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jueves, 7 de abril de 2016

Práctica cristiana y precepto dominical



Ignacio Villota Elejalde


Todos los años durante las fiestas de Semana Santa y después, en los medios de
comunicación, recurrentemente, se trata del tema religioso, se da cuenta de estudios sociológicos del cristianismo entre nosotros, estadísticas sobre religiosidad, cumplimiento del precepto dominical, etc. Es más, los datos sobre la misa dominical parece que son la fotografía de nuestra situación religiosa. Nuestra vivencia cristiana, el seguimiento de Jesús parecería que se miden, casi matemáticamente, por el número de asistentes a las misas dominicales. Para el sociólogo de la religión los datos son pavorosos: el más joven de los asistentes a estas misas puede estar inserto en la generación de los veteranos de la II Guerra Carlista. Es verdad. Lo mismo habría de decirse de algún otro sacramento. Pero voy a la plataforma anecdótica de este escrito, que me hizo mucho que pensar. Hace ya una larga temporada fuimos unos amigos a Burgos a ver varias cosas: la Catedral, las Huelgas Reales, el Museo de la evolución que es el que recoge los hallazgos de Atapuerca, etc. En la visita de este último nos acompañó una chica estudiosa de la Prehistoria, lista, inmersa y conocedora del tema. Lógicamente, surgieron varias cuestiones: la evolución de las especies, los fundamentalismos, el diseño inteligente, la posible contraposición entre la fe y la razón, etc. En un momento dado yo, para situarme, le pregunté si era creyente, y me contestó que sí, que era creyente pero no practicante. Yo le miré y le pregunté si quería a los demás, si les servía, si se esforzaba y sacrificaba por ellos, si no era egoísta, si se conmovía ante las pobrezas de todo tipo, si compartía sus bienes, si era cobijo ante la soledad y los heridos de la vida, si le dolía la actual situación del mundo. Ella se quedó un poco perpleja y me dijo que, por supuesto, sí, o lo intentaba. Ante esta respuesta le comenté que sí era practicante, que lo que no hacía era celebrar la Eucaristía, es decir, que no cumplía con el llamado “precepto dominical”. Había entendido la esencia del Evangelio y del cristianismo auténtico: el amor desinteresado siguiendo a San Mateo en el “tuve hambre y me diste de comer…”.