lunes, 4 de diciembre de 2023

Algunas preguntas para los obispos españoles

Jesús Martínez Gordo

Teólogo



Ha sido sonada —al menos, mediáticamente— la convocatoria en el Vaticano de todos los obispos españoles en activo. Y sonadas han sido, también, las expectativas que, activadas por tan inusitada convocatoria, han resultado fallidas. Y más, si se tiene en cuenta el precedente eclesial —tan insólito como contundente— habido durante el pontificado del Papa Francisco con todo el episcopado chileno el año 2018 y, cómo no, la singular situación política por la que atraviesa España. Si, según tal precedente eclesial, el Papa Bergoglio acabó pidiendo a los obispos chilenos que presentaran su dimisión ante el ocultamiento del drama de la pederastia en  sus respectivas diócesis, había quienes esperaban que —por lo menos— les diera a los obispos españoles un sonado tirón de orejas. Vendría a ser —se comentaba en tales medios de información— algo más que razonable, habida cuenta de la poca o nula voluntad evidenciada —al menos, hasta el presente— por parte de la gran mayoría de ellos para afrontar con un poco de coraje este escándalo. Pero, además, no faltaban quienes esperaban un encuentro en el que el Papa dijera alguna palabra sobre la crispación y el enfrentamiento político o, al menos, sobre la ley de amnistía.

Según comunicaron los portavoces de los obispos españoles, solo se habló del presente y futuro de los seminarios, el asunto que estaba en el orden del día y para el que habían sido convocados. Toda una decepción mediática, para unos. Y, a la vez, una enorme sensación de alivio en el episcopado español. Parece ser —de nuevo, según la información facilitada por los portavoces de los obispos— que el Papa les invitó a que preguntaran sobre el asunto que les convocaba, es decir, sobre los seminarios y sobre el modelo de cura que —necesario en los tiempos que corren— habría que promover los próximos años en la Iglesia española. Este singular y atípico diálogo —en el que los teóricamente “examinados” preguntan al “examinador”— duró unas dos horas, momento en el que Francisco lo dio por finalizado, retirándose. Después de un breve descanso, empezó el “examen a los obispos”; a partir de este momento, bajo la batuta de los responsables vaticanos, es decir, algo así como los “ayudantes de cátedra” del profesor principal, quienes, al parecer, fijaron a los obispos españoles —una vez recuperada su condición de alumnos— el programa del que van a ser examinados el año 2026 sobre esta materia, la de los seminarios.

En síntesis: como he adelantado, una generalizada sensación mediática de decepción y un particular sentimiento episcopal de alivio. En el marco de esta sorprendente —pero no contradictoria— conjunción de sentimientos, me permito sugerir la conveniencia de un segundo encuentro —por (im)posible que pueda parecer— entre el Papa y los obispos españoles para que, una vez conocido el Informe encargado por la Conferencia Episcopal al despacho de abogados Cremades y Calvo Sotelo sobre la pederastia eclesial— les pregunte, en cuanto “catedrático” y “evaluador” primero, sobre cómo están implementando el reconocimiento y reparación de las víctimas; sobre qué medios están poniendo para prevenir esta lacra en el seno de la institución eclesial; sobre cómo están impulsando la investigación que permita conocer el mucho dolor que todavía hay que escuchar y, finalmente, sobre cómo piensan abordar la minimización o negación de este problema durante décadas y, a la vez, reconocer —como se indica en el Informe del Defensor del Pueblo— que la Iglesia católica está necesitada —como también se ha señalado en Informes parecidos en otros países— de “un cambio estructural”.

No creo que se vaya a dar este “examen”, pero tampoco me parece que esté de más recordar la necesidad y urgencia del mismo. Y, de paso, tener muy presente cómo la Iglesia alemana fijó que tal “cambio estructural” o “sistémico” pasaba por revisar a fondo y sinodalmente —es decir, juntos, obispos, curas, religiosos, religiosas, laicos y laicas— cuatro asuntos: el primero de ellos, referido al supuesto “fundamento divino” y al ejercicio absolutista del poder en la Iglesia. Hay que pasar —han concluido— a otro democrático en el que se deje de sostener —como todavía se escucha con demasiada e irritante frecuencia— que el poder en la Iglesia se ejerce por “voluntad divina”. El segundo, es el nuevo —o los nuevos— modelos de cura que necesita la Iglesia en el siglo XXI, visto que el actual no solo está caduco sino que, en muchos casos, resulta contraproducente. El tercero, sobre las mujeres en la Iglesia: se ha acabado el tiempo de que solo puedan barrer y pasar la cesta. Y también de que no puedan ser sacerdotes. Solo bastaría encontrarse con un Papa que se preguntara cómo las trataría Jesús de Nazaret, si viviera hoy. Y el cuarto, sobre la necesidad de superar una moral sexual asentada en la tesis de que todos (también los inter, trans, homo, etc.), hemos sido creados “a imagen y semejanza de Dios”. Por eso, hay que superar una moral sexual exclusivamente binaria.

He aquí algunas sugerencias que me gustaría que Francisco les formulara en ese (im)posible examen a los obispos españoles. ¡Ingenuo de mí!

 

 

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