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martes, 16 de abril de 2019

Sobre las relaciones entre voto, criterios de voto y responsabilidad de los católicos


  José Francisco Serrano  (En RD 14/04/2019)

Hace unos días, el catedrático de Teología del País Vasco, Jesús Martínez Gordo, en “El Diario vasco” publicaba un artículo titulado “Voto católico y transversalidad”. Recordaba que según el Barómetro del CIS de febrero de 2019, “el 91, 5 % del voto otorgado al PP lo fue de personas que se autoidentificaban como católicas y, he aquí la sorpresa, también el 73,6 % del voto recibido por el PSOE y el 29,2 % por Unidos Podemos”. A estos datos de recuerdo habría que añadir los de Ciudadanos y los que en un futuro vaya a conseguir VOX.

Sobre las relaciones entre voto, criterios de voto y responsabilidad de los católicos, se ha escrito mucho en los últimos días. La aparición del libro “A la caza del voto católico”, editado por Freshbook, pretende ofrecer contextos, datos e ideas para el debate público, también dentro del mundo católico. Un debate cada vez más necesario como ejercicio de sinolidad del pueblo de Dios y como práctica de libertad. Un debate sin rechazo de interlocutores, sin censuras, sin consignas, sin vetos, tal y como está ocurriendo en determinados ámbitos. Prácticas más propias de las políticas de poder que de la comunión en la Iglesia.

Pongamos el siguiente ejemplo tomado de la introducción del citado libro “A la caza del voto católico”. Recientemente en el blog de Cristianismo y Justicia, de los jesuitas catalanes, Bernardo Pérez Andreo escribía un post sobre el voto católico y la utopía capitalista.

Comenzaba ensalzando un artículo de Juan Manuel de Prada, “Sirviendo al mismo amo”, en el que señalaba que “en la línea de la argumentación de Chesterton en “La utopía capitalista”, Prada pretende avisar a los católicos contra los cantos de sirena del capitalismo y el liberalismo (hoy neoliberalismo) a través de la estratagema de mostrar con una mano los temas que preocupan a un votante católico conservador (aborto, familia, tradición, etc.), mientras que en realidad aplican un programa ultraliberal que destruye esos mismos valores que dice defender. Las políticas del neoliberalismo, capitalistas, por tanto, son las causantes de la destrucción antropológica, no las de corte marxista”.

Lo que decía Juan Manuel de Prada es que “el triunfo del capitalismo, de hecho, se funda en esa ‘perpetua adaptación’ de los hombres al divorcio, al aborto, al desprestigio de las virtudes domésticas, a la lucha de sexos, a las políticas de género. El triunfo del capitalismo no sería, en fin, ni siquiera concebible sin el sometimiento de los pueblos a sus destrozos antropológicos”.

Pérez Andreo daba un paso más cuando señalaba que “el problema de los votantes católicos en los próximos comicios va a ser que su voto, sin quererlo, servirá para destruir los valores que tanto aman”. ¿Por qué? Su tesis es que “el votante católico conservador se tendrá que enfrentar a la paradójica situación de que los valores de la familia y la tradición están mejor resguardados con políticas de corte socialdemócrata o directamente socialistas, que con las políticas propugnadas por los partidos actuales de la derecha española”. ¿Es así ahora? ¿Ha sido así en la historia reciente de la política española? Preguntas que se plantean y se responden en el libro.

Y un último apunte, mucho se ha hablado y se hablará de la teoría de la “túnica sin costuras” o de una “vida éticamente consistente”. Los que la promueven tienen intenciones nobles: quieren que la sabiduría moral de la Iglesia y la pasión por la justicia aporten la preocupación por temas más urgentes. Sin embargo, esta línea de pensamiento plantea dudas respecto a cómo establecer las prioridades para la toma de decisiones y que no se convierta en un ejercicio arbitrario, a veces partidista, en el ejercicio del cálculo político.

El deseo de promover el desarrollo integral de la persona humana lleva a una agenda de temas como el aborto, la eutanasia, la pena capital, la pobreza global y los temas relacionados de los migrantes y refugiados, y el cambio climático. Cada una de estas realidades de nuestro mundo representa una afrenta a la dignidad humana y una amenaza para el orden social.

El problema, al final, quizá sea no cómo se distribuye el voto católico, sino si los católicos se acuerdan de que lo son a la hora de votar, y de afrontar las injusticias en nuestro mundo cuando votan y en el día a día.


lunes, 8 de abril de 2019

Voto católico y transversalidad



Jesús Martínez Gordo

“Denunciamos las propuestas dirigidas a instrumentalizar la fe cristiana, utilizar la Iglesia en favor de una ideología conservadora o hacer un partido católico”.  Así se ha manifestado no hace mucho un grupo de curas y laicos de Valencia. Sospecho que lo han hecho motivados por la reciente deriva ideológica del Partido Popular hacia posicionamientos que, sin dejar de ser liberales y centralistas, intentan atraer a sus filas a quienes sintonizan con algunos puntos de la fe católica que
también dicen asumir. Y supongo que también tiene que ver en ello la sorprendente irrupción de Vox en el escenario político, así como la referencia a la sacrosanta unidad de España (para nada policéntrica) a la que recurre, de manera beligerante, Ciudadanos. Creo que tales movimientos de fondo en la derecha política son los que explican que estos curas y laicos valencianos inviten a votar a aquellos partidos en cuyos programas estén particularmente presentes otros puntos que, olvidados o ninguneados, forman parte de la doctrina social de la Iglesia católica: el primero de ellos es la reducción de los abismos de la desigualdad, poniendo “en el centro de la gestión pública a las personas que se encuentran en peores condiciones y oportunidades” y avalando “vías seguras a la inmigración”. “La garantía de los bienes universales de educación, sanidad, trabajo y vivienda” es el segundo. El tercero, el reconocimiento de “las identidades nacionales de los pueblos, escuchando y gestionando democráticamente sus derechos” y promoviendo el uso de “las lenguas cooficiales en todos los ámbitos”. Y, los restantes: la dignificación de la política, junto con la promoción de una laicidad inclusiva, así como la defensa y cuidado de la tierra.

A diferencia de este colectivo creyente, y de otros parecidos, las demandas de los católicos se sostienen, como manifiesta el profesor José Francisco Serrano Oceja, ciertamente en “la preocupación por los pobres, marginados, inmigrantes o excluidos”, pero también “en principios irrenunciables tales como la defensa de la vida, la dignidad de la persona o la libertad para escoger la opción educativa”. Ha habido tiempos, prosigue, en los que estas demandas fueron acogidas —cierto que, no sin dificultades— por el PSOE. Semejante entendimiento contribuyó a que fueran tres sus legislaturas al frente del gobierno de la nación; dos de ellas con mayoría absoluta. R. Zapatero se encargó de quebrar dicho entendimiento implantando “una revolución antropológica”. A ella se ha sumado P. Sánchez al manifestar su disposición a llevarla “hasta las últimas consecuencias”. Asumiendo este objetivo, concluye, “está complicando” el voto al PSOE de más de ocho millones de católicos. O, al menos, el de gran parte de los mismos.