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lunes, 16 de marzo de 2020

En los días del virus para encontrarse con Dios no se necesitan Iglesias y celebraciones



Alberto Maggi

      La emergencia causada por el virus mortal, que se propaga e infecta por todas partes y a cualquier persona en todo el mundo, genera una situación tan nueva que nunca se había experimentado; ni en los casos de terremotos o de conflictos. En la guerra es posible salvarse huyendo, bajando a los refugios, pero con el virus esto no es posible, no hay rutas de escape, y la única defensa es evitar que se propague, a través de la restricción de comportamientos normales, evitando en la medida de lo posible cualquier contacto entre individuos.
     
      Si durante la guerra la gente encontró consuelo yendo a orar en la iglesia, ahora con el virus no se puede; las iglesias permanecen cerradas porque, de lo contrario, se convierten en lugares privilegiados de contagio. La fe no sustituye las medidas normales de higiene, pero las supone. Es bueno orar al Señor para que nos ayude a superar el momento, pero, por eso, no tenemos derecho a ponernos en situaciones peligrosas ("No tentarás al Señor tu Dios", Mt 4,4; Dt 6.16).
     
      El cierre de las iglesias causa desorientación entre los fieles, ante una situación sin precedentes. Se sienten perdidos, desorientados, carecen de un importante punto de referencia, porque con tal cierre ni siquiera existe la oportunidad de participar en la celebración eucarística.
     
      Pero los Evangelios y la tradición enseñan que la iglesia no es el único lugar para encontrarse con Dios, y no es sólo la celebración eucarística la que puede alimentar al creyente. En la Eucaristía, Jesús, el Hijo de Dios, se hace pan, para que quienes lo coman y asimilen, también sean capaces de hacerse pan, alimento, factor de vida para los demás, y así tener su propia condición divina. Este pan debe ser comido, como Jesús pidió expresamente: "tomad y comed" (Mt 26.26). La suya, es una invitación dinámica ("Haced esto...", Lc 22.19), no estática.

     
      Por ello, durante la cena eucarística, los primeros creyentes continuaron haciendo lo que el Señor había hecho, comiendo juntos este pan y convirtiéndose en alimento el uno para el otro, permitiendo así la fusión íntima de la presencia de Dios en sus hijos. Luego, el pan consagrado fue llevado a los enfermos que no habían podido asistir a la cena (en la hagiografía cristiana se hizo muy popular San Tarsicio, el joven mártir que murió porque llevó el pan eucarístico a los prisioneros). Este pan consagrado para enfermos y prisioneros se conservó en la sacristía (que de este uso toma su nombre), donde los subdiáconos iban a recogerlo para llevárselo a quienes lo necesitaban.