Mostrando entradas con la etiqueta Procedimiento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Procedimiento. Mostrar todas las entradas

miércoles, 7 de octubre de 2020

Nuevos nombramientos de obispos y “conversión eclesial”

 

 Jesús Martínez Gordo
(Teólogo)

 


Después de veinticinco años al frente de la diócesis de Bilbao (quince con mons. Ricardo Blázquez y diez con mons. Mario Iceta) casi nadie niega me dice un amigo que estos obispos fueron enviados para reconducirnos al “buen camino” de la involución eclesial, formulada en el Sínodo de obispos de los Países Bajos (1980) y, a partir de entonces, ejecutada sin consideraciones de ninguna clase. Las “Conclusiones” de este singular y atípico Sínodo, celebrado en el Vaticano, bajo la presidencia de Juan Pablo II y los “pesos pesados” de la curia vaticana de aquel tiempo, han sido aplicadas con penosos y más que lamentables resultados no solo en Holanda, sino también en otros lugares. Y, por supuesto, en el País Vasco, la “Holanda del Norte”. Lo han hecho al pie de la letra, estando al frente de la Conferencia Episcopal el cardenal mons. Rouco, en armoniosa y cordial entente con diferentes nuncios en Madrid. El punto capital de aquel Sínodo (y de la hoja de ruta en que cuajó) ha venido siendo el nombramiento de obispos con un perfil ajustado a las susodichas “Conclusiones” que invito a leer detenidamente a los más interesados. Y el problema que había que atajar era la recepción del Vaticano II en curso. Es referencial al respecto la Asamblea Diocesana (1984-1987) de Bilbao y las propuestas votadas y aprobadas: una buena parte, ratificadas por los obispos de entonces (mons. Larrea y Uriarte) y otras, muy pocas, referidas a asuntos reservados a la Santa Sede, comunicadas por los obispos al Vaticano.

 

Estamos hablando de un acontecimiento (la Asamblea Diocesana) y de un “modus operandi”, sinodal y corresponsable, que encendió todas las alarmas en la Santa Sede, ocupada —como estaba, ya por aquellos años en recepcionar involutivamente el Vaticano II y en aplicar la hoja de ruta “aprobada” en el famoso Sínodo holandés en la Santa Sede de enero de 1980. Por eso, no extraña que, desde el minuto uno, ni mons. Blázquez ni mons. Iceta quisieran saber nada de dicha Asamblea Diocesana ni, por supuesto de una nueva o, incluso, de un Sínodo (canónicamente, más controlable por ellos). Ya se sabe, el gato escaldado del agua huye… aunque sea fría. Ha habido quien me ha recordado que, siempre que se les preguntaba si habían recibido consignas al respecto, tanto mons. Blázquez como mons. Iceta respondían que no había nada de nada al respecto; que todo eran “fantasías conspiranoicas”. Y siempre, apunta quien me lo ha trasladado, recibían la misma o parecida réplica: es muy probable que no haya consignas porque Vds. habida cuenta del perfil teológico, espiritual y pastoral que presentan son la consigna.