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sábado, 13 de abril de 2019

Reflexiones… sobre la pederastia en el clero

Javier Elzo Imaz


Unas pocas reflexiones tras la lectura del documento de Redes Cristianas sobre la pederastia en el clero.

Estando de acuerdo con los objetivos del texto y con la gran mayoría de las medidas propugnadas me permito disentir de algunos aspectos, que exigen, a mi juicio obviamente, mayor profundización. Lo que leo es brocha gorda y la gravedad de la lacra de la pederastia en el clero, precisamente por su extensión y gravedad, exigen brocha fina, análisis más radical (ir a las raíces del tema, que son muchas) y más mesura en las formas.

—El principio de “tolerancia cero” que viene de EE. UU es muy criticado por penalistas, criminólogos, sociólogos, pedagogos etc. Supone no discriminar la gravedad de los delitos ni las consecuencias de las penas emitidas. Por ejemplo, en la actualidad, merced a ese principio, se están separando los niños de sus padres en la frontera entre Méjico y los EE.UU.

—Cuidado con el principio de “no prescripción de los delitos”, incluso el de pederastia. Escuchar a magistrados sobre este tema es muy instructivo.

La mezcla de los dos principios anteriores supondría que un tocamiento a un menor, condena de por vida, en el contexto que nos ocupa, al sacerdote. ¿Es que hemos eliminado de nuestra vida el principio de reinserción del delincuente? ¿Es que la justicia debe ser vengativa, y de por vida, y no restaurativa?

Las “victimas” como categoría sociológica uniforme no existe. Hay víctimas y víctimas, aunque todas sean víctimas. Depende de muchos factores: el grado de agresión recibido, las secuelas que le ha dejado, la lectura que la propia víctima del daño padecido etc., etc. En el País Vasco sabemos algo de esto. 

Por supuesto que hay que “aceptar la crítica que llega desde las propias víctimas”. Pero estoy en desacuerdo con la continuación de la frase cuando se afirma que “es a su autoridad a la que han de someterse el papa, los obispos y todo el clero”. A la autoridad, ¿de qué víctimas?. Es fácil y tramposo seleccionar a solamente determinadas víctimas y no a otras. Me suena a aquello de un ministro de Interior cuando afirmó que “las victimas siempre tienen razón”. Por favor léase a Ricoeur y Todorov, ellos también víctimas (del nazismo el primero, del comunismo el segundo) cuando escriben sobre el tema.

Por favor, no mezclar en un totum revolutum, el colectivo LGTBI, la ideología de género, el aborto, el divorcio, el matrimonio de los sacerdotes, el sacerdocio de las mujeres, las parejas de hecho, el matrimonio igualitario, los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, etc., etc.

Es injusto traer a colación la muy criticable expresión de Francisco “todo feminismo termina siendo un machismo con faldas” y añadir que se trata de “unas palabras sólo concordantes con la línea ideológica de los partidos de la extrema derecha, como VOX en España”, cuando el propio Papa ya ha reconocido su error y ha explicado el contexto en el que pronunció esas palabras. Que un papa aparezca con un hombre falible (yo tampoco estoy de acuerdo con todos sus planteamientos), y que reconozca públicamente que se ha equivocado, es para quitarse el sombrero. Este papa es una bendición. También por sus limitaciones.

No quiero alargarme. He escrito mucho, he dado conferencias, y algunas cosas he publicado sobre este tema. Todo está en mi blog si a alguien le interesa. Me une a los firmantes del documento de Redes Cristianos el mismo dolor por la lacra de la pedofilia, comparto, lo repito, lo esencial de su análisis, pero no el tono del mismo, ni algunas de las ideas del texto. Dicho sea con el mayor de los respetos.



Donostia San Sebastián 11 de abril de 2019

Javier Elzo
 

martes, 21 de noviembre de 2017

Morir para renacer. Otra Iglesia posible en la era global y plural

En este libro se defienden dos ideas mayores: que lo mejor del catolicismo no está en el pasado, sino que puede estar en el futuro, que está delante de nosotros y no detrás. Lo que exige otra Iglesia: sinodal, superando el clericalismo, liberándose de la era de la cristiandad y, al fin, habilitando completamente a la mujer en su seno. La segunda, para significar que, en la era secular, global, plural y crecientemente desigual en la que nos encontramos, necesitamos superar la fractura binaria entre creyentes y no creyentes, de tal suerte que todos los que, con buena voluntad, tengan inquietud por un mundo mejor, más justo, puedan trabajar conjuntamente en ello, y desde sus propias convicciones personales.

En contra de la opción generalizada de que la “edad de oro del cristianismo”, si tal cosa ha existido alguna vez, está en el pasado, y hace muchos siglos, quizá estemos en la aurora de otro modo de ser cristiano, de vivir el cristianismo en la sociedad secular y plural y, quizá, precisamente por ello. Esa intuición se basa en consideraciones básica y fundamentalmente, pero no exclusivamente, sociológicas. En primer lugar, que nunca la Iglesia Católica, en toda su historia de veinte siglos ha sido tan universal, tan extendida por el planeta como ahora. No hay, actualmente, instancia alguna en el planeta, con una implantación y organización tan desarrolladas como la Iglesia Católica, que deviene así, lo que en algún lugar he leído, la gran multinacional del espíritu. Además, y, en segundo lugar, desde Constantino, nunca ha estado tan alejada del poder político como en los tiempos actuales. Nunca ha sido tan libremente católica. La edad de oro de la Iglesia católica no estaba atrás, cuando los emperadores rendían pleitesía al papa, puede estar en el futuro.

Por otra parte, vengo reflexionando sobre la necesidad de superar la dimensión binaria como forma de pensamiento, con tanta implantación en nuestra sociedad. En ese ámbito muy pronto se me apareció como evidente la imperiosa necesidad de aplicarlo al par binario creyente/no creyente en la acción por una sociedad más justa, más humana, más convivial. La lógica binaria no tiene en cuenta, ni la complejidad de la realidad, ni la dimensión del tiempo. En este contexto, quiero subrayar mi profunda convicción de que no se puede vivir la fe en la actualidad como la vivieron y entendieron el centenar de generaciones de cristianos que nos precedieron, muchas durante los largos siglos de la era de la cristiandad, en cuyos estertores estamos. De ahí la insistencia en el pluralismo sagrado-secular. Mi convicción estriba en que no estamos antes dos mundos radicalmente separados, en dos departamentos estancos, sin solución de continuidad. Y, en este orden de cosas, la encarnación de Dios en Jesús, un Dios humano, la pongo en contacto con los planteamientos de Marcel Gauchet quien ve, precisamente por la encarnación de Dios en el cristianismo, “la religión de la salida de la religión” como instancia reguladora del “vivir juntos”, por utilizar su expresión. Pero, doy un paso más, y, en concomitancia con lo anterior, manifiesto la convicción de que otra Iglesia no solamente es posible, sino que es necesaria y conveniente, en el mundo global de nuestros días, ayuno de proyectos colectivos, sometido al poder del dinero, y el del consumo por el consumo.

La religión, en concreto los cristianos en la Iglesia, en el concierto de las naciones, en pro de ese mundo más justo, más humano, mas convivial no debe en absoluto presentarse como contracultura sino compartiendo su cultura con todos los hacedores del bien en la humanidad. Más todavía, la pretensión de construir una contracultura, algo así como la cultura del bien frente a la del mal, que reinaría en el mundo secular, se me aparece como un camino nefasto del quehacer humano. Es precisamente el pensamiento binario del yo y los otros el que lo alimenta.
Este libro es la continuación de un empeño en abordar la religión y la religiosidad en el mundo occidental, en nuestro tiempo, particularmente centrado en la confesión católica. Tras haber abordado la situación de los cristianos en un momento en el que se debatían entre encerrarse en la sacristía o salir a la calle para manifestar su identidad y sus valores (2), me he detenido, con cierto detalle, en otra publicación, en el ejercicio del poder en la Iglesia Católica (3). En ambos casos con una parte descriptiva y otra propositiva.

En este mundo, ya avanzada la segunda década del tercer milenio, que muchos autores tildan de incierto, creo que la Iglesia Católica tiene un papel que jugar. Papel firme, importante, en paridad y colaboración con otros “artesanos de la paz y de la justicia”. Sin prepotencias ni ocultamientos. Para ello, tiene bazas importantes. Lo repito: nunca ha sido tan universal como ahora, nunca, desde los tiempos de Constantino, ha estado tan desligada del poder político como ahora y, no se olvide, muchos, en el seguimiento a Jesús de Nazareth, habiendo aceptado, ¡al fin!, lo mejor de la Ilustración, vive, desde Juan XXIII, un ímpetu reformador y abierto al mundo, aunque con altibajos y fuertes resistencia en su seno. Que se lo pregunten al papa Francisco.

Javier Elzo

jueves, 28 de abril de 2016

¿Quién manda en la Iglesia?



(De RD)

(Javier Elzo, PPC).- Lo llamativo es que no nos llame la atención. Es que siempre la hemos conocido así. Nos parece obvio, evidente. A veces se oyen voces que obligan a reflexionar aunque, todavía, no se pasa de las palabras a los hechos. Así, el Papa Francisco, el 26 de septiembre de 2015 en Filadelfia, afirmó que el futuro de la Iglesia pasaba por los laicos y por las mujeres. Pero, ¿qué vemos cuando nos ponemos a mirar? La voz que se oye en la Iglesia es la voz de hombres célibes, mientras que la voz de las mujeres y la de los hombres casados es apenas perceptible.

Hay que reconocer que un organismo que se dice católico, luego universal, donde algo más de la mitad de sus miembros, las mujeres, y la gran mayoría de otra mitad, hombres casados o solteros -que no célibes-, no tienen apenas voz en el capítulo, es un organismo un tanto extraño. Raro. Preocupante.

No digamos si, además del ejercicio de la palabra, nos preguntamos por quién decide, quién manda en la Iglesia. Ya sabemos la respuesta: un puñado de hombres, todos célibes y que, por su forma de organizarse, la cúpula, la que realmente decide, la conforman hombres de edad avanzada. Muy avanzada. Tanto que para elegir a su responsable supremo entre un grupo muy selecto de poco más de 100 hombres, han decretado que solamente tengan derecho al voto quienes no hayan traspasado la edad de los 80 años.

Así mismo los delegados y responsables de la gobernanza espiritual y material de las diferentes partes del mundo en las que está asentada la Iglesia, los obispos en sus diócesis, deben renunciar a su cargo al llegar a los 75 años. Y pocos, muy pocos, no llegan a esa edad en el cargo, pues parece que les cuesta jubilarse.

El número de clérigos, obispos y sacerdotes, que son quienes tienen voz y mando sobre los laicos (claro que los obispos mucho más, particularmente sobre los sacerdotes), sumaban, el 31 de diciembre de 2012, según fuentes oficiales de la Iglesia Católica, 419.446 personas. Les ahorro el porcentaje que supone sobre los mil doscientos millones de católicos. Una exigua minoría. Hay que poner muchos ceros, tras la coma del cero inicial, y nos perdemos en los números infinitesimales.

domingo, 7 de septiembre de 2014

“Derecho a decidir” y “Derecho a decir” manifestaciones de la “posibilidad de ser”





F. J. Elzo, Sociólogo

No voy a entrar en la discusión de mi buen amigo Salvador Pié con Oriol Domingo cuya lectura de los sábados (cuando “La Vanguardia” publica las dos páginas de religión) alimentan mi fin semana. La pueden encontrar en la web “Catalunya religiò” del 1º de septiembre actual. Me llevaría más tiempo y espacio del que dispongo.

Quiero decir dos palabras sobre el “derecho a decidir” y sobre el “derecho a decir”. Hay una discusión sobre si una parte, Catalunya, el pueblo catalán, tiene derecho a decidir su futuro. Quienes se oponen a tal derecho arguyen que una parte (Catalunya) no puede decidir por el todo (España). Es lo que decidió, por ejemplo, el Tribunal Constitucional Español cuando tras el “portazo”, en sesión única, en las Cortes al Plan Ibarretxe, estatuyó que la soberanía residía exclusivamente en el pueblo español representado en el Parlamente Español. Más fuerte fue cuando el Estatut Catalán aprobado en el Parlament Catalán, con cerca del 90 % de los votos, tras su “cepillado” en las Cortes de Madrid, llevado a Consulta y aprobado (el Estatut cepillado) por el pueblo catalán, once hombres y mujeres, empujados a reunirse por el Partido Popular, tras larguísimas disquisiciones, en el Tribunal Constitucional lo tumbaran en un ejercicio que era, al mismo tiempo, plenamente legal y radicalmente antidemocrático al menos si sigue siendo válido que la soberanía reside en el pueblo. Claro que solamente parece existir el pueblo español.