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viernes, 4 de diciembre de 2020
martes, 4 de agosto de 2020
Así no se hace
UN DESPIDO EN JAKINBIDE - LIBRERÍA DIOCESANA DE BILBAO
Cualquier persona que lleve trabajando en
la misma empresa muchos años merece una consideración a la hora de finalizar su
relación laboral porque en todos esos años se han tenido que establecer otras
relaciones personales además de las estrictamente laborales que obligan a
mostrar el agradecimiento de los dueños y de los compañeros cuando llega el
momento de poner fin a su trabajo. Es una “buena práctica” que aún se mantiene
en muchas empresas aunque en otras muchas se ha ido sustituyendo por un simple
y frío comunicado en el que se detallan las condiciones del despido o de la
jubilación. Cuando así sucede la persona trabajadora se siente humillada y
herida en su dignidad. Aunque las causas que lo justifiquen sean legales y las
condiciones económicas que se le ofrecen sean beneficiosas, el trabajo humano es
más que un empleo; mucho más que un salario, y al perderlo, la persona pierde
inevitablemente algo muy importante porque el trabajo que hacemos, nos hace y
configura nuestras relaciones sociales. Como ya lo decía Engels: “el trabajo es la condición básica y fundamental de toda
la vida humana”. Si a esta pérdida se añade la falta de reconocimiento de
su dedicación profesional, la persona trabajadora se irá a su casa pensando que
para su empresa, ella habrá sido como un mueble envejecido que se desecha o
como una máquina averiada que se sustituye por otra más moderna y rentable.
Esta consideración humana del trabajo es
la que está en juego en las contrataciones laborales que se establecen desde el
marco neo-liberal capitalista en el que se valora la mano de obra como un coste
a reducir para hacer competitivo el producto y aumentar el beneficio. En el
mundo obrero también, inducido por la cultura capitalista, se ha ido perdiendo
la dignidad del trabajo hasta valorarlo sólo o principalmente por el salario
que se consigue.
miércoles, 9 de mayo de 2018
Preocupación por el Seminario de Bilbao
Carta dirigida por el «Foro de Curas de Bizkaia»
al rector del Seminario de Bilbao
Sr. D. Aitor Uribelarrea
al rector del Seminario de Bilbao
Sr. D. Aitor Uribelarrea
Estimado Aitor:
En nuestra última reunión del
“Foro” (5 de Feb.) hemos tratado, largo
y tendido sobre el encuentro-diálogo que tuvimos contigo acerca de nuestro
Seminario diocesano. Encuentro que quería significar nuestra preocupación por
la marcha de esta realidad eclesial tan
importante para el futuro de nuestra Diócesis.
Fruto de nuestra reunión, estas
consideraciones que te hacemos llegar y que nos gustaría las comentaras con los
seminaristas (y con quien tú quieras, faltaría más). Nosotros, por nuestra parte,
después de un tiempo prudencial las insertaremos en nuestro blog.
Y lo primero que queremos es agradecer
tu presencia, seguro que tuviste tus dudas y hasta es posible que hicieras
alguna “consulta” antes de decidirte, pero te hiciste presente y eso es lo que
importa.
martes, 8 de mayo de 2018
Ningún obispo impuesto… aunque sea auxiliar
Jesús Martínez Gordo
El
posible nombramiento de un nuevo obispo auxiliar para la diócesis de Bilbao ha
reabierto el problema de la participación del pueblo de Dios en la elección y
nombramiento de sus prelados. En el papado de Francisco se ha reforzado el
convencimiento de que la designación de quien ha de presidir una iglesia local
ha de realizarse escuchando el parecer de los directamente afectados. Y
hacerlo, recuperando una tradición católica casi bimilenaria, por fidelidad a
la sinodalidad proclamada en el Vaticano II y sin trampa ni cartón, es decir,
con claridad y transparencia.
Al
Papa S. Celestino I (422-432) se debe lo que, desde el siglo V, es un criterio
rector incuestionable en la organización de la vida eclesial: ningún obispo
debe ser impuesto. Esta proclama ha sido puesta en práctica de diferentes
maneras a lo largo de la historia hasta que una insoportable injerencia de los
poderes civiles acaba pervirtiendo la legítima participación del pueblo de
Dios. El obispo de Roma se reserva dicho derecho, urgido por la defensa de la
libertad de la Iglesia y buscando garantizar la fidelidad de los sucesores de
los apóstoles única y exclusivamente al Evangelio.
En
el concilio Vaticano II los padres conciliares son conscientes de que la
intromisión de la autoridad civil en la elección de los obispos (la llamada
crisis galicana) pertenece al pasado, aunque quedan restos de ella. En el
postconcilio se busca recuperar, gracias a la sinodalidad y corresponsabilidad
bautismal, el protagonismo que tradicionalmente ha tenido el pueblo de Dios en
cuestiones que afectan a la vida ordinaria y, sobre todo, en aquellas que
comprometen su futuro a medio y largo plazo. Ello explica la demanda de un
mayor protagonismo y transparencia en la elección de sus obispos (sean
titulares, coadjutores o auxiliares) y la exigencia de cambiar la actual
normativa jurídica al respecto.
Como
es sabido, el nombramiento de los obispos se rige por el canon 377 & 1, un
texto tan importante como desconocido, al menos en una de las dos vías que
reconoce y sanciona: “el Sumo Pontífice nombra libremente a los Obispos o
confirma a los que han sido legítimamente elegidos”.
1.- El Papa “nombra
libremente”
En
la primera parte se formula taxativamente lo que para la gran mayoría de los católicos
parece ser la única vía posible: el Papa nombra libremente a todos los obispos
del mundo.
Labels:
Auxiliar,
Concilio,
Diócesis de Bilbao,
Obispo,
Tradición
miércoles, 4 de abril de 2018
Un nuevo Vicario general y un obispo auxiliar para la Diócesis de Bilbao
La solemne
celebración de la Misa Crismal ha sido el marco escogido por nuestro obispo
para dar a conocer el nombramiento de Joseba Segura como Vicario General y la concesión
por parte del Papa Francisco de un obispo auxiliar para nuestra diócesis. Las
dos noticias son relevantes para la misión de nuestra Iglesia y por ello
merecen ser consideradas con atención y comentadas con la mayor objetividad
posible. No da lo mismo que sea uno u otro el vicario general ni que se nos
nombre un obispo auxiliar. En la situación de crisis religiosa y pastoral que
sufrimos, las figuras del obispo y de su vicario son decisivas para responder a
los retos que, desde hace ya muchos años, se están planteando a la
evangelización en nuestro pueblo.
El nombramiento del vicario es ya un
hecho; después de las consultas realizadas, Joseba ha sido, al parecer, el más
votado en todos los estamentos de la diócesis. No seré yo quien vaya a dudar de
su capacidad. Los que le conocemos desde el seminario y los que han tenido la
oportunidad de trabajar con él en las diversas tareas pastorales que se le han
encomendado, tenemos datos de sobra para apreciar su formación y reconocer su
valía humana y religiosa como creyente y como cura. Pero a mí no deja de preocuparme
que, recién llegado de Ecuador, se le
haya presentado como candidato para una encomienda de tanta responsabilidad sin
darle apenas tiempo para hacerse cargo de la situación de esta diócesis, que en
los doce años que él ha estado ausente, ha sufrido tantos cambios. Extraña
mucho que para nombrar al vicario general haya que ir a buscarlo tan lejos. Y
además nombrarlo antes de conocerse, porque Joseba no conoce a D. Mario ni D.
Mario conoce a Joseba. El vicario es un “alter ego” del obispo, pero esta nueva
relación entre el obispo y su vicario va a llevar consigo una mutua conversión;
el tiempo nos dirá quién prevalece. Yo sólo deseo que sea para bien de esta
sufrida diócesis que, en su corta vida, ha dado muestras de resignada
aceptación y de probada comunión cada vez que se le han quitado o se le han nombrado
nuevos obispos.
Esta es la segunda noticia que se
nos anunció en la Misa Crismal: que vamos a contar próximamente con un obispo
auxiliar para la diócesis. El tono con el que D. Mario lo anunció mostraba su
satisfacción; lo dijo como si de un regalo se tratara. Él lo había conseguido
del Papa que – según explicó – conoce muy bien nuestra diócesis. Tengo fundadas
razones para suponer que esa petición al Papa ha sido una iniciativa del obispo
que no ha sido consensuada ni comentada en los Consejos Diocesanos que son
quienes deben valorar la situación pastoral de la diócesis y promover los
medios adecuados para su evangelización.
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