martes, 26 de marzo de 2019

La hora del laicado

Conferencia de
Gabriel Mª OTALORA


PLANTEAMIENTO

    Los laicos y laicas tenemos mucho que decir y hacer. Las dos cosas. Yo a lo que aspiro con esta reflexión es a poner un granito de arena que ayude a la responsabilidad que tenemos frente a nuestras dos debilidades más señaladas: el clericalismo y la pasividad indiferente, los grandes muros que impiden mostrar con hechos el Reino que se nos invita a construir, ¡entre todos y todas!, no solo unos pocos. 
    A los Doce siguieron otros muchos; en el evangelio se citan a aquellos "otros setenta y dos" que el propio Jesús envió de dos en dos, que no parece que eran autoridades religiosas. Pablo de Tarso emprendió poco después un enorme movimiento misionero hacia Occidente hasta el punto que se le considera el verdadero motor de la incipiente religión cristiana con diferencias esenciales respecto a la religión judía. 
    Mis palabras y reflexiones, por tanto, pretenden sumarse a la gran cadena que debemos tensar los cristianos para vivir la Buena Noticia entre nosotros y con los demás mediante el testimonio que lo haga contagioso. 

 
    Los laicos tenemos deberes. Ya no sirve ampararnos en que nos marginan y consideran menores de edad, eclesialmente hablando. El Papa Francisco sintetiza en su exhortación apostólica Amoris laetitia, la alegría del amor, su criterio principal de actuación para obispos, sacerdotes y laicos de vivir con una conciencia madura capaz de discernir la conducta a seguir en cada caso. Y para acertar, es preciso dejarse iluminar por Dios, escuchar, orar. Estamos llamados a curar y cuidar, a sanar y acompañar conforme al signo cristiano: 
-Lo primero, no hacer daño.
-Lo segundo, implicación, erradicando la actitud de "no es asunto mío".
-Lo tercero, hacerlo con amor, a la manera de Jesús. 

    Lograr, entre todos, una Iglesia libre y abierta frente a los desafíos del presente, que no debiera estar a la defensiva por temor a perder algo mundano: estas son palabras del Papa, no mías. 
En este contexto, es hora de reivindicar el papel del laico que, sigue muy postergado por el clericalismo, y desperezarnos de una pasividad endémica que nos cuestiona frente a las justas quejas que formulamos buscando una Iglesia viva en comunión participativa que ofrezca respuestas con hechos. No es una cuestión de clérigos, sino de todos, porque mientras no sea así, nuestra tarea cristiana de evangelizar está en juego. No seremos más que un pálido reflejo de lo que podríamos alumbrar y seremos motivo de escándalo. 
    Los laicos tenemos que sacudirnos pasividades, comodidades e inhibiciones y dedicar tiempo al compromiso activo en la comunidad cristiana y en la sociedad. Pero los presbíteros deben superar el control total de la comunidad y los recelos con los laicos para fomentar un verdadero liderazgo de servicio. 

    Es cierto que no es posible hablar de un único tipo de laico en la Iglesia, sobre todo en Occidente. Existe un laicado tradicional configurado como una mayoría silenciosa, pasiva e inhibida que hace seguidismo a la jerarquía a la que le basta con aceptar sumisamente la doctrina que enseña la jerarquía, sin sospechar siquiera que puedan tener alguna responsabilidad en la construcción comprometida de la comunidad o en el anuncio con hechos del Evangelio. 
Este convencimiento ha sido alentado, durante mucho tiempo, por buena parte de la jerarquía al construir un estilo infantil de vivir la fe diciendo en todo momento lo que cada uno tiene que pensar y hacer. Pero existe también otro laicado, minoritario pero cada vez más significativo, suspirando por una implicación real que pretende apoyarse en una visión más completa del mensaje evangélico. Son cristianos que intentan vivir su fe de forma adulta desde las preguntas que cuestionan la fe y la voluntad de ser fraternidad. Este laicado activo y comprometido está formado en su gran mayoría por mujeres que saben que su presencia no es debidamente valorada ni reconocida por la Iglesia institución. En realidad, muchos laicos y laicas se sienten meros colaboradores del clero. 
    No obstante, existe un tercer grupo de laicos y laicas comprometidos que participan en los movimientos “teocon”, muy activos (hay que admirar y copiar su celo y entusiasmo) y mimetizados con una realidad sociopolítica en la que prima el materialismo consumista que nos ha secado las entrañas y sumido en contradicciones casi insalvables. Estos laicos no han interiorizado la gravedad del pecado estructural, al que se refería el Concilio Vaticano II, el Sínodo de Obispos de 1971 y la encíclica Caritas in veritate de Benedicto XVI. El signo más claro de este fundamentalismo lo vemos en la peligrosa contradicción entre el Evangelio y la perpetuación de una Iglesia poderosa y acomodaticia. 
    Es cierto que ni el Papa Francisco puede sacudirse el clericalismo atávico que viene configurando la Iglesia durante siglos donde la esencia del cristianismo es un asunto de curas y monjas, y los fieles son el rebaño que debe dejarse guiar por los pastores; unos obedecen y otros mandan… Como dice José Antonio Pagola, de estos lodos clericales (protagonismo excesivo, autoritarismo y acaparamiento de casi todo por parte de ciertos presbíteros), ha crecido una religiosidad individualista en la que prima el cumplimiento de ritos sobre el compromiso solidario y ejemplar. El sentido de pertenencia comunitaria de la fe y la importancia de la oración a la escucha son aspectos secundarios y sin líderes pastorales. Todo ello impide el crecimiento maduro del laicado ante la dificultad de vivir iniciativas evangelizadoras.

    Las consecuencias son al menos tres, y bastante graves: 
a) No son pocos los laicos que, deseando sinceramente trabajar en la Iglesia, se ven frenados y abandonan la comunidad o viven desalentados en ella.
b) La comunidad se empobrece sin que seamos ejemplo para nadie.
c) Nosotros ahuyentamos, a veces, a los que buscan sinceramente a Dios. 
    ¿Nos falta oración? ¿Somos conscientes de que la comunión eclesial la crea el Espíritu de Cristo, y de que la jerarquía no hace sino presidirla y alentarla?
    ¿Creemos que el Plan —con mayúscula— no es nuestro, es de Dios?
    Nadie puede pretender acaparar al Espíritu o menospreciar o ignorar la acción del Espíritu en los demás. Esa es la gran tentación de una jerarquía centrada en sí misma: creer que el Espíritu tiene que pasar necesariamente por ella para actuar, dinamizar y dirigir a su Iglesia. Es la gran tentación también del laicado que no se compromete en las realidades que el Evangelio señala, cuando otras muchas personas actúan cristianamente desde su agnosticismo o ateísmo manifestando al Espíritu sin saberlo. Estas serán las destinatarias de la sentencia evangélica: "Señor, ¿cuándo te dimos de comer o de beber"?

Nadie es superfluo ni imprescindible
    La comunidad eclesial no es para sí misma, sino que está llamada a abrirse a la misión. Pero no somos capaces de concitar adhesiones ni entre los nuestros.
    El Vaticano II recuerda que el único título que la Iglesia ha de reivindicar es el de evangelizar con actitud de servicio. En una sociedad como la actual, en proceso de secularización y descristianización, resulta tentador para no pocos el buscar «refugio» en una Iglesia poderosa. Pero el Concilio señala que se equivocan los cristianos que "descuidan las tareas temporales" sin tener en cuenta que la fe obliga a asumirlas según la vocación personal de cada uno, mediante la oración personal y comunitaria, sabiéndonos las manos de Dios en lugar de vivir como si Dios estuviera al dictado de nuestros afanes, por muy religiosos que sean. 
    Es falsa la división clásica que separaba a los cristianos en dos sectores: el sector llamado a una vida de perfección en la consagración de los tres votos (pobreza,castidad y obediencia), y la mayoría laical, llamada solamente al cumplimiento de los mandamientos de Dios como cristianos de segunda categoría. 



    Todo el Pueblo de Dios es responsable de la misión profética y evangelizadora de diversas maneras o carismas. Todos estamos llamados a seguir a Cristo según el espíritu de las bienaventuranzas. No hay estados más o menos perfectos, sino formas diversas de escuchar y vivir la llamada al seguimiento. El Concilio Vaticano II supuso un antes y un después para los laicos; sin embargo, es palmaria la ambigüedad que suscita la Lumen Gentium sobre nuestro papel al dejar claro que la cura pastoral es exclusiva de los presbíteros: somos partícipes", solo somos una ayuda (LG 36-37) aunque estamos llamados como nadie a ser sal, luz, y levadura. 
    Los laicos parecen el equipo suplente ante la escasez de sacerdotes. A fecha de hoy, somos una categoría eclesial de segunda división que se nos ha definido más por lo que no somos (no-sacerdotes, no-religiosos y no-religiosas) que por lo que somos. Si no hubiese crisis sacerdotal, nuestra participación eclesial sería más exigua. Llama la atención el pírrico número de santos y santas laicos cuyo ejemplo ha merecido tal distinción. En todo caso, el prototipo del laico occidental es el de un cristiano desconcertado, inseguro y escéptico de su papel. 
    Un laicado mayoritario que ha perdido la referencia de las tres virtudes teologales: la fe (por inmadura), la esperanza (por descafeinada) y la caridad (porque es muy difícil) que gracias a llegada de Francisco, no ha sido el principal signo por el que se nos reconoce. Como corresponde a un tiempo revuelto, los laicos no acabamos de encontrar nuestro sitio en el mundo ni en una institución eclesial que se resiste a dejar atrás las cuotas de poder y de ostentación: Estado Vaticano, títulos y dignidades, carrera eclesiástica, etc.

2 NUDO
     El Papa Francisco es un profeta que quiere cambiar las cosas para que la Iglesia viva de manera más acorde a la fraternidad que los primeros seguidores de Jesús trataron de vivir tras su muerte. Estamos ante una oportunidad de construir un nuevo tiempo, necesariamente abiertos al Espíritu, para ser ejemplo de Buena Noticia. Este septiembre pasado, Francisco ha publicado Episcopalis Communio que reforma el modelo de gobierno de la Iglesia incorporando la participación y la corresponsabilidad laical en detrimento del clericalismo absolutista: el sínodo de los obispos es para escuchar al Pueblo de Dios, afirma Francisco.
     Algo se mueve frente a la llamada tradición sacerdotal que se aferra a una moralización exagerada y formalista y cuyo resultado ha sido la marginación de la tradición profética, centrada en la comunidad. Simplificando podemos decir que la primera gira en torno a los sacerdotes del Templo, mientras que la segunda lo hace sobre los grandes profetas. Todo parece indicar que Jesús se situó decididamente de parte de la tradición profética que priorizaba la evangelización del amor de Dios sobre la norma.
     El Papa ya sorprendió con su Carta al Pueblo de Dios, publicada en verano en plena crisis de la pederastia norteamericana, denunciando al clericalismo, el elitismo y el autoritarismo eclesial, da igual si es promovido por los clérigos o los laicos, porque favorecen los abusos en la Iglesia. Y ponía en el nivel de gravedad primero al abuso del poder del que luego se desprende el abuso sexual. El Papa llega a afirmar que el clericalismo es autoritarismo.
     En el Antiguo Testamento los tres tipos de mediadores entre Dios y su pueblo eran el sacerdote, el profeta y el rey. A partir de Cristo, Él es el gran mediador y maestro que reúne en su persona a los tres: Sacerdote, Profeta y Rey. Y quienes recibimos el bautismo somos proclamados como tales ante el obispo cuando nos confirma los tres derechos y deberes evangélicos adquiridos por el bautismo: testimonio, misión y servicio.
     Es importante insistir en que los primeros tiempos de la Iglesia no hubo clero ni laicos. De hecho, no existe tal terminología en el Nuevo Testamento. Lo que reinaba entonces era un gran clima espiritual y evangelizador entre los bautizados que, como personas de fe (fieles) que vivían en una unidad activa y participativa, se esforzaban en vivir como una verdadera comunidad eclesial en medio de las lógicas tensiones culturales y humanas. Sus miembros se sentían unidos —ellos y ellas— en la misión evangelizadora que obligaba a todos por igual a partir del mandato del amor fraterno y desde la sincera humildad que Pablo recomendaba en su Carta a los Efesios.

     Sobre la distribución de los dones del Espíritu nada indica que estuvieran repartidos solo entre los varones. Todo creyente hombre o mujer, judío o gentil, esclavo o liberto, recibía y recibe los dones que lo capacitan para según el modelo del mandamiento de la Última Cena. San Pablo y el libro de los Hechos de Lucas revelan una Iglesia en la que todos hacen su aportación ministerial a la comunidad para continuar la Misión del Maestro. Juan Pablo II utilizó por primera vez el término "corresponsable", pero hasta Benedicto XVI no se menciona oficialmente la corresponsabilidad de todos los miembros del Pueblo de Dios.
     No fue un camino fácil el de los seguidores de Cristo con las autoridades y grupos sociales judíos que vieron, de repente, como su ancestral manera de ver la religión de Yahvé se transforma en un nuevo polo de referencia difícil de aceptar: los seguidores del hijo de un carpintero de Nazaret predicando una nueva manera de ver la religión, con actitudes contrarias a muchos preceptos milenarios defendidos por la aristocracia sacerdotal.
     Nuestro mensaje no es Buena Noticia para demasiadas personas ni los poderes de hoy se sienten incómodos con el ejemplo evangélico en el Primer Mundo, fuera de Francisco y pocos más. Me parece importante recordar las reflexiones de Joseph Ratzinger, cuando ni soñaba ser Papa y molestaba al Santo Oficio inquisitorial. Para el Ratzinger de mediados del siglo XX, la Iglesia tiene que renunciar a muchas cosas que le habían transmitido seguridad y en las cuales confiaba. Tenía que demoler baluartes muy antiguos y confiar solamente en la protección que le ofrece la Fe. Esta llamada a derribar lo que lastra a la Iglesia fue un anticipo de la novedosa orientación eclesial que abriría el Concilio Vaticano II y que Francisco trata de mantenerla en la buena dirección. En 2009 tuvo la valentía de escribir que las dificultades mayores no son externas: "La Iglesia se ha convertido para muchos en el obstáculo principal para la fe".
     Ya hubo antes destellos en esta dirección en el siglo XIX y cuando Pío XII proclamaba (1946) que los laicos no sólo pertenecen a la Iglesia, sino que “son iglesia” frente a considerarlos solo como una "masa de destinatarios y clientes de la acción pastoral (de la Jerarquía), a lo sumo como una fuerza auxiliar". En este sentido, el Vaticano II supuso una gran novedad al subrayar la unidad de carismas: ambos polos —jerarquía y laicado— forman un solo pueblo, sacerdotal y profético intentando superar el clásico binomio sacerdotes religiosos-laicos en favor del de comunidad (unidad)-ministerios (diversidad). Se reitera que somos Iglesia, no solo que pertenecemos a ella, pero se quedó a medias.
     Este Concilio define a los laicos en negativo, es decir, los que no han recibido un orden sagrado y los que no están en estado religioso. Y dejó en el aire la consideración de la mujer a la luz del Evangelio. El Papa ha expresado que "la Iglesia es femenina" ante el reto de afrontar la realidad de la mujer en la Iglesia En esto, el Papa camina más despacio que en otros temas. Mujeres teólogas laicas, madres de familia, contemplativas, religiosas comprometidas, mujeres de parroquia, o feligresas simplemente de misa dominical... su situación eclesial no refleja la realidad de cómo les trataba Jesús, sin considerarles en minoría de edad a pesar de aquella sociedad. Son muchos siglos desdichados para ellas en todos los órdenes. Y a pesar de todo, la mayor parte de quienes participan de la vida de la Iglesia son ellas, mujeres laicas.
  Pablo encuentra a cristianas en sus lugares de misión y él las respeta, a la vez que reconoce y admira su labor. En Filipenses, Pablo llama colaboradores (synergós) indistintamente a hombres y mujeres; a Febe le llama "diaconisa" o "presidente" de la iglesia de Cencreas (Rom 16). Los prejuicios androcéntricos han intentado rebajar la importancia paulina de la mujer pero "Ya no hay hombre ni mujer porque todos vosotros sois uno en Cristo." Gal 3, 28. Conocemos incluso la existencia de ministerios femeninos en las comunidades cristianas. En nuestro santoral, sin ir más lejos, tenemos 27 diaconisas: santas Tatiana, Susana, Justina, Irene...
     Como afirma el biblista Xabier Pikaza, Jesús no quiso sacralizar la sociedad patriarcal de su época sino que puso en marcha un movimiento de varones y mujeres en contra de la actitud de los rabinos, que no admitían a las mujeres en sus escuelas. Nos han contado poco, de lo que suponía social, legal y religiosamente que Jesús acogiera, escuchara y dialogara con ellas; al final, fueron las más ejemplares discípulas incluso en la prueba de la Cruz, cuando los varones abandonan al Maestro desde la experiencia de un Jesús profundamente inclusivo. En los relatos de la Resurrección queda claro que ellas son las testigos privilegiadas en los cuatro evangelios. Como señala Ermes Ronchi, únicamente entre las mujeres no tuvo enemigos Jesús.

     3 DESENLACE
      La iglesia pueblo de Dios, laicado incluido, tenemos que hacer creíble la presencia de Dios en el mundo. Algunas conclusiones:

     1ª DOS IGLESIAS
     Coexisten "dos Iglesias" por la tensión inveterada entre lo que llamamos Iglesia Pueblo de Dios y la organización eclesial que trata al laico como menor de edad otorgándole un papel residual, instrumental. Ambas son “la Iglesia”, pero la institución debería estar claramente al servicio de la primera por ser comunidad a) inspirada por el Espíritu b) que vive la experiencia de salvación, 3) ha recibido la fe y 4) tiene una misión encomendada. La institución es necesaria y siglo a siglo se ha ido construyendo para ser operativos y eficaces a medida que las comunidades locales crecían y se requerían otras estructuras para interrelacionarse y gobernarse adecuadamente, unidos en lo esencial. Lo cierto es que la jerarquía actúa como si fuese algo diseñado y exigido por Dios, ignorando el modo de proceder y la actitud de Jesús ante aquella desmesura omnipotente del Templo.
     El cardenal Suenens ya afirmó hace 50 años que criticar a la Curia como sistema (pecado estructural) no es criticar a la Iglesia ni al papado. Algo parecido denunció Jesús al advertir la subversión del mensaje por aplicar con desmedida las formalidades y ritos en aquella sociedad teocrática judía se había transformado en un instrumento de poder y de injusticia social ¡en nombre de Dios!, acompañada por los notables, saduceos y los seglares poderosos de entonces.

     2ª- EL CLERICALISMO
     El Papa Francisco señala que “Uno de los peligros más graves de la Iglesia de hoy es el clericalismo” al tiempo que les animó a los religiosos a trabajar con los laicos. Yo creo que la aparente necesidad de una teología específica del laicado, debería dejar paso a una buena teología de la Iglesia Pueblo de Dios donde la unidad y la diversidad hacen la verdadera comunión, no la uniformidad y el poder. Pagola es de la opinión que Dios nos está llevando a una Iglesia no clerical como un gran paso hacia una Iglesia más evangelizadora que pide apartarnos voluntariamente del poder humano abrazando la responsabilidad del servicio en lugar de la superficialidad.
     La concepción clerical eclesial como modelo de poder considerado sagrado y de origen divino, mató a Jesús por denunciar las apariencias hipócritas y centrar la relación con Dios menos en la misericordia que en la denuncia del pecado. San Ambrosio dijo que donde haya rigor y severidad, tal vez haya ministros de Dios, pero no está Dios. O dicho de manera más rotunda, en palabras de Simone Weil: anteponer la ley a la persona es la esencia de la blasfemia.
     Clericalismo como conducta desviada del clero para tratar de favorecer sus intereses institucionales y materiales e incrementar su poder. El dividir el rebaño del Buen Pastor drásticamente entre los ministros ordenados (clero) y los no ordenados (laicos) ha conseguido que la gran mayoría de fieles se haya convertido en seres pasivos e indiferentes a la evangelización: freno a la participación y freno al compromiso. Una cosa son los carismas y otra esta radical diferenciación entre los que mandan y quienes obedecen desde su pretendida superioridad y autoridad jerárquica con la que dominan a sus feligreses y se encargan de pensar por ellos. Pero ahora, el clero también está en crisis además de la evangelización.

     3ª- EVANGELIZACIÓN
     Es lo esencial y muestro Mensaje lo tiene todo. La Iglesia, recordémoslo siempre, no es un fin en sí misma sino que existe por la misión inclusiva común que tienen laicos y clérigos: evangelizarnos y evangelizar, es lo mismo que ser testimonio de la Buena Noticia para mostrar la conexión entre el evangelio y la vida. Jesús de Nazaret no se cansó de serlo para todos y en todos los momentos, sufrientes y alegres mediante el compromiso de su Mensaje. Por eso las principales autoridades religiosas y algunos seglares poderosos se pusieron frontalmente a la novedad que encarnó Jesús. Por el calado social que concitó le mataron para que todo siguiera igual. Por esto mismo, Francisco tiene tantas dificultades para hacer presente lo esencial del Evangelio entre la jerarquía eclesiástica.
     Jesús ya avisó: "Por sus hechos los conoceréis", no por sus carismas espirituales ni las responsabilidades organizativas. Nuestro drama es que el Dios de la fe y el Dios de la religión se han alejado porque la Iglesia debe evangelizarse primero a sí misma si quiere conservar su frescura y el atractivo para vivir la Buena Noticia. Es cierto que el Vaticano II no deja dudas en la llamada “participación del laico en la misión de Cristo" pero sin que exista un texto conciliar que exponga sistemáticamente la participación de los fieles laicos, dejando las cosas, en este tema, casi como estaban desde la apología del ministerio ordenado que impuso el Concilio de Trento al entender dicha participación como algo casi exclusivo del mundo clerical. Al menos, es la hora de la restauración del diaconado para las mujeres como existe en las lglesias de Oriente y Occidente.

     4ª- FALTA DIÁLOGO
     Esta urgente revisión del seguimiento a Cristo desde la renovación interior no vendrá a golpe de normas. Antes, es preciso dialogar entre nosotros... y también con Dios, pero de otra manera más humilde. Como ha recordado el cardenal Omella, Francisco, al igual que Pablo VI en su día, cree prioritaria "una Iglesia de diálogo" sin imposiciones previas ya que, "cualquier acción evangelizadora precisa el anuncio y el testimonio".
     Echo en falta un diálogo que no sea de sordos. En cualquier empresa se reúne la gente para analizar la realidad y tomar decisiones. Reflexionar para reaccionar. Los llamados planes diocesanos de evangelización, por ejemplo, se pensaron como la culminación de una reflexión dialogada global, necesaria, pero es evidente que han perdido fuelle ante las fuertes resistencias a los cambios de rumbo reales.
     Se echan en falta nuevos espacios de encuentro profundo y sincero entre las jerarquías eclesiásticas y el mundo seglar de la Iglesia. Y sigue faltando espacios de oración para darle al Espíritu el protagonismo que le hemos quitado. Mientras tanto, muchas personas ansían creer pero temen acercarse a la Iglesia por temor a ser adoctrinados con respuestas enlatadas en lugar de ser acogidos en su necesidad y con amor.
     Convivimos varios estilos de católicos en la Iglesia, con mentalidades muy diversas que no se ponen de acuerdo en lo esencial. Como dice Juan Mª Laboa, la tentación principal es atrincherarse en las normas o en la tradición con el fin de librarnos de ser generosos, creativos, radicales, en la expresión de fe. Diálogo sobre qué esperan los clérigos de los seglares, y sobre qué esperan los laicos de los clérigos y de la jerarquía misma, y sobre lo que el mundo espera de la institución eclesial que lleve a la práctica con eficacia los designios del Espíritu: anuncio y denuncia profética, ejemplo, acogida, actualización del papel de la mujer religiosa y laica, en fraternidad solidaria con todos. Abandonar, en fin, el discurso de sentirse santamente perseguidos cada vez que llegan críticas por las contradicciones y los escándalos.
     Diálogo fraterno con Inteligencia emocional e Inteligencia espiritual; nuevos lenguajes y mejores prácticas de evangelización, participación y responsabilidad en permanente conversión para resolver dicotomías tales como Institución- Comunión, Estructura-Mensaje, Poder-Carisma, Jerarquía-Pueblo, Sacerdote- Laico, Varón-Mujer… Lo que realmente está en crisis es la conversión. Europa ya es país de misión, porque necesita redescubrir el estilo evangélico para interpretar y vivir todas las normas desde el amor, como hizo Jesús con el Pentateuco. Unidos que no uniformes porque, si no, Dios nos hubiese hecho a todos iguales en una cadena de montaje.
     Diálogo con los jóvenes, a los que la Iglesia institución ha perdido en buena parte, por un alejamiento sin paliativos. La Iglesia católica no convence a los jóvenes porque, en general, no se presta atención a la realidad en la que viven. La doctrina está alejada de los desafíos e inquietudes de la juventud. La jerarquía está anquilosada y no sabe comunicarse con ellos, según algunas de las conclusiones de la encuesta que los obispos españoles han encargado en 2017 para preparar el Sínodo de Obispos en 2018 en Roma, y cuyos datos dejan mucho que desear, incluso entre los más optimistas.
     Más de la mitad de los jóvenes que trabajan en proyectos pastorales de la Iglesia española, afirma que la Iglesia "no les comprende", y casi dos tercios denuncian que su opinión "no se tiene en cuenta" porque su visión de la fe está alejada de la doctrina oficial y pasa por una institución que "tenga una actitud de cercanía y apertura hacia el mundo de hoy", "tolerante, dialogante y que acepte las diferencias". Los jóvenes no cristianos, hace tiempo que viven de espaldas a la Iglesia y a lo que esta representa: la Buena Noticia.



    RESPUESTAS

     Tener autoridad viene de augeo, que significa hacer crecer. Es influir para que los demás crezcan. El mismo San Pablo le recuerda a Apolo que si alguien tenía motivos para legitimar una superioridad espiritual era él. Pero lo hace recordando que no haya dos niveles o categorías: “No cuenta ni el que siembra (Pablo) ni el que riega (Apolo), sino Dios que es quien hace crecer”.
     Para ser creíbles como Iglesia, debemos salir del amansamiento que elude tantas injusticias escondidos tras nuestras costumbres eclesiales para librarnos de ser generosos y creativos. Si los laicos y clérigos no somos un signo del amor que Dios nos tiene a todos, no seremos de interés para nadie y serán entonces los que trabajan por una sociedad más compasiva y fraterna los que serán creíbles: "El que no está contra nosotros, están con nosotros" (Mc 9, 39-40).
     Cuando un sistema no deja respirar al evangelio ni facilita visualizar los valores positivos que la Iglesia sí aporta a la sociedad, no cabe sino la conversión. El fariseísmo y la falta de compasión fueron las dos conductas que menos gustaron a Jesús. Tampoco imaginó a los suyos como un grupo cerrado preocupado de cuidar su religión. Nunca es tarde para construir el Reino sin olvidar de hacerlo también de puertas adentro, superando el miedo a vivir en el amor. Johann Baptist Metz, discípulo de Karl Rahner, recordaba que “La primera mirada de de Jesús no se dirigía al pecado de los otros, sino a su sufrimiento”; y que “El pecado era para Jesús negarse a tener compasión ante el sufrimiento de los otros”, cosa que el clericalismo olvida frecuentemente, afirmo yo.
     Se trata de vivir la Iglesia de con una perspectiva diferente a los rangos de poder que ya en tiempos de Jesús ocultaba el verdadero rostro del Padre. El binomio "jerarquía-laicado" debiera ser superado por el binomio "comunidad- ministerios": unidad en la diversidad de los servicios. La categoría "Jerarquía- laicado" supone una brecha desde la relación de superioridad de unos sobre otros mientras que en el binomio "comunidad-carismas y ministerios" supone algo más que un simple traslado de acentos ya que pasa de un modelo piramidal y jerárquico a una Iglesia de comunión donde el Espíritu es visto como el gran protagonista que nos impulsa, transforma y da frutos a través nuestro.
     La Iglesia entera repensada en hermandad, más inculturizada y no tan eurocéntrica y romana. En este sentido, Juan XXIII inició un retorno a las fuentes de la fraternidad universal en un mundo que ya se avecinaba plural, Pablo VI tocó la médula del problema al recordar que se escucha más a los testigos que a los maestros, y se sigue mejor al ejemplo que a lo mandado. Si los maestros son escuchados es porque dan ejemplo, no por ser maestros. El reto pendiente es la creación de un nuevo marco eclesial participativo siguiendo el modelo de Jesús de relación entre Dios y el ser humano que trastoca la imagen de un Dios juez y castigador al mostrar la verdadera caridad, el amor que hoy parece secundario incluso intramuros eclesiales. Ya no sirve una Iglesia autoritaria y triste que se reconcentra en el templo y las normas para administrar poder, tan extraño al evangelio. Sin embargo, callamos más de la cuenta y rezamos mal y poco.
      Hay que gobernar la Iglesia de otra forma ¿Cuál? Colegialidad es la palabra, con un gobierno más horizontal presidido por la auctoritas moral. "Hay que salir de este centralismo de poder, que no tiene nada que ver con el centro”. Son palabras del cardenal alemán Kasper en 2013. El Papa quiere que el laicado esté presente en todos los niveles de la administración de la Iglesia, y se nota en los nombramientos laicales que está haciendo. Pero hay que desmontar errores como considerar el cardenalato como orden superior al episcopado; o que jerárquicamente un sacerdote cardenal es superior a un obispo no cardenal.
     Lo grave es que siguen sin abrirse las puertas legales a una participación laical real y madura en las instituciones eclesiales. No es entendible que no se permitan mujeres en las instituciones eclesiásticas pero sí en el monacato femenino con la posibilidad de gobierno, de dirección espiritual, de predicación y de enseñanza doctrinal. El Concilio no cerró bien este tema por lo que necesitamos un impulso en la promoción de los laicos que posibilite nombrar cardenales laicos, hombres y mujeres.     
      Es un problema legal, de normas y de Código canónico, que preserva a la Iglesia como estructura piramidal e impide un compromiso mayor de la mujer y del laicado, con mentalidad clericalista que abunda sobre todo entre el clero joven y en demasiados seglares.
      Se trata del Plan de Dios, no del plan del Vaticano ni de sus rectores, tampoco del laicado, como parece que a veces se nos olvida. Pero otra Iglesia es posible con un lenguaje creíble que entienda todo el mundo, a la manera del Papa Francisco, con signos renovados de humildad, caridad y esperanza que conectan con el Reino de Dios y su justicia.
     Ante la evangelización necesaria, Pagola no cree una casualidad que se hable en primer lugar de la curación en forma de convivencia más justa y solidaria; curar las relaciones humanas haciéndolas más fraternas; curar patologías religiosas poniendo la religión al servicio del ser humano; curar la culpabilidad ofreciendo el perdón gratuito de Dios; curar la relación entre varones y mujeres restaurando la igualdad; curar el miedo a la muerte desde la confianza en Dios.... A través del amor a necesitado, cuántas personas ateas nos sacan los colores por su capacidad de amar. Ellas son las destinatarias de las palabras de Jesús: ¿Cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer, cuándo te vimos como forastero y te acogimos?
     Acabo ya. El aspecto doctrinal no fue el decisivo en los orígenes cristianos. Lo que atraía era su estilo de vida y las comunidades por la capacidad de acogida e integración. Y tanto ayer como hoy, los hechos que construyen el Reino de Dios se hacen con bondad, amor y ternura. Sanan. Solo las obras de amor son dignas de fe, afortunada expresión axiomática de H. Urs von Balthasar. Por eso, creo que no hay que abogar por una teología del laicado, sino por una teología del Pueblo de Dios. A nuestra Iglesia le vendría bien escuchar: “¿Habéis pescado algo después de estar trabajando toda la noche?” Porque lo que es trabajar, se trabaja, pero la pregunta es si lo hacemos en la dirección adecuada.

     Eskerrik asko!



 

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