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viernes, 15 de enero de 2016

Nuevo desaire para la Iglesia Vasca



Por J. M. Rodríguez Chavarría,
Noticias de Gipuzkoa 13-01-2016

El nombramiento del obispo de Vitoria, en sustitución de monseñor Asurmendi por alcanzar la edad de jubilación, reitera el criterio que ha prevalecido en los últimos nombramientos de obispos para las diócesis de la CAV: se busca fuera de las propias diócesis a quienes han de liderarlas, desautorizando implícitamente a los que han estado sirviendo aquí a la institución contra viento y marea. Es el mismo caso de Iceta y Munilla, nacidos en Bizkaia y Gipuzkoa pero que salieron a formarse en otras sedes, en clara muestra de desafección a sus diócesis naturales. Volvieron con bastón de mando apoyados por el entonces todopoderoso Rouco Varela, miembro muchos años de la Congregación para el nombramiento de los obispos. 

La decepción de muchos católicos vascos por la decisión papal no debe, con todo, centrarse en la responsabilidad de Francisco quien, por otro lado, es una figura ampliamente aprobada y apoyada en estas tierras. 

La diócesis de Vitoria-Gasteiz, al fin y al cabo, es una más de las 2.845 diócesis que la Iglesia católica tiene en el mundo. Su dimensión supone algo más del 0,02% de los católicos del mundo. Pretender que el Papa dedique un tiempo que no tiene a analizar las distintas variables que en el nombramiento intervienen es sencillamente imposible.
Debemos mirar a sus hombres de confianza en el Estado. En primer lugar, el arzobispo Omella, nombrado en 2014 miembro de la poderosa Congregación para los Obispos, que propone los nombramientos al Papa, y designado un año después arzobispo de Barcelona. En segundo lugar, a los nombrados cardenales: el octogenario Fernando Sebastián y el presidente de la Conferencia Episcopal Española, Ricardo Blázquez.