Jesús Martínez Gordo
Estas últimas
semanas he recibido diferentes whatsapps denunciando el silencio “cómplice” del
Papa Francisco ante la crisis de Bolivia. Dejando al margen otros mensajes referidos
a conflictos parecidos que sacuden a diferentes países de la región, éstos me han
parecido reseñables por la descarnada importancia que les daban quienes me los enviaban,
aunque intuía que menos por el diagnóstico en que parecían fundarse.
Sorprendido,
me he interesado por la crisis boliviana encontrándome, en primer lugar, con
los análisis del New York Times que explican (y, en el fondo, justifican) lo
que denominan “revuelta” social a partir de dos datos: los países del cono sur
americano, incluidas la neoliberal Chile o la progresista Bolivia, siguen
teniendo -según el informe de Oxfam- el récord mundial de las mayores
diferencias entre ricos y pobres. A ello habría que sumar el intento de
perpetuarse en el poder que se adueña de algunos gobiernos progresistas en
América Latina recurriendo a toda clase de triquiñuelas procedimentales. Como
resultado de semejante conjunción, estaría entrando en escena una ambigüedad
socio-política de tal calibre que ya no sería posible diferenciar con toda
claridad lo que es un “golpe de Estado” (que,
por serlo, se desaprueba moralmente) de lo que es una “rebelión social” (que,
dada la legitimidad de sus demandas, no queda más remedio que apoyar). He aquí
una nueva propuesta analítica que, nada ingenua, tendría mucho que ver con la
defensa que activa el chipirón cuando se ve acosado: defenderse, echando tinta.
En este caso, enfatizando ambigüedad y confusión y, de paso, generando perplejidad.
