lunes, 8 de abril de 2019

Voto católico y transversalidad



Jesús Martínez Gordo

“Denunciamos las propuestas dirigidas a instrumentalizar la fe cristiana, utilizar la Iglesia en favor de una ideología conservadora o hacer un partido católico”.  Así se ha manifestado no hace mucho un grupo de curas y laicos de Valencia. Sospecho que lo han hecho motivados por la reciente deriva ideológica del Partido Popular hacia posicionamientos que, sin dejar de ser liberales y centralistas, intentan atraer a sus filas a quienes sintonizan con algunos puntos de la fe católica que
también dicen asumir. Y supongo que también tiene que ver en ello la sorprendente irrupción de Vox en el escenario político, así como la referencia a la sacrosanta unidad de España (para nada policéntrica) a la que recurre, de manera beligerante, Ciudadanos. Creo que tales movimientos de fondo en la derecha política son los que explican que estos curas y laicos valencianos inviten a votar a aquellos partidos en cuyos programas estén particularmente presentes otros puntos que, olvidados o ninguneados, forman parte de la doctrina social de la Iglesia católica: el primero de ellos es la reducción de los abismos de la desigualdad, poniendo “en el centro de la gestión pública a las personas que se encuentran en peores condiciones y oportunidades” y avalando “vías seguras a la inmigración”. “La garantía de los bienes universales de educación, sanidad, trabajo y vivienda” es el segundo. El tercero, el reconocimiento de “las identidades nacionales de los pueblos, escuchando y gestionando democráticamente sus derechos” y promoviendo el uso de “las lenguas cooficiales en todos los ámbitos”. Y, los restantes: la dignificación de la política, junto con la promoción de una laicidad inclusiva, así como la defensa y cuidado de la tierra.

A diferencia de este colectivo creyente, y de otros parecidos, las demandas de los católicos se sostienen, como manifiesta el profesor José Francisco Serrano Oceja, ciertamente en “la preocupación por los pobres, marginados, inmigrantes o excluidos”, pero también “en principios irrenunciables tales como la defensa de la vida, la dignidad de la persona o la libertad para escoger la opción educativa”. Ha habido tiempos, prosigue, en los que estas demandas fueron acogidas —cierto que, no sin dificultades— por el PSOE. Semejante entendimiento contribuyó a que fueran tres sus legislaturas al frente del gobierno de la nación; dos de ellas con mayoría absoluta. R. Zapatero se encargó de quebrar dicho entendimiento implantando “una revolución antropológica”. A ella se ha sumado P. Sánchez al manifestar su disposición a llevarla “hasta las últimas consecuencias”. Asumiendo este objetivo, concluye, “está complicando” el voto al PSOE de más de ocho millones de católicos. O, al menos, el de gran parte de los mismos.


Y así, de repente, nos encontramos con que el voto católico puede ser, según algunos analistas, decisivo. Quizá, por ello, puede que no esté de más recordar cómo en la transición política la jerarquía de la Iglesia —con el cardenal Tarancón al frente— se negó a bendecir o apadrinar partido alguno, sin renunciar, por ello, a facilitar una serie de criterios a cuya luz convendría que los católicos emitieran su voto. Sin embargo, con el pasar de los años y presidida la Conferencia Episcopal Española por el cardenal A. M. Rouco, esta práctica fue interpretada como una inapropiada injerencia partidaria, abandonándose por ello hace un tiempo. Recientemente ha sido recuperada por los obispos andaluces en las elecciones de 2018, así como por Ricardo Blázquez, presidente de la Conferencia Episcopal Española, el pasado 1 de abril.

A la luz de estos datos, se multiplican los análisis sobre la incidencia del voto católico en las elecciones del próximo 28 de abril. Me ha sorprendido que, en muchos de los comentarios a los que he tenido acceso, se enfatice que el voto católico sea mayoritariamente conservador, cuando no, ultraconservador. Pocos han reparado, por ejemplo, en lo recogido al respecto en el barómetro de febrero (CIS, 2019) sobre el recuerdo de lo votado en las elecciones generales de 2016: el 91, 5 % del voto otorgado al PP lo fue de personas que se autoidentificaban como católicas y, he aquí la sorpresa, también el 73,6 % del voto recibido por el PSOE y el 29,2 % por Unidos Podemos.

Invito, a quien tenga humor y tiempo, a consultar dicho informe, sin dejar de lado, por supuesto, las, siempre oportunas, cautelas. Quien lo haga, creo que coincidirá conmigo en que, en una España como la actual, en riesgo de creciente polarización, como dijo M. de Unamuno, entre los “hunos” y los “hotros”, los votantes católicos parecen tener un comportamiento electoral (y esperemos que también político) muy transversal. Probablemente porque serlo, es una de las señas más genuinas de su identidad. Veremos si esta transversalidad cambia después del 28 de abril. Confieso que si se mantuviera sería una excelente noticia, en esta ocasión, para “htodos”. Y perdonen la unamuniana licencia ortográfica…


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