(De D.V.)
Francisco
se acerca a tres cuestiones –las parejas de hecho, la homosexualidad y los
divorciados vueltos a casar civilmente– con entrañas de misericordia
Han pasado dos años y medio desde que Francisco
abriera el debate de la moral sexual y de la llamada pastoral familiar en una
histórica rueda de prensa en el avión que le trasladaba de Río de Janeiro al
Vaticano (Jornadas Mundiales de la Juventud, 29 de julio de 2013). En el
transcurso de la misma dejó dos consideraciones que han marcado su pontificado
desde entonces.
El Papa pide «respeto» y «ayuda» para los
homosexuales.
Según la primera de ellas, había que revisar la
imposibilidad de una plena incorporación eclesial de los divorciados vueltos a
casar civilmente y propiciar, igualmente, una nueva normativa canónica que
acelerara las nulidades matrimoniales, dos asuntos que ponían nerviosos, sobre
todo, a los colectivos más tradicionales y rigoristas de la Iglesia católica.
Y según la segunda, había que cambiar el trato y la
actitud ante la homosexualidad: «Si una persona es homosexual y busca al Señor
y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?»