Yamila...
Gusto tiene. Se compró un vaquero precioso. Pero su ritmo,
más lento que el de la adolescente que ya no es, le jugó una mala pasada; sólo
se fijó en lo que buscaba, un pantalón vaquero, nuevo, entero por supuesto.
Ya de vuelta, y a la vista de unas mocetas con pantalones
con aberturas varias como gateritas, “cómo lo hago” se dijo.
No más llegar a casa, se lanzó a la obra; y las hizo:
machacando con dos piedras distintas dos; con la punta de una plancha otra; y
otras dos mediante otras artes.
Pero esperó, y el día del estreno de sus pantalones nuevos
volvió a llegar tarde; pues ya las que casi podrían ser hijas de sus amigas
habían cubierto todas las ventanitas de sus respectivos pantalones con petachos
de telas distintas cosidos de dentro afuera.
No se lo esperaba. Pero lo rehízo (que no son “arreglos”,
sino “creaciones” las gateritas ahora tapadas desde dentro). Y como casi no los
había estrenado, re-tuvo los pantalones nuevos.