Mostrando entradas con la etiqueta ateismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ateismo. Mostrar todas las entradas

jueves, 10 de abril de 2014

El triduo pascual: memoria del Crucificado y anticipación del final



Jesús Martínez Gordo


La fe y la revelación cristianas tienen su arco de bóveda en el triduo pascual, es, decir, en la articulación del grito de abandono de Jesús el Viernes Santo con el silencio del Sábado Santo y la explosión de (nueva) vida el Domingo de resurrección.

Ciertamente, es una propuesta difícil (cuando no, imposible) de comprender para quienes, como los llamados “nuevos ateos”, practican el fundamentalismo verificacionista  (sólo es real y verdadero lo científico-positivo), pero que tiene la virtud de iluminar (razonable y propositivamente, por supuesto) la existencia personal y colectiva y la misma realidad.

 Nada que ver, por tanto, con una credulidad dominada por “la más absoluta de las ficciones”, por una “voluntad de ceguera que no tiene límites” (M. Onfray) o aficionada a las “antinomias más arriesgadas y extremas” (P. Flores d’Arcais). Y sí mucho que ver con el equilibrio permanentemente inestable que, mostrándose en el Crucificado y Resucitado,  funda el discurso “católico” y su pretensión de verdad, a la vez que ayuda a conocer (y afrontar) la realidad en su riqueza y complejidad.

1.- El grito de abandono del Viernes Santo

En los sinópticos hay dos narraciones de la muerte de Jesús.

Está, en primer lugar, la narración que cuenta el grito de abandono de Jesús en la cruz: “Eloi, Eloí, ¿lema Sabactani?”, “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” (Mc. 15, 33)

Es un grito que recoge la reacción que habitualmente provoca el perecimiento, es decir, la ocasión en la que no sólo se experimenta (y padece) la fragilidad de la existencia humana, sino también la angustia que semejante acontecimiento provoca. Y más si es injusto y antes de tiempo. En la escatología judía, la muerte adentra en el sheol, en el lugar en el que imperan (para siempre) el silencio, las tinieblas y en el que se da un apartamiento total del Dios de la vida, de la abundancia, de la misericordia y, en definitiva, de la felicidad.

Esta narración de la muerte no solo se hace cargo de la soledad y del abandono de Jesús en la cruz (y más, habida cuenta del proceso seguido contra Él), sino también de la angustia que asalta a todos los humanos cuando tenemos que afrontar (más tarde o más temprano) una situación semejante. La experiencia indica –a diferencia de lo que se propone en la dogmática atea- que la muerte es una crítica radical a toda absolutización de la finitud, así como de los intentos de declararla, como ingenuamente sostienen los “nuevos ateos”, aproblemática y satisfecha.

Pero junto con esta narración de la muerte de Jesús, hay otra que enfatiza su inmensa confianza en Dios Padre. El evangelista Lucas cierra la crucifixión de Jesús poniendo en su boca estas palabras: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23, 45).

La confianza y la esperanza presiden el drama del calvario, hasta el punto de dar la impresión de que todo lo demás es secundario y relativo. El mal trago es ya inevitable, pero deja de ser afrontado como un viaje a la nada y al silencio para ser vivido como un adentramiento en la morada de la paz, del amor y de la misericordia definitivas. No es un tránsito hacia el vacío, sino hacia la plenitud y hacia el fundamento de todo amor y justicia; un amor y una justicia de las que es posible hablar y por las que es posible trabajar y disfrutar a partir de sus anticipaciones en la vida y en la historia.

Son, como se puede apreciar, dos narraciones diametralmente opuestas.

La primera expresa el modo de perecer de quien afronta la muerte como adentramiento en el silencio o, en el mejor de los casos, como fusión (y confusión) con el género y perpetuación en la historia (L. Feuerbach). La desesperación que acompaña este modo de morir es una crítica radical de toda dogmática que defienda y proponga –como así sucede entre los “nuevos ateos”- la absolutez, la aproblematicidad y la capacidad plenificante de la finitud. Es el precio que se ha de pagar por su ingenuo e imposible prometeísmo antropológico.

sábado, 30 de noviembre de 2013

diálogo: Fe — Increencia

“Carecer de fe hace mucho más difícil la capacidad renunciar al egoísmo, de sacrificarse por los demás” (P. Flores d’Arcais)



Jesus Martínez Gordo

La profesión atea de P. Flores d’Arcais se funda, críticamente, en el rechazo de los grandes relatos salvíficos. Y, propositivamente, en la defensa del pacto y del consenso en libertad, en el instalamiento en la finitud como fuente de plenitud y felicidad y en la absolutización de la verdad empírico-racional como único criterio de conocimiento[1].

Hay, sin embargo, un punto relativamente original en su consideración atea de la vida: el referido a la mayor persistencia de los creyentes (a diferencia de los ateos) en el compromiso cotidiano.


Según P. Flores d’Arcais, los creyentes son, a pesar de todo, necesarios por su entrega y solidaridad: en lo que toca al “apoyo a los marginados, a los

viernes, 15 de noviembre de 2013

Los scouts británicos adoptan una promesa atea


N. S.
The Guardian


A partir del 1 de enero próximo, la “Scouting association”, que reúne a los scouts británicos, propondrá una promesa scout alternativa para los ateos en la que no se hará referencia a los deberes para con Dios. Sin embargo, tendrán que seguir prometiendo defender los valores scouts, observar la ley del movimiento, cumplir sus deberes con la Reina y ayudar a los demás.

lunes, 3 de junio de 2013

Dios, ¿fruto del deseo o activador del mismo?

El debate entre los “nuevos ateos” y la teología “católica”


Jesús Martínez Gordo


La discusión entre los llamados “nuevos ateos” y la teología (y, en concreto, “católica”) frecuentemente gira en torno a la verdad y al método. Pero éstos, siendo asuntos importantes, no son los únicos. Más pronto que tarde, acaba apareciendo el problema de sus diferenciadas (y yuxtapuestas) cosmovisiones[1].

Es lo que califico como el debate dogmático. Una cuestión compleja, enfrentada, rica y, frecuentemente, ocupada en problemas de tanto alcance como “Dios” (¿fruto del deseo o activador del mismo?), la “realidad” (¿finita o anclada en la infinitud?), la “moralidad” (¿fundada en el egoísmo o en la solidaridad?).

La entidad y extensión de estas preguntas obliga a centrarse, por limitaciones de espacio y tiempo, en  la primera de ellas: cuál es el fundamento de “Dios”.