, laicas, religiosos y religiosas, tal y como se puede apreciar en la Constitución Apostólica “Praedicate Evangelium” (2022).
He aquí un claro ejemplo de cómo salir al paso y superar el “entreguismo” (allí donde exista) e insuflar ánimo articulando la colaboración entre ministros ordenados y laicos y acompañando con entrañas pastorales la andadura de los posibles restos parroquiales o rescoldos comunitarios. Es una doble apuesta que merece ser conocida.
Se trata, como se puede apreciar, de otra “sugerencia” sobre el ministerio ordenado y los ministerios laicales que —como he indicado más arriba— abre algunas puertas a quienes —obispos, presbíteros y laicado— no están dispuestos a llorar y “entregarse” al desaliento ante la caída de las parroquias y también frente a quienes entienden que la tabla de salvación se encuentra en el retorno a la estrategia pastoral —contrarreformista— que se implementa cuando se cree —probablemente bastante desesperados— que es la única salida posible.
[1] Mateo González Alonso: “El arzobispo de Zaragoza se despoja de tareas para volcarse en el cuidado de los curas”, VIDA NUEVA DIGITAL, https://www.vidanuevadigital.com/2025/10/02/el-arzobispo-de-zaragoza-se-despoja-de-tareas-para-volcarse-en-el-cuidado-de-los-curas/ (02/10/2025)
[2] Cf. CHRISTOPH, THEOBALD, “Urgences pastorales du moment présent. Comprendre, partager, reformer”, Ed. Bayard, París 2017, pp. 327-340.
[3] Cf. Maurice Page, “Charles Morerod: ‘Ce changement demande un saut dans la foi’”: https://www.cath.ch/newsf/charles-morerod-ce-changement-demande-un-saut-dans-la-foi/ (25 de mayo de 2021)


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